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¿Cómo puedes distinguir la cucaracha del Hutu?
Tienes varios métodos para elegir.
La cucaracha tiene un hueco entre sus dientes delanteros.
La cucaracha tiene talones estrechos.
La cucaracha tiene ocho pares de costillas.
La cucaracha tiene marcas elásticas en los muslos cerca del trasero.
La cucaracha tiene una nariz fina.
El pelo de la cucaracha no es tan rizado.
El cráneo de la cucaracha es alargado en la nuca, y su frente es inclinada.
La cucaracha es alta, y hay altivez en su mirada.
La cucaracha tiene una pronunciada manzana de Adán.

(locutor de RTML, abril de 1994, Ruanda).

El miedo produce monstruos, y las historias de miedo, bien pergeñadas y derramadas sobre una audiencia desprevenida a través de los medios de masas, pueden convertir en monstruos a comunidades enteras. A lo largo de los siglos, los propagandistas del miedo se han encargado de la desfiguración moral, intelectual y física del Otro, — el Enemigo, el Monstruo— , atizando a menudo el furor de las masas contra sus propios vecinos, justificando su señalamiento y discriminación, y legitimando su segregación, esclavitud o exterminio.

Aydn Parrot y otros autores hablan del “lado oscuro de la narración”, para referirse al poder de ciertas historias para detonar fuertes emociones negativas de desconfianza, desprecio, odio, ira o miedo, capaces de cegar la razón y catalizar la violencia de las masas contra ciertos individuos o grupos sociales. Este poder destructivo de las historias, conocido por intrigantes y propagandistas de toda época y cultura, se está investigando hoy día en profundidad como prometedora arma de guerra. Así, en los años 2010 del “boom del storytelling”, rastreando sobre los usos y abusos de la narración aplicada, topé con las expresiones “weaponized narrative” — “narrativa como arma” — , “weaponized storytelling”, — “narración oral como arma”— , y “destructive storytelling”, — “narración oral destructiva”— , refiriéndose a los usos deliberadamente dañinos de las historias. Un proyecto llamado Weaponized Narrative Initiative, de la Universidad del Estado de Arizona y el Think Tank “Centro para el Futuro de la Guerra”, define así la “weaponized narrative”:

“La narrativa como arma es un ataque que busca socavar la civilización, la identidad y la voluntad del adversario. Al generar confusión, complejidad y cismas políticos y sociales, confunde la respuesta del defensor. (…) ¿Cómo funciona la Narrativa como Arma? Un diluvio de información que se mueve rápidamente es el campo de batalla ideal para este tipo de guerra, tanto para las guerrillas y los terroristas como para los Estados adversarios. Una lluvia de ataques narrativos da a la población objetivo poco tiempo de procesarla y evaluarla. Es cognitivamente desorientador y confuso, sobre todo si los adversarios apenas se dan cuenta de lo que les golpea. Abundan las oportunidades de manipulación emocional que socavan la voluntad de resistencia del adversario”.

La Historia abunda en episodios de deshumanización del Otro, auspiciados por este tipo de narrativas destructivas. Con ellas se han legitimado invasiones, persecuciones, esclavitudes, segregaciones y un sinfín de siniestras “soluciones finales”. En 2016, George H. Stanton sintetizó en un artículo titulado “las diez fases del genocidio”, el proceso por el cual un grupo social dominante llega a convertir en Monstruo a un cierto Otro, avanzando etapa por etapa en una escalada de violencia simbólica y física con el fin último de lograr su “eliminación”. El proceso comienza por diferenciar al “Otro” frente al “Nosotros” — la clasificación—, seguido de su identificación por medio de un símbolo externo —la simbolización— ; la limitación o privación de sus derechos —la discriminación—; su representación negativa a través de los medios de masas, con el fin de socavar las barreras morales de la mayoría —la deshumanización—; la organización del exterminio con el entrenamiento de milicias, que permiten al Estado eludir su responsabilidad —la organización—; la propaganda del odio para enfrentar al Otro con el resto de la población, —la polarización—; la preparación de listas negras, expropiación de bienes, y el confinamiento en prisiones, guettos o campos de concentración —la persecución—; los planes finales para “la limpieza”, “purificación” o “contra-terrorismo” —la preparación— y esa “solución final” a la que nunca se llama “asesinato”, por no tratarse ya de seres humanos —la eliminación—. El proceso culmina con una fase de ocultación y negación de los crímenes —el reniego —. Es fácil discernir en cuales de estas etapas son de utilidad las intervenciones narrativas. La clasificación del Otro, la deshumanización del Otro y la polarización del Otro vs Nosotros, están dominadas por la propaganda del miedo/odio, basada en gran medida en la narración destructiva.

Es raro así el conflicto humano donde las partes no fabriquen mitos, rumores, caricaturas o noticias falsas con el fin de convertir al adversario en espantajo. Ciertos grupos humanos han sido víctimas seculares de este tipo de propaganda, con trágicos resultados. Así, de los judíos se decía en la Edad Media que eran hijos del diablo, y que tenían cuernos, rabo y olor sulfuroso, o que se asemejaban a cuervos, cerdos o ratas. Los rumores que corrían por Europa atestiguaban de su deformidad moral y crímenes blasfemos, acusándoles de torturar y crucificar niños cristianos, de profanar con alfileres la hostia consagrada, o de envenenar los pozos para provocar la Peste Negra, historias de espanto que detonaron incontables matanzas y persecuciones. Siglos más tarde, en la Ruanda de los años 30, los administradores belgas identificaron a la población por medio de carnets de identidad étnica, sembrando la semilla de la discordia que 60 años más tarde acabaría con la vida de cientos de miles de tutsis a manos de los hutus. La propaganda del odio bestializó a los tutsi como “cucarachas” y “víboras” que había que aplastar, y emisoras extremistas como Radio-Télévision Libre des Mille Collines difundieron leyendas sobre reyes asesinos de niños y libelos sobre el afán expansionista tutsi. Según la periodista estadounidense Samantha Power, durante las matanzas de 1994, los hutus salían de sus casas con un machete en una mano y un transistor en la otra, mientras RTLM les instaba a buscar “cucarachas” por casas abandonadas y pantanos para cumplir con su “trabajo” de limpieza.

Pero si la narración destructiva tiene este poder de transformar en Bestia al Otro, otro tipo de historias pretenden devolver a la Bestia su forma humana. Jessica Senehi, narradora oral y profesora en Estudios de Paz y Conflicto de la Universidad de Manitoba, publicó en el año 2002 un revelador artículo titulado “Constructive Storytelling: a Peace Process”, que sintetiza las bases teóricas de la llamada “narración para la contrucción de paz”, —“storytelling for peace-building”—, un nicho de narración aplicada que propone intervenir con metodologías narrativas en la desescalada de conflictos violentos. En él identifica los factores de conflicto que pueden abordarse con metodologías narrativas, entre ellos aquellos que enfatizan las representaciones desfiguradas del Otro, como la construcción de identidades, con la producción de historias sobre el Yo y el Otro donde dominan la representaciones estereotipadas, negativas, del adversario; la socialización/educación, donde las historias que se ofrecen a los niños abundan en estereotipos del Otro muy difíciles de desafiar en la vida adulta; los aspectos emocionales, donde destaca la producción de historias incitadoras de odio, desconfianza y miedo para justificar la violencia; o el tiempo y la memoria, con los recuerdos e historias de traumas pasados, que se transmiten de generación en generación.

Según Senehi, las historias destructivas que dominan cada uno de estos aspectos podrían debilitarse por medio de la “narración constructiva”. En construcción de identidades, se trataría de escuchar las historias del otro, acercándose a su alteridad de manera más compleja y matizada. En socialización/educación, de promover en los niños una educación para la paz a través de los cuentos y otros recursos adaptados. En los aspectos emocionales, de auspiciar el reconocimiento de los traumas individuales y colectivos, sin el cual son muy difíciles la sanación y la aproximación de las partes. En el tiempo y la memoria, a trabajar en la construcción de una narrativa histórica común que permita crear una visión de futuro compartida. Sobre estas premisas, organizaciones internacionales como la Desmond Tutu Foudation, el Arthur V. Mauro Centre for Peace and Justice y el Dalai Lama Center for Peace and Education... así como la Healing Story Alliance de la National Storytelling Network (EEUU) o The International School for Storytelling and Peace de Amsterdam, entre otras instituciones de narración aplicada, están investigando las potencialidades de la narración oral para “tender puentes”. “alcanzar consensos con grupos violentos”, “catalizar a la acción” e “inspirar la transformación”.

Las memorias y “papers” sobre proyectos concretos de storytelling en escenarios violentos revelan un énfasis la reconciliación, el perdón y la sanación del trauma en etapas post-conflicto, obviando sus causas estructurales. Sin embargo, tienen el mérito de haber ensayado a pie de campo, en contextos socio-culturales muy difíciles, el poder de las historias personales compartidas para devolver la forma humana al adversario, aunque los resultados se limiten muchas veces a una toma de conciencia en pequeños grupos. Por mencionar algunos de ellos: el proyecto To Reflect and Trust, impulsado por el psicólogo israelí Dan Bar On, que trabajó con grupos mixtos de descendientes de nazis y de víctimas del Holocausto; el proyecto Healing Through Remembering que dejó un interesante informe sobre 33 experimentos de “storytelling por la paz” alrededor de Irlanda del Norte; El Programa Hogueras Fanbul Tok en Sierra Leona, que se distancia del modelo vertical de las Comisiones de la Verdad y Reconciliación preconizadas por la ONU para recuperar formas de justicia propias como las “charlas familiares” —Fanbul Tok—, donde los victimarios tienen que reconocer sus crímenes ante las víctimas en presencia de toda la aldea; o el proyecto To Reflect and Trust dirigido a judíos y palestinos, que tiene la dificultad añadida de desarrollarse durante un conflicto en curso.

En la presente coyuntura, el distanciamiento social en familias y comunidades dificulta en gran medida las conversaciones cara a cara, y las pantallas de la “tablet”, el móvil y la televisión son las nuevas ventanas al mundo, que vuelve a poblarse de monstruos. Medios de todo signo político nos asustan cada día con el nuevo bestiario pandémico, donde campan a sus anchas los “supercontagiadores”, los niños infecciosos y ese endriago cruel e “insolidario”, “el negacionista”, que a veces se agazapa bajo nuestro techo con el rostro de algún pariente o amigo, pero que es en realidad una “ratita escondida” a la que es necesario “dejar fuera de todos lados”, como claman al unísono los comisionistas de la propaganda farmacéutica. Los narradores avezados se habrán percatado ya de que se está fraguando una narrativa hegemónica que no tolera la más mínima desviación.

Cuidémonos unos a otros del lado oscuro de la narración.

 Marian C. Rodríguez

Este artículo forma parte del Boletín N.º 94 - Lo monstruoso

 

 

 


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