catalán

En el año 2017, desde un ayuntamiento me pidieron que presentara la factura de forma electrónica… 

–¿Y eso que es? –pregunté.

–Tienes que entrar en la plataforma FACe y seguir los pasos que te indica.

–Vale.

Pero después de pasarme toda una mañana intentando generar una factura en el dichoso FACe llamé al ayuntamiento para decirles que era incapaz de hacer la factura y ellos mismos me reenviaron un correo diciéndome que probara a hacerlo a través de una web llamada www.b2brouter.net

Lo hice y fue maravilloso, un amor a primera vista. Me registré en la opción gratuita para probar y pude hacer y enviar mi primera factura electrónica con éxito. A partir de ese momento B2Brouter se convirtió en mi programa para gestionar mis facturas electrónicas. 

Al principio alternaba el sistema de facturación que usaba normalmente con B2Brouter para las facturas por vía telemática, pero viendo que cada vez se imponía más la factura electrónica, me pasé al plan profesional (de pago) que cuesta cien euros al año y tiene muchas mas posibilidades y ahora genero todas mis facturas por la plataforma.

Este artículo resume parte de la información que publiqué a lo largo de la semana del 13 al 17 de junio en el canal de Télegram dedicado a la narración oral, no incluye, por lo tanto, la entrada de Anabelle Castaño hablando de los catálogos internacionales y las diferencias y complejidades que plantean. Podéis ampliar información buscando en el canal la etiqueta #SemanaDeCatálogos.

 

En 1910 Antti Aarne publica la primera propuesta de Catálogo tipológico del cuento folklórico. Su idea era clasificar y organizar los distintos tipos de cuentos de tradición oral. Para establecer esa categorización se fija en los motivos* de los cuentos: cada tipo** de cuento tendría unos motivos básicos. Esta primera publicación fue revisada en 1928 y, años más tarde, en 1968, por Stith Thompson. En 2004 Hans-Jörg Uther vuelve a revisar el catálogo de tipos de cuentos folklóricos y publica una nueva y completa edición. 

ATU autores

En el catálogo cada tipo de cuento tiene asignado un número, y si el número fue asignado en la segunda revisión (Aarne-Thompson) entonces delante lleva las siglas AT (o AaTh), pero si es la última versión, la de Uther, delante de cada número lleva las siglas ATU (Aarne-Thompson-Uther). Así, por ejemplo, Caperucita Roja es el tipo ATU 333, Los siete cabritillos es ATU 123, La matita de Albahaca es ATU 879, etc. 

Agrupar las distintas variantes de un mismo cuento por tipos nos permite conocer las diferentes maneras en las que nos ha llegado cada cuento, nos facilita buscar las mejores versiones, completar las que están incompletas, comparar las distintas posibilidades... El catálogo plantea algunos problemas para los estudiosos (de hecho Propp dedica el primer capítulo de su Morfología del cuento, publicado en 1928, a evidenciar esos problemas) pero es una herramienta maravillosa para quienes vivimos abrazados al cuento contado. Lo es, no sólo porque es un listado magnífico de cuentos tradicionales, sino que es un recurso que nos permite encontrar más y mejores versiones para contar.

En México la desigualdad económica afecta a todos los sectores laborales, incluido el sector artístico y cultural, que siempre ha tenido que cargar con la creencia popular de que hacer arte por amor al arte y vivir del aplauso o en otras palabras, disfrutar del placer de crear propuestas artísticas que gusten al público, es la única retribución válida por su trabajo.

¿Por qué muchos empleadores aún no valoran a este tipo de trabajadores y la opinión pública aún considera mayoritariamente que vivir del arte no es una carrera de verdad?

Por décadas, los artistas que quieren vivir del arte han desarrollado su trabajo desde una economía informal, sin prestaciones de ley como seguro social, crédito hipotecario, pensión o fondo de ahorro para el retiro –no se diga ya de un ingreso estable. 

De acuerdo a un estudio en 2019 por el economista Ernesto Piedras para ‘El Economista’, cerca del 80% de los trabajadores de la Cultura tienen un segundo empleo –con el cual sostienen su producción artística–, número que entra en contraste con el hecho de que la cultura aporta un 7.2% al PIB del país. 

Dice Estrella Ortiz, en su artículo de este boletín, que la palabra que define la narración oral es 'dar' y en esta ocasión hemos querido regalar un espacio para la tradición oral en la primera infancia. Un lugar que pretende reavivar las ganas de contar estas pequeñas retahílas y juegos.  

 

Queremos dar cuenta de cómo se jugaban para que no sea solo una recopilación de su riqueza poética, sino un juego vivo, que se siga transmitiendo de viva voz, de vivas manos.

 

Dar a las familias un pequeño repertorio que poder compartir con sus bebés. Un punto de partida desde el cual recordar, investigar y hacer después sus propias versiones. 

 

Para ello hemos pedido a compañeros y compañeras cuentistas que trabajan habitualmente con primera infancia que nos grabaran un pequeño vídeo donde se pudiera apreciar la belleza de estas composiciones. Cada cual nos ha dado su arte como ha querido y Dani Borrón les ha proporcionado unidad a través de su edición de vídeo. 

 

¡Arriba las manos! es una propuesta de Alicia Bululú, narradora oral y pedagoga sevillana en la que, a través de una postal, comparte 12 poemas, cancioncillas y retahílas dirigidas a la primera infancia.

Por un lado de la postal podemos encontrar las imágenes, a modo de fotos-resumen de los gestos que se hacen con las manos en cada poema, y, al otro lado de la postal, los textos. 

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Contar para bebés es cantar. Esta afirmación, que va más allá del estereotipo que nos sugiere la palabra canción, hace referencia a una emisión vocal más libre, pero entonada, medida y acompasada. Como apoyo para esta declaración tan rotunda, por fortuna he recordado a Steven Mithen, quien en su libro Los neandertales cantaban rap. Los orígenes de la música y el lenguaje dice lo siguiente:

El Festival FragaTcuenta surgió hace diez años en nuestra ciudad como una necesidad: una necesidad de la sociedad por volver a escuchar historias de viva voz, historias que habían quedado relegadas a los libros y a los niños. Ya andaban, hacia un tiempo, algunos de nuestros maestros y maestras organizando a grupos de madres y padres para contar cuentos en las clases, al entender la oralidad como un paso previo y complementario a la lectura. Además, en las bibliotecas programábamos tímida y esporádicamente a cuentistas del panorama nacional que solían sorprendernos con sus historias.

Estando así las cosas, un grupo de personas vinculados al municipio y relacionados con el ámbito de la literatura infantil y la narración oral propusieron al Ayuntamiento la programación de un festival de oralidad, como una forma innovadora de poner a la ciudad en el candelero cultural. La Corporación aceptó y las bibliotecarias y el resto de agentes culturales locales hicieron suya la propuesta.

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