Imaginemos una escena anterior a la escritura, incluso anterior a la primera escuela. Una mujer descubre en la fragilidad de su hijo la evidencia de un destino común: no podrá estar siempre junto a él. De esa conciencia de finitud nace un gesto que funda no solo la educación, sino la ética de la oralidad. Por eso comienza a contar: para que la muerte no interrumpa la transmisión de aquello que hace posible vivir y convivir. Antes del grafo y de la piedra, la palabra dicha fue cuidado, amparo y hospitalidad; una forma de acoger la otredad en su fragilidad y de legarle el mundo antes de desaparecer. La oralidad comparece como responsabilidad, vínculo y salvaguarda de lo común.

La UNESCO ha capitulado reconociendo lo que cualquier abuela supo: que las tradiciones orales son la alfombra voladora del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, el espacio donde una comunidad transmite sus valores, su memoria y su saber del mundo de generación en generación. Es la forma universal, democrática y tenue de preservar lo que una cultura considera digno de ser recordado; tenue porque depende, siempre, de que alguien decida seguir diciéndolo en voz alta.

El ser humano es un homo narrans; narrar convierte la experiencia en memoria, sentido y relato, y rescata al tiempo de su propia oscuridad. La oralidad es la forma originaria en que los seres humanos se han dado un mundo en el que vivir juntos; leer forma la interioridad, contar inventa el arte de convivir en paz. Homero fue voz antes de ser texto; los rapsodas lo portaban en la memoria y lo reconstruían ante audiencias distintas, añadiendo, ajustando, respondiendo a lo que el auditorio ansiaba escuchar. La escritura llegó después para fijarlo, y en esa fijación ganamos la permanencia y perdimos la presencia. Una historia no existe del todo hasta que alguien la dice ante quien la escucha.

Odiseo tarda diez años en llegar a casa, no porque el mar sea ancho de espaldas, sino porque no sabe todavía cómo narrar lo que le ha pasado. El Cíclope no tiene munus, ninguna obligación de dar ni de recibir, y por eso devora a sus huéspedes. Solo en la corte de los feacios, sentado, con vino, ante un auditorio que lo acoge, la experiencia se vuelve transmisible y el viaje puede concluir. Cuando esa transmisión se interrumpe, la experiencia se enquista, se pudre, se convierte en trauma o en ruido. La narración oral reabre esa clausura como umbral de interpretación y devuelve a la existencia su condición de mundo compartido. No como terapia; como acto de ilesa humanidad.

Esa restitución porta una condición previa que ninguna tecnología puede sustituir, la presencia de los cuerpos. Los cuentos son historias del cuerpo; nacieron para ser contados en voz alta, en la oscuridad, con la entonación que hace del miedo placer y del peligro conocimiento. La palabra oral existe solo en el momento de su emisión; es un acto efímero y palpitante. Cuando los actores griegos declamaban a Homero en los teatros no estaban representando literatura; estaban devolviendo a los cuerpos reunidos algo que les pertenecía. La presencia crea una responsabilidad que la distancia tecnológica no permite; narrar exige estar, exponerse, dejarse afectar; exige corporeidad, una voz, un rostro y unas manos que respondan por lo que dicen.

La oralidad no puede restituir la comunicabilidad de la experiencia si no hay quien la reciba. Momo, la niña que vive entre las ruinas del anfiteatro en la novela de Michael Ende, es ante todo una oyente. Su ética reside en escuchar de tal manera que quien habla ante ella encuentra, en el espejo de esa escucha, lo que ignoraba que debía decir. Los vecinos acuden con silencios acumulados, vidas a medio vivir, y se van con respuestas que ella no les brinda; se las han regalado a sí mismos porque alguien los escuchó. Momo no solo cuenta, invita a contar. Y lo que amenaza su mundo, los Hombres Grises ladrones del tiempo, representa la sustitución de la presencia por la eficiencia, del encuentro por el trámite, de la oralidad por el entretenimiento. La ética de la oralidad descansa en quien escucha; una escucha hostil destruye el relato antes de que termine, una escucha hospitalaria lo hace posible antes de que empiece. Narrar no es una oferta que el oyente puede aceptar o rechazar; es una interpelación que lo convierte en testigo, y ser testigo es ya una forma de responsabilidad moral. Sin esa hospitalidad no hay narración; hay tutela de palabras.

Florencia, 1348. La peste. Diez jóvenes abandonan la ciudad enferma y se retiran a una villa en las colinas. Durante diez días cuentan historias; es la manera en que reconstruyen su identidad ante el caos, reelaboran la muerte a su derredor sin dejarse devorar por ella. Narrar no es evadir; es tejer palabras juntos. La identidad narrativa permite reinscribir el pasado en una trama abierta en la que cada subjetividad reconoce lo vivido sin quedar reducida a ello; la posibilidad de contarse de otra manera, no para engañarse; para no quedar dicho por la institución que lo clasifica, el expediente que lo resume o el estigma que lo precede. Y ese relato reconfigurado requiere una memoria donde anclarse. Nel mezzo del cammin di nostra vita / mi ritrovai per una selva oscura, / ché la diritta via era smarrita. Lo que salva a Dante no es la fuerza ni la inteligencia; es la memoria de Virgilio, de Beatriz, de todos los que ha amado y perdido. La memoria narrada no niega la fractura; la reinscribe en una secuencia donde aún caben la interpretación y el comienzo.

Esa memoria recuperada exige sacar a la luz lo que el orden social preferiría silenciar. Hay una manera de hacerlo que parece un juego y resulta una celada: poner dos palabras juntas que no tienen nada que ver y esperar a que entre ellas germine lo que ninguna contenía por separado. El maestro no crea la historia; tiende la trampa para que emerja la que el narrador no sabía que hospedaba. Quien se atreve a contar lo que el orden preferiría silenciar protagoniza un acto ético; habla con verdad, con riesgo y con responsabilidad sobre lo que expresa; es lo que los griegos llamaban parrhesía. Las tradiciones orales han sido vehículo de memorias subalternas, de versiones de la historia que no llegaron a los libros; en ese sentido la oralidad es la mayéutica de la otra historia. Pero ese mismo arte puede extraer lo que sería mejor no decir, o decirlo de tal manera que clausure en lugar de abrir. La diferencia entre una narración éticamente abierta y una clausurante no está en el contenido; está en lo que le ocurre a quien escucha: si sale del relato con más posibilidades interpretativas de las que tenía, la narración ha sido ética; si sale con menos, ha sido violencia simbólica disfrazada. Los fundamentos éticos de la oralidad no son propiedades naturales; son exigencias que hay que mantener contra la tendencia de todo relato a volverse dogma, de toda comunidad narrativa a volverse tribu. Narrar no es fácil. Es, quizás, la tarea ética más elevada.

La oralidad contiene además una dimensión igualadora que ninguna otra forma de comunicación ha podido replicar. En los Cuentos de Canterbury quien mejor narra no es el más noble, es el más humano. La palabra oral instaura una república de la escucha: cualquiera puede escuchar y narrar solo por estar viva y tener memoria. La communitas es lo que siente la rama cuando pierde una hoja. Un etnólogo observó cómo la historia de una anciana que narraba su propio duelo en tercera persona —como si fuera ya una historia ajena— se había convertido, a su vuelta, en una fábula que los niños de la tribu representaban con gestos y juegos de voz. Lo común no se elige, se hereda, y solo la narración puede transmitir ese testamento sin traicionarlo. Los cuentos de tradición oral sobrevivieron durante siglos no en los libros sino en las bocas de las mujeres: las madres, las abuelas, las que tejían y contaban al mismo tiempo. El narrador oral no es un autor en el sentido moderno; es un eslabón. Tiene una deuda con quienes le contaron y una responsabilidad con quienes aún no han podido escuchar: quien cuenta contrae una deuda con quienes le contaron, quien escucha contrae una deuda con el narrador, y ambos contraen una deuda con quienes vendrán después y necesitarán que esa cadena no se haya roto. Por eso la muerte de un anciano es una catástrofe epistémica: no solo se pierde una vida, se interrumpe un cordón de cuentos. Lo que la hypomnesis digital puede archivar son datos; lo que muere con el anciano es la experiencia encarnada de haber vivido entre esos datos y haber aprendido a narrarlos. Esa pérdida no tiene copia de seguridad.

Los diez fundamentos éticos de la oralidad que este recorrido ha esbozado a vuela pluma, la comunicabilidad de la experiencia, la corporeidad de la presencia, la hospitalidad de la escucha, el reconocimiento mutuo, el cuidado de sí, la memoria posibilitadora, la mayéutica de la otra historia, la democratización de la palabra, la transmisión intergeneracional como responsabilidad ética y la pedagogía crítica y artística, no son una entelequia. Son prácticas que la humanidad ha protagonizado durante milenios: Odiseo cuando aprende a narrar su naufragio; Sherezade tornando una noche en mil; los jóvenes florentinos contando para alejar la peste; Dante cuando convierte el infierno en escuela; la anciana BenaLulua transformando su duelo en fábula para las infancias de la tribu. La escena del cuento es una de las pocas que subsisten como espacio de comunidad no mediada; sin pantallas, sin algoritmos, sin intermediario entre la voz y el oído. Narrar es un acto ético. No porque lo digamos nosotros. Porque así lo han demostrado, noche tras noche, al calor de una lumbre.

Todo lo anterior podría resumirse en una frase que llevo años intentando mostrar más que enunciar: contar para convivir es el fundamento de la oralidad. No contar para enseñar, ni para corregir, ni para salvar. El Ulises de la Odisea viaja para alimentar su vanidad; el Ulises de Joyce lo hace para dignificar a su mujer, a Molly, y su amor la dignifica dignificándose a la par. Lo que distingue un modelo del otro no es la técnica; es la voluntad de escuchar. Cuando una biblioteca arde, lo que se pierde no es solo el pasado; se pierde la posibilidad del futuro que ese pasado hospedaba. Cada vez que alguien relata lo que el poder preferiría que se olvidara está transformando ausencias en presencias; a eso la llamamos epistemología de la resistencia. Tiempo y educación, declama la tradición oral subsahariana, derrotan al monstruo y restablecen la comunidad. No hay atajos ni algoritmos.

Y si todo esto es cierto, y creo que lo es, no porque lo haya teorizado sino porque lo he escuchado, entonces la pregunta que flota en el aire es filosófica: si somos tan inmensamente listos, ¿por qué no podemos hacernos felices? Por primera vez en la historia, la supremacía narrativa del ser humano está siendo desafiada; la inteligencia artificial ya comienza a contar historias persuasivas y adictivas. Lo que la IA produce es hypomnesis, retención, acopio, cálculo de probabilidades; lo que no puede producir es anamnesis, memoria viva que brota de la experiencia liminar de la finitud. El peligro no es solo tecnológico; es ontológico. Los relatos que nacen del temblor de la piel y de la conciencia de la muerte no pueden ser reemplazados por un servidor digital que opera sin haber sentido miedo, sin haber perdido a nadie, sin haber necesitado que alguien lo escuchara. La narración que irrumpe e interrumpe es, todavía, el único lugar donde esa segunda manera de habitar el mundo, como huéspedes, puede darse. Pero la hace posible, que es lo que debe hacer un buen cuento. Lo demás, los métodos, los marcos teóricos, los decálogos, vienen después, y vienen bien. Pero después del colorín colorado.

 

Andrés González Novoa - Doctor en Educación, profesor permanente laboral de la Universidad de la Laguna, coordinador del programa de narrativa Palabras Prisioneras del Centro Penitenciario de Tenerife, director del Aula Cultural de Narración Oral de la ULL, miembro del equipo organizador del Festival Internacional del Cuento de Los Silos, de la Fiesta de la Palabra de Garafía y del Puerto de las Letras de Playa de Santiago, escritor de literatura infantil con una quincena de obras publicadas y narrador con más de treinta años de trayectoria profesional sobre las tablas.

Este artículo forma parte del Boletín 107 - ¿Qué responsabilidad tiene quien narra una historia?

Me pregunto por esa demanda humana tan temprana: ¿por qué necesitaban los humanos, en el principio de todo, que alguien contara historias? Y me pregunto también por la misma demanda en pleno siglo XXI: ¿por qué se necesitan todavía? Me gustaría aventurarme en los caminos de una respuesta, que pueda dar luces sobre el rol de los narradores orales en el mundo de hoy.

Es tentador decir que los narradores existieron y siguen existiendo porque transmiten la memoria y la identidad del pueblo. Aunque tenga algo de lugar común, esto no deja de ser cierto. Sin embargo, es bastante probable que esa transmisión haya ocurrido casi siempre de forma natural, sin premeditación de quien contaba la historia ni conciencia de quien la escuchaba. Es decir, que no estoy tan seguro de que se haya contado porque todos sabían que esos cuentos, mitos o leyendas debían mantenerse vivos en la memoria de la comunidad, y por eso esta necesitaba de los narradores. Dudo de la conciencia de ese rol en el pasado y dudo que la gente vaya hoy a escuchar cuentos pensando en estas cuestiones. Al contar, sin embargo, la memoria, la identidad o el sentido de comunidad se transmiten igual. Pienso en esos pececitos que se acoplan a la ballena y la usan como medio de transporte. A la ballena (al narrador) puede importarle o no, puede notarlo o no: los peces viajarán igual, la ballena no tiene forma de sacudírselos. La memoria y la identidad son los polizontes de los cuentos. Pero en cualquier caso, no estoy seguro de que la transmisión de la memoria y la identidad sea lo que la comunidad le pedía a su narrador en el pasado. Tampoco creo que sea lo que pide ahora.

Podríamos pensar en la diversión: en la tribu, en la familia, en el pueblo querían pasarlo bien, y a falta de discotecas, cines, bares o estadios, el contador de historias cumplía esa misión. Esto parece mucho más lógico: nos aburrimos, pero si hubiera alguien contándonos algo, ya no nos aburriríamos tanto. Sin embargo, este rol también lo desempeñaban (y tal vez mucho mejor) los que sabían hacer música, y los que bailaban, y luego los bufones, saltimbanquis, actores, titiriteros, comediantes y artistas del humor. Si la tarea de los narradores hubiera sido divertir, no creo que soportaran la fuerza de la competencia. Hoy sería, sin duda, un arte desaparecido. Pero lo que vemos es que cada vez hay más narradores, festivales y espacios de cuento.

¿Entonces por qué? ¿Por qué diablos necesitaba la comunidad que hubiera narradores?

¿Por la educación? Pero para eso estaban también sabios, maestros y profesores. ¿Para entregar, a través de los cuentos, enseñanzas morales, éticas, patrones de comportamiento, leyes sociales? Quizá, pero sacerdotes, jueces, jefes, ancianos y en general, los adultos, también tenían ese rol. ¿Entonces para qué necesitaba la comunidad que hubiera específicamente narradores de cuentos? ¿Por la necesidad de conocer historias, simplemente? Claro que sí, pero entonces los narradores podrían haber desaparecido con la escritura, y eso no sucedió. Después vinieron la radio, el cine, la televisión, YouTube, Netflix y Spotify, y sin embargo hay cada vez más narradores de cuentos.

¿Por qué la comunidad pedía y pide narradores?

Por supuesto, la figura del narrador puede encarnar varios de los aspectos mencionados (las historias, la diversión, los símbolos, la memoria, la identidad, la moral, la educación, etcétera) y eso contribuye en parte a que no nos hayamos extinguido aún. Pero no creo que nada de eso sea lo esencial. Me fuerzo a mirar más atrás, mucho más atrás. Pienso que en el principio de los tiempos, cuando la tribu nómade alcanzaba una buena cueva y encendía la hoguera para pasar la noche, cuando esos hombres y mujeres le rogaban (con la palabra, con la mirada, con el silencio) a uno de ellos que contara una historia, lo que buscaban era algo muchísimo más simple que todo lo que hemos elaborado en los últimos años, un poco trabajosamente, para justificar nuestro arte.

Se trataba de algo ligado a la mera supervivencia: esos hombres y mujeres no buscaban otra cosa que mantenerse despiertos, porque afuera acechaban las fieras.

Al principio de todo, el narrador tenía la misión de mantener despiertos a los adultos.

Eso era lo que la comunidad le pedía, porque mientras estuvieran despiertos no se apagaría el fuego, y si no se apagaba el fuego las fieras se mantendrían distantes y el frío, si era invierno, no se llevaría a ninguno de ellos. Y para cumplir tan importante misión, el narrador hablaba, fabulaba, recordaba, inventaba, repetía, gritaba, callaba, gesticulaba, imitaba, aullaba, dudaba, preguntaba, escuchaba y volvía a empezar. No era algo que pudiera hacer cualquiera, y no servía cualquier historia. Si a la tribu el cuento no le interesaba, llegaba el sueño (y eso ponía en riesgo a todos). El narrador pensaba, seleccionaba, elegía y mejoraba, y sobre todo repetía las historias que funcionaban, esas que ya contaba su antecesor. No le importaba si estaba transmitiendo memoria o identidad, no le importaba si estaba educando a nadie, ni siquiera estaba pensando en eso. Mantener despiertos a los suyos era lo único que realmente le importaba: era un asunto de vida o muerte.

Con el tiempo (y cuando digo tiempo digo siglos, digo milenios) los mejores cuentos, esos que mantenían atenta a una audiencia por más tiempo, las historias más populares, las más solicitadas, viajaban por los caminos y llegaban a los narradores de otros lugares. Por supuesto, los cuentos que más profundamente calaban en los corazones humanos eran los que sobrevivían. Las historias fueron adquiriendo cada vez más importancia y ganaron un lugar fuera de la cueva, más allá del miedo a las fieras, porque decían cosas importantes, porque en ellos había sabiduría, ley, caminos, preguntas. Algunos de estos cuentos milenarios funcionaban gracias a sus narradores; la mayoría, pese a sus narradores. En algún momento de la historia, con ciudades grandes y populosas, con tantos narradores e historias dando vueltas, fue cada vez más importante ser un buen narrador para destacar: saber contar a un público muchas veces desconocido, en plena vía pública. Pero como ya no había tantos peligros, como ahora se podía dormir con tranquilidad en las casas, el rol de los narradores de oficio había quedado un poco difuso. La comunidad ya tenía los cuentos y los podía contar cualquiera. Ahora cada familia elegía a sus narradores: un abuelo, una tía, una vecina. El narrador de oficio (el artista) estaba un poco de más. Luego la gente tuvo historias en los libros, en las bibliotecas, en las librerías, en las películas, en la radio, en la televisión, y los narradores dejaron de tener el monopolio de las historias. Y sin embargo, no desaparecieron. En el siglo XX hubo que reinventarse y transar, es cierto: el fomento lector se convirtió en algo así como el Fausto de los narradores orales. Los libros les dieron una oportunidad de supervivencia: hablen de mí, y yo les rejuveneceré. Los narradores tomaron este salvavidas y desde entonces comenzaron a dedicarse, en gran medida, a contar cuentos para animar a los niños y a las niñas a leer. Los gobiernos, cual más, cual menos, estaban dispuestos a poner dinero ahí, pero no para financiar la narración de cuentos destinada al público adulto, que durante largo tiempo (al menos en Latinoamérica) quedó relegada a espacios informales, casi nunca remunerados, en bares o plazas o espacios universitarios, y a veces en centros culturales o bibliotecas, pero con una asistencia de público tan fiel que terminó por entusiasmar a los colectivos a crear festivales donde no faltaran las funciones para adultos, que solían repletarse.

En resumen: el colectivo de narradores no dejó de contar cuentos para adultos y los adultos no dejaron de ir a escuchar cuentos. ¿Por qué?

¿Por qué se preparaban (y preparan) cuentos para adultos en condiciones tan limitadas y mal remuneradas? ¿Por qué defendemos con uñas y dientes este oficio, y nos negamos a que sea solo una rama de la animación a la lectura o que se dirija de forma exclusiva al público infantil? ¿De dónde nos nace, a los narradores, este convencimiento tan profundo y arraigado de que lo que hacemos no solo es importante, sino que es vital?

¿Y por qué, cuando hay funciones para adultos, el público responde tan bien?

Creo que la respuesta está en el principio de todo: es el siglo XXI y ya no vivimos en cuevas, pero afuera siguen acechando las fieras y alguien tiene que mantener despierta a la comunidad. Las fieras ya no tienen colmillos, pero dentro suyo todo sigue estando oscuro. Lo que las mantiene alejadas tal vez nunca fue el fuego, sino la comunidad unida. El narrador cuenta y los asistentes sienten que pertenecen a algo colectivo, aunque jamás se hayan visto las caras. A diferencia de otras artes, como el teatro, el narrador no busca incomodar: lo que buscar es ser un lugar donde la gente se quiera quedar, ojalá durante toda la noche, porque mientras estemos juntos ninguna fiera nos va a poder devorar.

El narrador ofrece lo único que tiene, que son las palabras. Esas palabras vienen viajando desde muy lejos para ofrecer un sentido a los humanos de cada tiempo. La comunidad asiste a las sesiones de cuentos no para animarse a leer, sino porque en el fondo de sus corazones sienten la necesidad de aprender a enfrentarse al lobo, y quieren hacerlo junto a otros para que el lobo no se les acerque cuando todavía no saben vencerlo. Y para eso necesitan confiar los unos en los otros, y para confiar necesitan sentir que están en un espacio, en un lugar, en un contexto que es de verdad.

En el cuento nada es verdad y al mismo tiempo nada es engaño. Todo lo que dice el narrador es cierto. Las emociones íntimas y comunes son verdaderas. No hay promesas futuras ni revisiones del pasado, porque el narrador habla de caminos que aunque nadie conoce, todos han atravesado; de bosques en los que ninguno se ha perdido, pero donde todos se han visto solos alguna vez; de fieras que no pueden existir en el mundo real, y que sin embargo resultan inquietantemente reconocibles. Cuando dudamos de todo lo que nos dicen, de todas las imágenes que vemos, de la autoría de cada texto, ver a alguien parado en un escenario contando un cuento milenario es, como decía Estrella Ortiz, volver a la palabra de verdad, entre tanto mensaje oído y no deseado.

¿Qué busca el público que asiste a las sesiones de cuentos y permite que los narradores sigan existiendo más allá del fomento de la lectura? O lo pregunto de otro modo: ¿qué ofrece una sesión de cuentos que no ofrece ningún otro arte o lugar de esparcimiento?

Es una especie de inconsciente certeza la que nos anima a escuchar cuentos: mientras haya alguien contando cuentos, mientras haya un público escuchando cuentos, mientras estemos juntos defendiendo nuestra libertad de crear, imaginar y perdernos por los bosques de los cuentos, mientras construyamos espacios de Verdad, las fieras no podrán acercarse, porque cuando alguien cuenta un cuento se enciende un fuego, y el calor de ese fuego nos sigue acompañando por mucho tiempo, y la memoria de ese fuego nos permite distinguir la mentira, la manipulación y el odio del mundo de hoy, y también la verdad, la belleza y el amor; distinguir, como decía Italo Calvino, en medio del infierno lo que no es infierno, y hacerlo crecer, y darle espacio.

Los que contamos cuentos sabemos que tenemos una llave para la esperanza en un mundo dominado por las fieras más terribles, que vuelven una y otra vez, incansables.

Hay que encender esta hoguera por todas partes, llenar el mundo de cuentos, porque contar un cuento, escuchar un cuento, es cada vez más un acto de resistencia.

Por eso, creo, la comunidad sigue pidiendo a los narradores.

Por existimos todavía.

Y pienso que tener conciencia de este rol puede responder muchas preguntas sobre los alcances de nuestro oficio.

 

 

Andrés Montero (Santiago de Chile, 1990). Escritor y narrador oral, autor de los libros “El año en que hablamos con el mar”, “La muerte viene estilando” o el ensayo “Por qué contar cuentos en el siglo XXI”, entre otros. Para 2027, sus libros se habrán traducido a más de diez idiomas. Desde 2012 se dedica a contar cuentos de forma profesional, siendo fundador de la Compañía La Matrioska, con la cual ha llevado sus historias a todo Chile y a festivales, ferias y encuentros de más de quince países de América y Europa. Se ha formado como narrador con diferentes maestros, entre los cuales destacan la chilena Paty Mix y el español Pep Bruno. En el escenario, narra tanto cuentos propios como de la tradición oral universal. Como formador, ha impartido más de 30 talleres iniciales de narración oral en Santiago de Chile y una decena de cursos de escritura creativa. Junto a Nicole Castillo, dirige la Escuela Casa Contada, conduce el programa de televisión “Los cuenteros en ruta” y coordina el Festival Internacional de Narración Oral “ChileCuentos”.

Este artículo forma parte del Boletín 107 - ¿Qué responsabilidad tiene quien narra una historia?

Estoy convencido de que las personas que nos dedicamos profesionalmente a narrar oralmente historias solemos preguntarnos acerca del sentido de lo que hacemos, de su trascendencia, de su alcance, del significado personal, social, emotivo y simbólico. ¿Por qué?

Puede llegar a ser difícil preguntarse por ello, cuando antes hay que resolver otras cuestiones: lo administrativo, lo económico, lo logístico, lo técnico, etc. Es indudable que nuestra “romántica” labor sobrepasa y sobrevive a todas esas cuestiones para su realización. En ocasiones resistimos a complicaciones en la conciliación familiar, programaciones y personas programadoras, públicos peculiares, encargos específicos, demandas y necesidades del mercado, burocracias, requerimientos fiscales, multas, compensaciones, modas, postureos de redes sociales, tendencias literarias y rocambolescas solicitudes.

Puede ser complicado sobrevivir a esa hecatombe y a la vez preguntarte por el sentido profundo y ontológico de lo que hacemos. Y sobre todo aún más difícil, ponderar por encima de la cotidianidad del oficio, esa motivación, esa razón de ser y actuar conforme a ella.

Mi deseo en estas líneas es compartir mi personal reflexión-opinión acerca de ello. Una reflexión aderezada por mi experiencia personal y laboral, mi contexto de origen, mi ser migrante trasnacional y mi forma de habitar el mundo. Una reflexión que intenta responder-me a una pregunta: ¿Cuál es nuestro papel como personas narradoras de historias frente a los nuevos discursos y narrativas contemporáneas? ¿Cuál es o debería ser nuestra disposición, posición, compromiso o contribución a la justicia social? ¿Deberíamos? ¿O es algo que no tiene que ver con nosotros y nosotras?

Mis respuestas parten de dos premisas previas y auto conclusiones. Con el paso del tiempo comprendí que el cuento oral no tiene ni debe tener la responsabilidad de cambiar a una persona o al mundo. Es demasiado para el cuento. Y atribuirle esa colosal responsabilidad es desvirtuar en parte su razón de ser. Y la segunda es que el cuento oral es un producto histórico y artístico, donde debe primar su belleza estética, simbólica y cultural y no la posible función social que pueda atribuírsele.

Dicho esto, pienso que el cuento oral y el desarrollo de nuestra profesión como personas que narran cuentos pueden contribuir a ser alternativa a esos discursos y narrativas cargadas de odios, violencia e intolerancia. En mi opinión existe la opción ética de asumir nuestro quehacer en ese sentido. Soy de ese sentir por unas razones…

¿Por qué contamos oralmente cuentos?

Yo me hice narrador oral de cuentos principalmente por dos motivos. Porque desde adolescente descubrí que quería habitar el mundo materializando un lenguaje lleno de belleza simbólica, expresando y construyendo realidades desde lo hermoso del código artístico y porque sentía que con ello era más feliz; eso lo encontré en los cuentos. Segundo, porque crecí en un lugar en donde el silencio provocado contribuía al olvido y a hacer invisibles cosas, hechos, lugares y personas y yo consideraba importante que se recordaran, se aprendieran, pervivieran y en los cuentos encontré una manera de hacerlo posible. Soy sincero, en el camino me he desviado, perdido y confundido. He hecho cosas que estaban lejos de eso. Por desconocimiento, por desconfianza, por miedo y por mil motivos más. De algunos errores he aprendido y de otros sigo intentando incorporar esos aprendizajes. Pero el implacable paso del tiempo trae nuevos retos y se vuelve una necesidad volver a esas raíces para no perderse en el camino.

El silencio como estrategia y la palabra como resistencia

El silencio obligado y provocado sigue siendo una maniobra del poder para mantenerse. Cada vez más se escuchan más palabras y más discursos en ese sentido en bocas y corazones. Palabras y discursos que hablan del odio a lo diferente, de maneras concretas de entender y habitar el territorio, nuevos significados para diversas palabras como guerra, patria, mujer-hombre, seguridad y cientos más. Palabras y discursos repetidos mil veces conscientes del enorme poder que ello conlleva y que conducen a hacernos pensar de particulares, absolutas y universales maneras. Repeticiones, repeticiones y repeticiones que comienzan a dejar de lastimar el oído y el corazón y terminan construyendo seudo realidades respecto a personas, grupos de personas, naciones, pueblos, colectivos, lugares y formas de pensar y sentir.

Palabras, discursos, repeticiones volcadas en medios de comunicación, sistemas de información, algoritmos, púlpitos, pregones, asambleas, redes sociales, libros, campos de fútbol y que terminan influyendo en nuestra forma de describir y entender el mundo.

De ahí la primera de las premisas que quiero compartir. Es importante asumir una reflexión sobre cómo nos auto percibimos en nuestro oficio. Creo, como muchas otras personas, que narrar oralmente cuentos es una forma alternativa de comunicación y de expresión, una forma de mediación humana poderosa a nivel emocional, intercultural, transmisora de experiencia y de múltiples aprendizajes.

Los cuentos orales de la tradición oral, de las adaptaciones de la literatura de calidad y de la creación propia, están llenos de todo ello: nos hablan de historia, nos hablan de experiencias, nos hablan de lugares, nos hablan de características culturales, nos hablan de gastronomía, nos hablan de soluciones, nos previenen, nos dan ideas, nos motivan y otros temas que hablan de lo profundo de la humanidad. La belleza del lenguaje simbólico y estético nos habla en códigos muy profundos de los cuales a veces no somos conscientes.

Allí en el contenido de los cuentos encontramos la primera fuente de la cual beber para que nuestras palabras sean torrente fresco que contrarreste la nube árida que quiere unificar nuestras palabras, nuestros discursos, nuestros amores y odios, nuestros pensamientos y nuestra forma de vivir.

Contar el mundo que queremos

Contar es crear. Creamos imágenes. Creamos realidades vivas en el momento presente del cuento. Abrimos la puerta a mundos imaginarios donde todo es posible en el aquí y el ahora del cuento. Para las personas que cuentan y escuchan cuentos se crea ese mágico consenso en el que decidimos creer. Creo que podemos asumir el compromiso de contribuir a crear esas realidades que ya están presentes en los relatos y que pretenden ocultarse, olvidarse o extinguirse con los nuevos discursos. Unas realidades en donde los personajes de nuestras historias viven en comunión y respeto con la naturaleza, en donde la astucia puede llegar a vencer la fuerza y violencia sin sentido, donde la sabiduría representa fundamental herramienta para solucionar los problemas, donde hombres y mujeres pueden emprender difíciles aventuras, enfrentarse con monstruosos antagonistas, resolver problemas y salir exitosos. Creo que podemos contribuir a crear las imágenes de otro mundo posible a través de palabras e historias.

El atrevimiento de Escuchar

Sin lugar a dudas esta tormenta provocada y alimentada por tantos discursos cargados de odio, de intolerancia y de una descripción e interpretación unívoca del mundo, se alimenta del silencio de otros. Un silencio como castigo, condena, un silencio como herramienta de olvido e invisibilización. De esta forma los discursos dominantes son los que escuchamos cada vez más reducidos en lenguajes simplificados, pero metódicamente estudiados para conectar. En ese sentido pienso que el solo hecho de escuchar al otro, sobre todo a la otra voz, la silenciada, es ya de por sí un acto de conexión transgresor y transformador. Escuchar, recuperar, interpretar, convertir en historia y contar es valiosa apuesta en este sentido. Las personas mayores, los pueblos migrantes, las comunidades rurales, las comunidades periféricas, los barrios, los y las otras, los colectivos con nuevas identidades y mil más, ansían y desean ser escuchados. Sus voces, sus historias y sus deseos son material inagotable y valioso para los profesionales de la narración que encuentran en ellos nuevas historias que contar y multiplicar como parte de ese espejo caleidoscópico que somos como humanidad y que nos une en vez de separarnos.

Contar Interpretar Reinterpretar

Los viejos cuentos nos hablan del presente. Según los doctos especialistas en el análisis histórico del cuento de tradición oral, las historias han nacido como reacciones a los contextos sociales, culturales, políticos, económicos y de valores, de diferentes pueblos en diferentes momentos históricos. Sin embargo, muchas de esas estructuras, intrigas y móviles obedecen a profundas consideraciones, preguntas, inquietudes, explicaciones y resoluciones de la humanidad que no pierden vigencia. Aquellos héroes y heroínas, aquellos hermanos y hermanas menores, aquellos pequeños animales en peligro y otros arquetipos encuentran sus similares en nuestro mundo contemporáneo: son las personas diferentes, los pueblos expoliados, las personas sin tierra, las personas discriminadas, las exclusivas, las empobrecidas, las victimizadas etc. etc. etc. De ahí que sus enseñanzas y experiencias tengan valor presente. Ser conscientes de ello nos permite a las personas que narramos oralmente cuentos interpretarlos y reinterpretarlos con sentidos, símbolos y estéticas del hoy, recuperando sus intrigas, que no distan muchos de las actuales, encontrando en la estructura y función sociocultural del cuento una herramienta de transmisión de esperanza en la posibilidad de transformación y del triunfo en la justicia.

Bibliotecas Humanas; espacios de escucha y encuentro contra los discursos de odio

Para cerrar quisiera compartir una emocionante experiencia que he tenido la fortuna de dinamizar, gracias a la iniciativa de la ASAMBLEA DE COOPERACIÓN POR LA PAZ (mediante proyectos financiados por diversas convocatorias de instituciones públicas en lugares como Sevilla, San Juan de Aznalfarache, Algeciras, Tarifa y la Línea de la Concepción) y algunas Bibliotecas Públicas de Andalucía.

Se trata del proyecto BIBLIOTECA HUMANA como espacio de Paz, Tolerancia y NO racismo y contra los discursos de Odio. Esta iniciativa (en consonancia con el Movimiento internacional del mismo nombre) tiene como objetivo contribuir a crear espacios sostenibles de escucha, respeto a la diferencia, encuentro y construcción de tejido social.

La materialización implica un proceso de dinamización con diversos colectivos; personas mayores, adolescentes de institutos públicos, miembros de asociaciones con diferentes fines, colectivos de población inmigrante, clubs de lectura y usuarios de bibliotecas públicas. Estas personas son las que se convierten en libros persona de la Biblioteca Humana.

En la primera parte de este proceso ofrecemos diferentes herramientas para iniciar un proceso de recuperación de la memoria personal, familiar y social de las participantes. Posteriormente brindamos un espacio de formación técnica para narrar oralmente esas historias y finalmente llevamos a cabo encuentros comunitarios para compartir las historias y sobre todo para escucharnos, conversarnos, conocernos, entendernos y emocionarnos.

De esta manera los libros persona cuentan sus historias personales, familiares, de origen, de migración. Cuentan su forma de vivir, su forma de alimentarse, el porqué de sus costumbres, su vida cotidiana en sus lugares de origen, los aprendizajes de su oficio y mucho más. Lo hacen ante otros colectivos que invitamos expresamente, ante sus compañeros y compañeras del instituto, ante personas que acuden a las convocatorias públicas y abiertas.

La conclusión común reflejada en todos estos encuentros y evidente en las conversaciones posteriores que se facilitan, es la enorme cantidad de puntos en común que libros persona y escuchantes tienen.
Como cuestión peculiar de esta iniciativa se crearon catálogos de estas bibliotecas humanas (disponibles en las bibliotecas escolares de los institutos, en las asociaciones o en las bibliotecas públicas municipales) para que en el futuro se pudieran volver a activar, a convocar y a escuchar.

 

Jhon Ardila - Narrador de cuentos colombiano afincado en Sevilla desde 2009. Además de su oficio narrativo lleva a cabo actividades de docencia universitaria relacionada con los derechos humanos y diversos proyectos de intervención social artística que tienen que ver con los derechos humanos y la transformación social.

Este artículo forma parte del Boletín 107- ¿Qué responsabilidad tiene quien narra una historia?

Ventana Diego

«Los peces muertos del mercado siempre parecen sorprendidos. ¿Sorprendidos de estar muertos? ¿Sorprendidos de ser capturados?». Perdón, no era así como quería empezar, pero estaba leyendo «The house at the edge of magic», de Amy Sparkes, y me capturó esa frase. Bueno, ella no la dice exactamente así, claro: ella habla de su personaje protagonista, el libro está en inglés… Pero a grandes rasgos, supongo que este inicio te puede haber sorprendido tanto como a mí o como a los peces (aunque tal vez por otros motivos).

Dicho esto, te doy la bienvenida a este extraño lugar. Mi nombre es Diego, y espero llevarte de la mano (o del ojo, o de la oreja, no sé qué tipo de lectura sueles hacer) a través de esta pequeña locura. Estamos aquí para hablar de la narración, del juego, y de lo que sucede entre las personas que se encuentran en ese espacio mágico que se crea en medio (tal vez por eso estaba leyendo el libro de la casa al filo de la magia) y, como dice el título, habrá múltiples escritos, habrá un juego… y una advertencia: es posible que te pierdas por el camino, retrocede, encuentra el hilo, toma mi mano, concéntrate… tal vez encuentres la salida.

CABALLITO DE MAR Ilustración de Rubén Martínez Santana

Caballito de mar. Ilustración de Rubén Martínez Santana

 

"Mugunghwa Kkoci Pieot Seumnida”
(La flor de hibisco ha florecido).
El Juego del Calamar.

 

Quizás no sea nada riguroso comenzar este artículo buscando una definición en el diccionario, pero lo he hecho y la Real Academia de la Lengua Española me dice que el juego es “acción y efecto de jugar por entretenimiento / actividad intrascendente o que no ofrece ninguna dificultad”. Por su parte, el filósofo holandés Johan Huizinga, en su libro Homo Ludens (1), escribió que el juego “se halla fuera de la racionalidad de la vida práctica, fuera del recinto de la necesidad y de la utilidad”. ¿Podemos decir entonces que un arte tan hermoso, necesario y profundo como la narración oral es un juego, una acción inútil e intrascendente? Tal vez sí. Y también no.

Foto Rafa Fraile

Imagen: Estrella Ortiz. Foto de Rafa Fraile

 

Ser cuentista conlleva ciertos riesgos que, por fortuna, no son mortales, aunque bien podría decirse que nos la jugamos a cada historia. Contar cuentos de viva voz es una intervención artística en la que participa todo el ser y exige una gran entrega; un acto vivo de comunicación en el que cada sesión es diferente: nosotros no volvemos a ser los mismos, así como tampoco lo es el público. De modo que conseguir que nuestro auditorio sintonice con lo que estamos contando en cada momento forma parte del reto del oficio. Muchas de las estrategias que vivimos en este proceso coinciden con las características del juego: placer, riesgo, repetición, capacidad de superación, pruebas de ensayo y error, entrega, pasión.

PepBruno juego JuanjoPalacios
Pep Bruno contando en Conil (Cádiz). Foto: Juanjo Palacios

 

El historiador Johan Huizinga escribió en 1954 Homo ludens, un ensayo sobre lo lúdico y su sentido fundamental en la vida humana, fundamental tanto por su presencia habitual en el día a día como por su papel en la génesis y el desarrollo de la cultura humana. El juego forma parte del comportamiento y de la cultura de todos los grupos humanos, es inherente al ser humano y está presente a lo largo de toda la vida. 

En el décimo capítulo del libro el estudioso neerlandés diferencia entre las artes “músicas” (de Musas, que reunirían las artes sin utilidad práctica, como el canto, la poesía, la epopeya…) y las artes plásticas (lo útil y serio, como la arquitectura, la pintura, la escultura, etc.). Estas artes “músicas” suceden en el encuentro, en la celebración, en la fiesta, en lo que no es “útil”, y es allí donde “el hombre poetiza porque tiene que jugar en colectividad” (Huizinga, Homo ludens, p. 169). Puesto que “la diferencia profunda entre las artes “músicas” y las plásticas se debe, grosso modo, a la aparente ausencia de lo lúdico en las artes plásticas por oposición a la destacada cualidad lúdica de las “músicas”. No es menester indagar la causa particular de esta oposición. En las artes “músicas” la realización estética consiste en la ejecución. La obra de arte ha sido concebida antes, ensayada o escrita, pero cobra vida con la ejecución, con la audición (…) El arte “músico” es acción y se disfruta renovadamente como acción en cada ejecución” (Huizinga, Homo ludens, pp. 195-6). 

Contar historias de viva voz, por lo tanto, contendría en su propia esencia un carácter lúdico. Por eso el momento de contar y escuchar historias es un tiempo también de juego en comunidad y, al mismo tiempo, una manera de resistencia ante una sociedad cada vez más seria: “La cultura, en total, se hace más seria, la ley y la guerra, la economía, la técnica y los conocimientos, parecen perder su contacto con el juego” (Huizinga, Homo ludens, p. 159).  

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