Mari Carmen

El pasado miércoles, después de que Jhon Ardila contara “El caminante mágico” una niña le gritó al despedirse:-Adiós, te quiero- . Yo, que desde que Diego Magdaleno me pidió que escribiese este artículo, estoy más observadora que nunca en las sesiones, tomé nota mental de este gesto porque me pareció de especial relevancia.

En la biblioteca de Dos Hermanas venimos contando cuentos desde 1983, como la biblioteca era entonces muy pequeña y no disponíamos de un lugar adecuado, empezamos en el interior de un viejo autobús que nos cedió la empresa Los Amarillos, cuando el tiempo lo permitía contábamos también en el jardín que rodeaba a la biblioteca, por entonces tirábamos de narradores voluntarios entre los que me encontraba yo misma en muchas ocasiones.

A mediados de los ochenta comenzamos a contratar a un narrador profesional: Pepepérez, al que a los pocos años siguieron otros, es decir que nunca hemos dejado de contar cuentos. Este empecinamiento y la manera imaginativa de salvar las dificultades que se nos presentaban se debe en gran parte a que cuando yo era niña escuchaba cuentos, luego explicaré porqué lo creo así, ahora vamos a centrarnos en el tema del artículo en cuestión: la relación que se establece entre el narrador y su público, aclarar antes que para escribir este artículo no me he documentado, solo me he parado a reflexionar sobre ello basándome en mi propia experiencia como observadora de oyentes de cuentos y beneficiadora, también, de los mismos.

Don Jozelito opt

Me anima mi amigo Diego a escribir unas líneas desde mi posición de músico escuchante de cuentos. Gracias a su invitación a asistir al festival de narración oral “La Sierra Encuentada” y al ciclo de narración oral “Un Andévalo de Cuentos” en los últimos años, he tenido la oportunidad de escuchar a una variada pléyade de cuentistas y se supone que puedo decir algo como público.

Considero a la narración oral como una prima cercana de la música; durante un tiempo fueron hermanas siamesas, como aquellos días en la antigua Grecia, cuando le dabas cobijo a un homero ambulante para amenizar las largas noches de invierno al ritmo de la lira y si se retrasaba la primavera, te enlazaba una Ilíada tras una Odisea encalomándose junto al fuego mientras, a pesar de su ceguera, intentaba cogerle el culo a las sirvientas.

Alejandro

Alejandro es de origen argentino y ascendencia española. Reside desde hace años en España y ha vivido el confinamiento en la soledad de una habitación de un centro de acogida. Desde entonces los cuentos los recibe por teléfono a través del proyecto “Cuentos para acompañarnos”. Él nos lo cuenta de esta forma:

Lo que me aporta el cuentacuentos es mucho. Un bálsamo en el trajín diario. Y no solo los contenidos que intentamos desmembrar, también el diálogo que nos lleva a conocernos más íntimamente. Y no queda ahí. Cuando cortamos la llamada ¡sigo conectado con todo lo que se habló!
Durante la semana espero ansioso cómo será la comunicación. A veces me pillas en una depresión profunda, como creo que sabes soy ex-politoxicómano, en marzo cumplo cinco años que no consumo. ¡Cada día es una batalla ganada! Siempre, cada cuento, tiene algo interesante que analizar o simplemente pasar un rato ameno y divertido. Me abstraigo y los conflictos y las depresiones mágicamente desaparecen. Felicito al que se le ocurrió esta forma de comunicarse, aprender y crecer como persona y ¡cultivarse!
Llevo tres cuentacuentos, Roberto Mezquita, Diego Magdaleno y ahora Alicia Mohíno. A quienes considero personas capacitadas, y no solo eso, nuevos amigos.

Muchas gracias por ayudarme a seguir por el buen camino. ¡Un camino florido y soleado!

Alejandro

Este texto forma parte del Boletín n.º 87 - El público

Michel

Soy Michel, madrileño de nacimiento, manchego todos los veranos de mi infancia, logroñés de corazón y con 52 años a las espaldas los únicos recuerdos de historias son las de la guerra civil que me contaba mi abuelo Vicente. La palabra escuchada llegó a mí como suelen llegar muchas cosas importantes: por casualidad.

A mitad de los años 90, con dos hijas, Silvia y Lorena, de uno y cinco añitos, ya teníamos en casa un buen número de libros de cuentos que les leíamos y que incluso les escenificábamos. El ambiente cultural con el que nosotros teníamos contacto lo marcaban las niñas. Cerca de casa existía una cafetería llamada El Globo. En este lugar se programaba música en directo, actuaciones de magia, teatro de pequeño formato... y todo ello sobre un escenario chiquito, en un ambiente muy acogedor.

María González

Me llamo María González aunque, por cosas del destino, mis amigos han acabado por conocerme como María Solomillo... aunque esa es otra historia...

Desde pequeñita siempre he tenido una relación muy intensa y estrecha con los libros: me gusta abrirlos, tocarlos, olerlos, poseerlos, leerlos y soñar con ellos desde que tengo uso de razón. Recuerdo por ejemplo cuando tenía 6 o 7 años e íbamos el sábado a comprar al supermercado en familia. Mientras mis padres llenaban el carro, yo me sentaba en el suelo en una esquina de la sección de libros a leer una historia tras otra.

Contar cuentos en la radio debe de ser casi tan viejo como el propio artilugio. Si el acto de narrar historias de viva voz es bien antiguo, es de suponer que una vez que apareciera la radio y esta se convirtiera en el lugar de encuentro que es entre los emisores y los receptores, los cuentos contados debieron estar presentes. En nuestro país las primeras grabaciones radifónicas de cuentos realizadas a conciencia parece que datarían de inicios de la década de 1960. “Los cuentos de la radio” fue una grabación de Radio Nacional de España, con su cuadro de actores, de cuentos de hadas. En los años 70, del pasado siglo, se volvieron a grabar más cuentos, también con el elenco de Radio Nacional, y seis de ellos vieron la luz en 2007 en un CD editado por la propia cadena bajo el título de Cuentos en la radio.

Desde entonces  y hasta ahora, y quizá especialmente a partir del nuevo siglo, las grabaciones y emisiones de cuentos en la radio se han multiplicado muy significativamente, no solo en la radio pública sino también en las cadenas privadas, y por supuesto en el fenómeno Podcast, del que también me gustaría hablaros. Y creo que buena parte de ello se debe al resurgir en nuestro país de la narración oral, o tal vez a la profesionalización del oficio y encontrar en este medio, no solo un lugar donde contar cuentos, sino también una forma de ingresos. Aunque a este respecto me gustaría matizar que de los cuentistas que realizan esta labor, son pocos los que realmente perciben un dinero por ello. En muchos casos, se trata de colaboraciones que repercuten en el narrador o la narradora de otra manera; bien sea a través de publicidad o con el aprendizaje que supone contar cuentos en la radio si se hace de manera profesional.

Cuentos para acompañarnos es una actividad de voluntariado en la que un grupo de narradoras y narradores orales voluntarios de toda España llamamos cada semana por teléfono a personas de colectivos vulnerables para contarles un cuento.

Surge en el mes de abril como una forma de acompañar durante el confinamiento a las personas más afectadas. Pasados los momentos duros nos pareció que las personas vulnerables lo seguían siendo, a pesar de la supuesta mejoría de la situación, y la hemos mantenido. Seis meses después  hemos participado cerca de 50 narradores llamando a unas 80 personas semanalmente y llevaremos más de un millar de llamadas.

 

¿Cómo nace? De Rodari a la Asociación de Narradores Orales de Madrid (Mano)

El 20 de marzo estábamos confinados y todas las actividades planeadas para celebrar y difundir el Día de la narración oral se anularon. En ese momento tan difícil, Estrella Escriña, propuso realizar cuentos por teléfono emulando a Gianni Rodari. Es cierto que en otras ocasiones se han compartido cuentos por esta vía, pero en ese momento la situación era muy especial.

Estrella propuso coordinar la actividad y a ella nos sumamos Aurora Maroto y yo junto con un amplio grupo de narradores de la asociación Mano para recibir durante todo el día llamadas de quien quisiera escuchar cuentos.  La acogida que tuvo  fue maravillosa, los teléfonos  no pararon de sonar, lo que más nos sorprendió fueron las reacciones de la gente, a veces no escuchabas nada mientras contabas y cuando terminabas te decían que habían estado todos con la boca abierta hasta el final, otras volvían a llamar los mismos después de colgar en busca de nuevos cuentos, otras te llamaba alguien que vivía solo para que le acompañaras un rato.

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