Había una vez una majada, un fuego, una vieja voz  llenando la estancia de historias venidas de lejos, de tiempo atrás, del relato de aquellos que desaparecieron para siempre, de quienes sólo se encontraron las alpargatas, engullidos por la noche más negra y las bestias que la habitan. Historias de cabritillas devoradas, de cuevas y embrujos, de colmillos afilados hincándose en carne tierna. Había un niño que escuchaba, y una niña que no volvía, un cencerro marcando minutos, un  ladrido… y el aullido atravesado que erizaba todas las pieles. Había, sobre todo, un miedo atroz a quien sustraía ovejas dejando a su paso un reguero de sangre, también un temor atávico a lo desconocido, y el deseo de aleccionar para hacer obedecer, el castigo a quien sale cuando no debe: el terror como estrategia para el adecuado seguimiento de las normas morales que prohíben abandonar el camino marcado. 

Había una vez, cuentan, un animal, amo y señor de montes y bosques, tan grande, tan grande que no se podía borrar; imbatible. Había una vez el lobo, el asesino, la encarnación del demonio, la criatura de mayor peso en la tradición oral de la Península Ibérica, el que resiste contra todos incluso allá donde hace siglos que desapareció. Tal es su fuerza, la de su potente presencia, su simbolismo aún. No hay animal capaz de arrebatarle sus tronos: ninguno tan odiado, ninguno tan perseguido, ninguno tan venerado. No hay animal capaz de jugar su papel, de estar sin estar, presente sin existir, tal y como lo hace el lobo. 

catalán

Hace unos días, charlaba con una amiga sobre la exigencia social que estamos viviendo en cuanto a mostrarnos emocionalmente positivos. Hay una cierta tendencia a sentir, mostrar y expresar únicamente las emociones que consideramos agradables, y  a transformar lo que consideramos negativo en algo más simpático. Solo hace falta leer los mensajes escritos en las tazas, en las camisetas o en las agendas de moda. Esta tendencia también ha llegado a la literatura infantil, y han proliferado los álbumes ilustrados que hablan sobre sentimientos e intentan ofrecer a los niños experiencias de aprendizaje emocional. 

Comparto la idea de que el aprendizaje emocional es necesario. Sin embargo, discrepo de esta tendencia literaria insistentemente educadora en tres aspectos que me parecen fundamentales:

El primero tiene que ver con el hecho de que estos aprendizajes estén siempre dirigidos a los niños. El principal objetivo de eso que se conoce como Educación Emocional deberíamos ser los mayores. Una persona educadora que se conozca y se respete, puede acompañar a los niños en el autoconocimiento y en el respeto. Si no se da una actitud personal comprometida con uno mismo, ningún cuento bonito va a generar un aprendizaje tan profundo como el que puede generar una relación sanada y consciente. Los niños tienen derecho y edad de ser inmaduros, y de vivir con libertad lo que les corresponda.

El segundo tiene que ver con entender la literatura como un material didáctico. La función del arte jamás debería ser la de enseñarnos algo, sino la de simbolizar partes de nuestra condición humana, compuesta de luces y de sombras, de aquello que aprendimos a mostrar y a expresar, y también de aquello que escondemos o reprimimos. Nos interpelan y nos emocionan las obras de arte que no han sido concebidas para enseñarnos nada, sino como pura expresión de un movimiento interno. Puede que los álbumes que han sido pensados para trabajar emociones gusten, por supuesto; pero emociona e impacta mucho más la belleza de una historia concebida desde un lugar más profundo.

El lobo es una de las figuras más recurrentes de la literatura infantil. Y aunque la población real de lobos haya ido disminuyendo a lo largo de los últimos siglos y aunque su condición de animal salvaje diste mucho de la construcción simbólica que tenemos de él, el personaje sigue participando de forma activa de nuestro imaginario y forma parte de nuestra educación sentimental desde bien pequeños. 

Sus andanzas como personaje se remontan a mitos, leyendas, cuentos y fábulas que forjaron parte del estereotipo que todavía hoy sigue presente en los relatos, aunque, como veremos, éste haya sido reinterpretado “a lo largo de la historia de la literatura infantil según las preocupaciones sociales y literarias de cada momento”, como diría Teresa Colomer (1996). Representaciones diversas que nos llevan desde la archiconocida figura del malvado lobo feroz, hasta las versiones más actuales, que se divierten subvirtiendo su condición, convirtiéndolo en muchos casos en seres ridículos, contradictorios, honestos, sentimentales e incluso reflexivos. 

Al lobo lo conocemos, casi siempre, de la mano de algunos de los cuentos populares más famosos, aquellos que nos cuentan en la primera infancia una y otra vez: "Los tres cerditos", "El lobo y los siete cabritos" o "Caperucita Roja", donde el animal aparece como antagonista e infunde miedo por convertirse en el elemento que introduce el peligro a través de posibilidad de la devoración. Un papel que bebe, en parte, de los cuentos y leyendas campesinas de los siglos XVII y XVIII.

En noviembre del 2000, durante una salida al campo organizada por el grupo ecologista Ciconia, vi, junto a otras ocho personas, una pareja de lobos en la Sierra de la Culebra (Zamora).

Desde esta organización centrada en la defensa lobo, habíamos llevado a cabo acciones, algunas comprometidas, contra Administración y cazadores, que se negaban a considerar la especie como protegida y continuaban haciendo subastas para la caza de lobo.

Hicimos movimientos arriesgados para llamar la atención, hablamos mucho del tema, nos reunimos para debatir, convocamos jornadas en la zona para saber, para informar, para despertar…, pero, aun así, para mí el lobo seguía siendo “un animal de libro” al que nunca había visto.

También tuve el privilegio de escuchar a Manolín, que fue guardia forestal de la Sierra de la Culebra y una de las personas más sabias y conocedoras de la naturaleza y del lobo que me he encontrado.

“No se mueve un lobo en la sierra, sin que Manolín se entere”, solían decir quienes lo trataban. Cuando yo lo conocí ya era mayor y andaba con dificultad, pero su buen humor, su conocimiento y su amor por el lobo eran tan grandes que lo volvían joven: sus palabras sorprendían y conquistaban.

Él me hizo soñar con este animal, inventármelo, sacarlo del papel y meterlo en el corazón. Después, además, tuve la gran suerte de verlo, y fue entonces cuando le hice una madriguera aquí dentro y se quedó.

"La loba, la vieja, la Que Sabe, está dentro de nosotras. Florece en la más profunda psique del alma de las mujeres, la antigua y vital Mujer Salvaje. Ella describe su hogar como ese lugar en el tiempo donde el espíritu de las mujeres y el espíritu de los lobos hacen contacto -el lugar donde su mente y sus instintos se mezclan, donde la vida profunda de una mujer consolida su vida mundana. Es el punto donde el Yo y el Tú se besan, el lugar donde las mujeres corren con los lobos.”

Estas palabras pertenecen al libro Mujeres que corren con los lobos de la autora Clarissa Pínkola Estés, una obra de referencia a la que regreso periódicamente y en la que siempre encuentro inspiración.

Psicoanalista junguiana, poeta y cantadora, la autora nos invita con esta lectura a realizar un viaje apasionante por todas las estancias del alma femenina, a través de diversos cuentos tradicionales, algunos muy conocidos como “Barba Azul” o “Las zapatillas rojas”.

Según explica Clarisa Pínkola Estés, los cuentos le ayudan a explicar la naturaleza instintiva de las mujeres, engendran emociones, preguntas, contienen instrucciones preciosas y precisas para la vida. Las historias son medicina. Tienen ese poder. No requieren que hagamos, seamos o actuemos nada —sólo necesitamos escuchar. Los remedios para reparar o reclamar cualquier impulso psíquico están contenidos en las historias. Generan comprensiones más allá de lo evidente.

Víctor Casas, autor del documental "Que la noche es mía, la figura del lobo en la tradición oral del noroeste de la península Ibérica", comparte una historia para explicar el papel de esta especie como símbolo poderoso de lo extraño, nocturno y salvaje; unido a lo sobrenatural, protagonista de recuerdos e historias a través de muchas generaciones de humanos cobijados junto al fuego. 

 

Esta historia sucede en un tiempo de palabras sin electricidad y comienza cuando se enciende la lumbre en una vieja cocina, haciendo sentir a salvo de la oscuridad y de sus peligros, y del frío sufrido con poca ropa de abrigo. 

Hay un grupo de personas a su alrededor que no están siempre juntas, pongamos que viajeros cansados o familiares reunidos por una matanza o por la boda de una chica del pueblo. Están sentados en bancos de madera y en sillas humildes de enea. Ellas siempre haciendo algo con las manos; algunos hombres también, mientras otros fuman con la mirada perdida. Con la misma alegría o seriedad que tenemos ahora, cuando nos juntamos alrededor de las pantallas, grandes o pequeñas.

Esa noche el azar ha unido a un grupo de habladores, con buena memoria y ganas de contar. Una de las protagonistas tiene una novedad, en un mundo donde hay pocas al cabo del día, y está deseando contarla: ha visto al lobo esta tarde (al lobo, no a un lobo) cuando volvía por el camino del monte; como de aquí allí, y se quedó mirando, y era como un burro de grande. Un encuentro de dos caminos paralelos que casi nunca se cruzan, habitantes de mundos diferentes que se asustan mutuamente: doméstico y diurno frente a salvaje y nocturno.

Una de las denominaciones más extendidas de nuestro oficio es la de “narración oral escénica”, lo que presupone un “escenario”. Y si bien para los narradores suele ser un concepto amplio (un aula, la sala de una biblioteca, un rincón en el parque…), el lugar de la escena, por antonomasia, es el teatro. Por suerte ya existen algunos cuenteros y cuenteras en nuestro país que se mueven como pez en el agua en espacios teatrales pero, sin duda, el margen de conquista es amplio. Por eso y por el interés mostrado por varios colegas de profesión, quería relatar mi, hasta el momento, corta experiencia en un circuito teatral: la Red de Teatros de la Comunidad de Madrid (en adelante, CAM).

Tal vez sirva de acicate para quienes desconocen o ni siquiera se han planteado abrir caminos en este ámbito en el que narradores y narradoras convivimos con las demás artes escénicas: teatro, música, danza, títeres, circo…

Aclaro antes de empezar que en este artículo me limito a exponer una experiencia concreta y que desconozco si es extrapolable a otros circuitos u otras comunidades autónomas.

Para quienes estén menos familiarizados con este mundillo, explico brevemente qué es la Red de Teatros de la CAM: una manera de garantizar una programación de artes escénicas y música en los 64 municipios de la Comunidad de Madrid integrados en este programa que se puso en marcha hace tres décadas. Para ello, el organismo autónomo financia una parte del caché de las compañías y el ayuntamiento beneficiario en cuestión, otra parte. Para compañías afincadas en Madrid, la CAM (a través de la Consejería de Cultura, Turismo y Deportes) aporta el 60% del caché y el 40% para las procedentes de otras Comunidades. El resto, hasta completar el importe, el municipio en cuestión.

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