Fundamentos éticos de la oralidad
Imaginemos una escena anterior a la escritura, incluso anterior a la primera escuela. Una mujer descubre en la fragilidad de su hijo la evidencia de un destino común: no podrá estar siempre junto a él. De esa conciencia de finitud nace un gesto que funda no solo la educación, sino la ética de la oralidad. Por eso comienza a contar: para que la muerte no interrumpa la transmisión de aquello que hace posible vivir y convivir. Antes del grafo y de la piedra, la palabra dicha fue cuidado, amparo y hospitalidad; una forma de acoger la otredad en su fragilidad y de legarle el mundo antes de desaparecer. La oralidad comparece como responsabilidad, vínculo y salvaguarda de lo común.
La UNESCO ha capitulado reconociendo lo que cualquier abuela supo: que las tradiciones orales son la alfombra voladora del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, el espacio donde una comunidad transmite sus valores, su memoria y su saber del mundo de generación en generación. Es la forma universal, democrática y tenue de preservar lo que una cultura considera digno de ser recordado; tenue porque depende, siempre, de que alguien decida seguir diciéndolo en voz alta.
El ser humano es un homo narrans; narrar convierte la experiencia en memoria, sentido y relato, y rescata al tiempo de su propia oscuridad. La oralidad es la forma originaria en que los seres humanos se han dado un mundo en el que vivir juntos; leer forma la interioridad, contar inventa el arte de convivir en paz. Homero fue voz antes de ser texto; los rapsodas lo portaban en la memoria y lo reconstruían ante audiencias distintas, añadiendo, ajustando, respondiendo a lo que el auditorio ansiaba escuchar. La escritura llegó después para fijarlo, y en esa fijación ganamos la permanencia y perdimos la presencia. Una historia no existe del todo hasta que alguien la dice ante quien la escucha.
Odiseo tarda diez años en llegar a casa, no porque el mar sea ancho de espaldas, sino porque no sabe todavía cómo narrar lo que le ha pasado. El Cíclope no tiene munus, ninguna obligación de dar ni de recibir, y por eso devora a sus huéspedes. Solo en la corte de los feacios, sentado, con vino, ante un auditorio que lo acoge, la experiencia se vuelve transmisible y el viaje puede concluir. Cuando esa transmisión se interrumpe, la experiencia se enquista, se pudre, se convierte en trauma o en ruido. La narración oral reabre esa clausura como umbral de interpretación y devuelve a la existencia su condición de mundo compartido. No como terapia; como acto de ilesa humanidad.
Esa restitución porta una condición previa que ninguna tecnología puede sustituir, la presencia de los cuerpos. Los cuentos son historias del cuerpo; nacieron para ser contados en voz alta, en la oscuridad, con la entonación que hace del miedo placer y del peligro conocimiento. La palabra oral existe solo en el momento de su emisión; es un acto efímero y palpitante. Cuando los actores griegos declamaban a Homero en los teatros no estaban representando literatura; estaban devolviendo a los cuerpos reunidos algo que les pertenecía. La presencia crea una responsabilidad que la distancia tecnológica no permite; narrar exige estar, exponerse, dejarse afectar; exige corporeidad, una voz, un rostro y unas manos que respondan por lo que dicen.
La oralidad no puede restituir la comunicabilidad de la experiencia si no hay quien la reciba. Momo, la niña que vive entre las ruinas del anfiteatro en la novela de Michael Ende, es ante todo una oyente. Su ética reside en escuchar de tal manera que quien habla ante ella encuentra, en el espejo de esa escucha, lo que ignoraba que debía decir. Los vecinos acuden con silencios acumulados, vidas a medio vivir, y se van con respuestas que ella no les brinda; se las han regalado a sí mismos porque alguien los escuchó. Momo no solo cuenta, invita a contar. Y lo que amenaza su mundo, los Hombres Grises ladrones del tiempo, representa la sustitución de la presencia por la eficiencia, del encuentro por el trámite, de la oralidad por el entretenimiento. La ética de la oralidad descansa en quien escucha; una escucha hostil destruye el relato antes de que termine, una escucha hospitalaria lo hace posible antes de que empiece. Narrar no es una oferta que el oyente puede aceptar o rechazar; es una interpelación que lo convierte en testigo, y ser testigo es ya una forma de responsabilidad moral. Sin esa hospitalidad no hay narración; hay tutela de palabras.
Florencia, 1348. La peste. Diez jóvenes abandonan la ciudad enferma y se retiran a una villa en las colinas. Durante diez días cuentan historias; es la manera en que reconstruyen su identidad ante el caos, reelaboran la muerte a su derredor sin dejarse devorar por ella. Narrar no es evadir; es tejer palabras juntos. La identidad narrativa permite reinscribir el pasado en una trama abierta en la que cada subjetividad reconoce lo vivido sin quedar reducida a ello; la posibilidad de contarse de otra manera, no para engañarse; para no quedar dicho por la institución que lo clasifica, el expediente que lo resume o el estigma que lo precede. Y ese relato reconfigurado requiere una memoria donde anclarse. Nel mezzo del cammin di nostra vita / mi ritrovai per una selva oscura, / ché la diritta via era smarrita. Lo que salva a Dante no es la fuerza ni la inteligencia; es la memoria de Virgilio, de Beatriz, de todos los que ha amado y perdido. La memoria narrada no niega la fractura; la reinscribe en una secuencia donde aún caben la interpretación y el comienzo.
Esa memoria recuperada exige sacar a la luz lo que el orden social preferiría silenciar. Hay una manera de hacerlo que parece un juego y resulta una celada: poner dos palabras juntas que no tienen nada que ver y esperar a que entre ellas germine lo que ninguna contenía por separado. El maestro no crea la historia; tiende la trampa para que emerja la que el narrador no sabía que hospedaba. Quien se atreve a contar lo que el orden preferiría silenciar protagoniza un acto ético; habla con verdad, con riesgo y con responsabilidad sobre lo que expresa; es lo que los griegos llamaban parrhesía. Las tradiciones orales han sido vehículo de memorias subalternas, de versiones de la historia que no llegaron a los libros; en ese sentido la oralidad es la mayéutica de la otra historia. Pero ese mismo arte puede extraer lo que sería mejor no decir, o decirlo de tal manera que clausure en lugar de abrir. La diferencia entre una narración éticamente abierta y una clausurante no está en el contenido; está en lo que le ocurre a quien escucha: si sale del relato con más posibilidades interpretativas de las que tenía, la narración ha sido ética; si sale con menos, ha sido violencia simbólica disfrazada. Los fundamentos éticos de la oralidad no son propiedades naturales; son exigencias que hay que mantener contra la tendencia de todo relato a volverse dogma, de toda comunidad narrativa a volverse tribu. Narrar no es fácil. Es, quizás, la tarea ética más elevada.
La oralidad contiene además una dimensión igualadora que ninguna otra forma de comunicación ha podido replicar. En los Cuentos de Canterbury quien mejor narra no es el más noble, es el más humano. La palabra oral instaura una república de la escucha: cualquiera puede escuchar y narrar solo por estar viva y tener memoria. La communitas es lo que siente la rama cuando pierde una hoja. Un etnólogo observó cómo la historia de una anciana que narraba su propio duelo en tercera persona —como si fuera ya una historia ajena— se había convertido, a su vuelta, en una fábula que los niños de la tribu representaban con gestos y juegos de voz. Lo común no se elige, se hereda, y solo la narración puede transmitir ese testamento sin traicionarlo. Los cuentos de tradición oral sobrevivieron durante siglos no en los libros sino en las bocas de las mujeres: las madres, las abuelas, las que tejían y contaban al mismo tiempo. El narrador oral no es un autor en el sentido moderno; es un eslabón. Tiene una deuda con quienes le contaron y una responsabilidad con quienes aún no han podido escuchar: quien cuenta contrae una deuda con quienes le contaron, quien escucha contrae una deuda con el narrador, y ambos contraen una deuda con quienes vendrán después y necesitarán que esa cadena no se haya roto. Por eso la muerte de un anciano es una catástrofe epistémica: no solo se pierde una vida, se interrumpe un cordón de cuentos. Lo que la hypomnesis digital puede archivar son datos; lo que muere con el anciano es la experiencia encarnada de haber vivido entre esos datos y haber aprendido a narrarlos. Esa pérdida no tiene copia de seguridad.
Los diez fundamentos éticos de la oralidad que este recorrido ha esbozado a vuela pluma, la comunicabilidad de la experiencia, la corporeidad de la presencia, la hospitalidad de la escucha, el reconocimiento mutuo, el cuidado de sí, la memoria posibilitadora, la mayéutica de la otra historia, la democratización de la palabra, la transmisión intergeneracional como responsabilidad ética y la pedagogía crítica y artística, no son una entelequia. Son prácticas que la humanidad ha protagonizado durante milenios: Odiseo cuando aprende a narrar su naufragio; Sherezade tornando una noche en mil; los jóvenes florentinos contando para alejar la peste; Dante cuando convierte el infierno en escuela; la anciana BenaLulua transformando su duelo en fábula para las infancias de la tribu. La escena del cuento es una de las pocas que subsisten como espacio de comunidad no mediada; sin pantallas, sin algoritmos, sin intermediario entre la voz y el oído. Narrar es un acto ético. No porque lo digamos nosotros. Porque así lo han demostrado, noche tras noche, al calor de una lumbre.
Todo lo anterior podría resumirse en una frase que llevo años intentando mostrar más que enunciar: contar para convivir es el fundamento de la oralidad. No contar para enseñar, ni para corregir, ni para salvar. El Ulises de la Odisea viaja para alimentar su vanidad; el Ulises de Joyce lo hace para dignificar a su mujer, a Molly, y su amor la dignifica dignificándose a la par. Lo que distingue un modelo del otro no es la técnica; es la voluntad de escuchar. Cuando una biblioteca arde, lo que se pierde no es solo el pasado; se pierde la posibilidad del futuro que ese pasado hospedaba. Cada vez que alguien relata lo que el poder preferiría que se olvidara está transformando ausencias en presencias; a eso la llamamos epistemología de la resistencia. Tiempo y educación, declama la tradición oral subsahariana, derrotan al monstruo y restablecen la comunidad. No hay atajos ni algoritmos.
Y si todo esto es cierto, y creo que lo es, no porque lo haya teorizado sino porque lo he escuchado, entonces la pregunta que flota en el aire es filosófica: si somos tan inmensamente listos, ¿por qué no podemos hacernos felices? Por primera vez en la historia, la supremacía narrativa del ser humano está siendo desafiada; la inteligencia artificial ya comienza a contar historias persuasivas y adictivas. Lo que la IA produce es hypomnesis, retención, acopio, cálculo de probabilidades; lo que no puede producir es anamnesis, memoria viva que brota de la experiencia liminar de la finitud. El peligro no es solo tecnológico; es ontológico. Los relatos que nacen del temblor de la piel y de la conciencia de la muerte no pueden ser reemplazados por un servidor digital que opera sin haber sentido miedo, sin haber perdido a nadie, sin haber necesitado que alguien lo escuchara. La narración que irrumpe e interrumpe es, todavía, el único lugar donde esa segunda manera de habitar el mundo, como huéspedes, puede darse. Pero la hace posible, que es lo que debe hacer un buen cuento. Lo demás, los métodos, los marcos teóricos, los decálogos, vienen después, y vienen bien. Pero después del colorín colorado.
Andrés González Novoa - Doctor en Educación, profesor permanente laboral de la Universidad de la Laguna, coordinador del programa de narrativa Palabras Prisioneras del Centro Penitenciario de Tenerife, director del Aula Cultural de Narración Oral de la ULL, miembro del equipo organizador del Festival Internacional del Cuento de Los Silos, de la Fiesta de la Palabra de Garafía y del Puerto de las Letras de Playa de Santiago, escritor de literatura infantil con una quincena de obras publicadas y narrador con más de treinta años de trayectoria profesional sobre las tablas.
Este artículo forma parte del Boletín 107 - ¿Qué responsabilidad tiene quien narra una historia?







