Fundamentos éticos de la oralidad
Imaginemos una escena anterior a la escritura, incluso anterior a la primera escuela. Una mujer descubre en la fragilidad de su hijo la evidencia de un destino común: no podrá estar siempre junto a él. De esa conciencia de finitud nace un gesto que funda no solo la educación, sino la ética de la oralidad. Por eso comienza a contar: para que la muerte no interrumpa la transmisión de aquello que hace posible vivir y convivir. Antes del grafo y de la piedra, la palabra dicha fue cuidado, amparo y hospitalidad; una forma de acoger la otredad en su fragilidad y de legarle el mundo antes de desaparecer. La oralidad comparece como responsabilidad, vínculo y salvaguarda de lo común.
La UNESCO ha capitulado reconociendo lo que cualquier abuela supo: que las tradiciones orales son la alfombra voladora del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, el espacio donde una comunidad transmite sus valores, su memoria y su saber del mundo de generación en generación. Es la forma universal, democrática y tenue de preservar lo que una cultura considera digno de ser recordado; tenue porque depende, siempre, de que alguien decida seguir diciéndolo en voz alta.
El ser humano es un homo narrans; narrar convierte la experiencia en memoria, sentido y relato, y rescata al tiempo de su propia oscuridad. La oralidad es la forma originaria en que los seres humanos se han dado un mundo en el que vivir juntos; leer forma la interioridad, contar inventa el arte de convivir en paz. Homero fue voz antes de ser texto; los rapsodas lo portaban en la memoria y lo reconstruían ante audiencias distintas, añadiendo, ajustando, respondiendo a lo que el auditorio ansiaba escuchar. La escritura llegó después para fijarlo, y en esa fijación ganamos la permanencia y perdimos la presencia. Una historia no existe del todo hasta que alguien la dice ante quien la escucha.






