Cae la noche en la selva ecuatorial de Camerún. Se encienden las estrellas, miles de luciérnagas y los fuegos de los pigmeos baka. Ascuas encendidas avanzan en el negro horizonte hasta el lugar donde un techo de palma anuncia que es el lugar que da cobijo a los que se reúnen. Es la plaza del pueblo en la selva africana. Hacia allí se dirigen las ascuas. Vienen de los fuegos familiares a ser parte del fuego comunal. Se juntan las ascuas y se enciende la hoguera. Todos acuden en la oscuridad enmarañada y se sientan alrededor del fuego. Comienza el ritual que da paso a los licanó, los cuentos o consejos –pues eso significa licanó– que se cuentan en la noche ecuatorial. Alguien entona la primera canción, que dice: “En la selva todos somos importantes, aquí no sobra nadie”. Después el jefe del pueblo pide permiso a las mujeres para contar los licanó: ellas son las dueñas de la palabra, de la memoria, ellas construyen los mongulus –esos iglús de hojas que cobijan los sueños y el fuego de la población baka– tejiendo lianas y hojas, y también tejen los relatos que construyen la identidad de los baka. Y cuando las mujeres asienten, comienzan los licanó: “Sa sa é”, dice el narrador. “Sa” contestan todos. Y el narrador comienza a contar y pronto repite un estribillo, y en seguida comienza a repetir la comunidad allí congregada, primero los hombres y las mujeres, luego las niñas y los niños. El coro de voces de toda la comunidad se alza por encima de las llamas. El narrador se pone en pie y comienza a bailar con paso oscilante: el mono ha aparecido, se ha hecho presente en la voz de la comunidad y en el cuerpo del narrador.

El origen de mi vida de narradora está vinculado a la tradición oral. Comencé a escuchar cuentos antes que a contarlos. A través de la investigación, o más bien de la recopilación, empecé en este mundo. Los cuentos que oía se contaban en comedores, en cocinas de pequeños pueblos, con una mesa de por medio, una taza de café, un bizcocho o unas galletas y la mirada directa de los ojos del informante a los míos. Y el primer paso fue escuchar un cuento, devolverle otro, en su mismo tono, sin nada en medio. 

Es un tipo de narración muy próxima, tan cercana que te llegan los suspiros a la piel. Por eso creo que mi trabajo ha quedado tan influenciado por esta forma de contar. Sin artificios, sin decorados, sin disfraces, sin escenografía. Solo la palabra dicha, solo la emoción directa. 

De las cocinas y comedores pasé a las sesiones en las que había muchos más oyentes pero intentando reproducir esa misma sensación, ese mismo ambiente. 

En mi trabajo no suelo utilizar megafonía, digamos que es lo que se sale de lo normal en mi día a día. Y si la utilizo es porque son sesiones muy grandes o espacios abiertos, pero es en muy contadas ocasiones al cabo del año. Por norma general intento que no haya un micro entre el público y mis palabras. 

Hace unos años, dos intrépidos narradores decidimos diseñar una actividad para grupos y que se desarrollara en la calle. Comenzamos entonces el proceso de diseño de una ruta literaria. Iniciado un proceso de gestación, incubación o germinación (elíjase el símil que más guste al lector), gracias a la idea de una tercera persona muy cercana al dúo de narradores, concretamos que la actividad sería sobre leyendas de la ciudad de Sevilla. Pero una ruta de leyendas por Sevilla se antojaba demasiado extenso en el espacio y en el tiempo dada las dimensiones de la ciudad y la cantidad de leyendas de las que disponíamos según la bibliografía facilitada por esta tercera persona y la que comenzamos a consultar.

Para contar en la calle, se nos ponía por delante el reto de acotar la actividad en el espacio para que entrase dentro de una franja temporal de aproximadamente una hora. De esta manera, el grupo al que atendiésemos, podría contemplarla dentro de una jornada agradable y complementaria a otras posibles actividades en la ciudad de Sevilla, a la par de hacerla sostenible económicamente, pagando por ella un precio asequible para las personas asistentes y rentable para nosotros.

Respecto a este reto, tomamos la decisión de que el espacio fuera la antigua judería de Sevilla, desde el paseo de Catalina de Rivera, hasta la Plaza del Triunfo, junto a la Mezquita-Catedral. Este itinerario cumplía además de la duración estimada y unos espacios-rincones con cierto “encanto” y adecuados para parar durante unos minutos con un grupo de hasta 55-60 personas, un requisito importante: la logística para el grupo asistente o lo que es lo mismo, un lugar donde el autobús que lo transportase pudiera parar cómodamente para la subida y bajada. 

La narración oral en eventos en los que se reproduce la vida medieval, renacentista o barroca, sean recreaciones más o menos fidedignas, sean mercados con fines turísticos, puede realizarse de dos maneras:

  1. Como una sesión que comienza a una hora determinada en un lugar definido, con uso o no de voz amplificada.
  2. Como animación, en la que el narrador, moviéndose libremente por el territorio del evento y sin uso de voz amplificada, realiza pequeños pases cuando considera que hay público y ambiente adecuados. 

En el primer caso nos encontramos con una sesión semejante a la realizada en cualquier otro evento o festival relacionado con el género: hay un espacio dispuesto para el acto de narrar, un horario, hay público informado y hay expectativa.

En segundo caso, el acto de narrar en mercados medievales nos pone ante la consideración de la narración oral como juglaría. Además, en este caso no suele haber expectativa en el público, el espacio para narrar no está decidido de antemano y la duración es indefinida.  El público fluctúa, de manera que el repertorio tiene que adaptarse a la situación, sobre todo si hay niños y niñas.

Cantabria es una comunidad pequeña. Las distancias no son muchas. Las relaciones, los contactos, las sinergias... son más fáciles que en otras más extensas. Hace seis años, las personas que de una manera u otra,  nos dedicamos aquí a esto de contar cuentos, pensamos que una buena manera de celebrar nuestro día, el 20 de marzo, era hacerlo con las encargadas de los lugares donde hacemos nuestro trabajo para todo el mundo; las bibliotecarias.

Cartel 20M cantabria  

Mujeres que cuentan es un texto escrito por Marina Sanfilippo como prólogo para el libro Mujeres de palabra: género y narración oral en voz femenina, publicado por UNED en 2017 y que recoge diferentes aportaciones acerca de la literatura oral y sus narradoras bajo una perspectiva de género. Este libro fue coordinado por Marina Sanfilippo, Helena Guzmán y Ana Isabel Zamorano Rueda a partir de las ponencias e intervenciones que tuvieron lugar en las I Jornadas Internacionales: “Tomo la palabra: Mujeres, voz y narración oral”, en 2014. La importancia de estas jornadas radicó en la visibilización de un tema relativamente desconocido o poco tratado en el ámbito de la narración oral y en las múltiples perspectivas que se aportaron desde diversas disciplinas.

Agradecemos a Marina su labor en este ámbito y celebramos sus palabras. Esperamos que disfrutéis de la lectura de un fragmento de este prólogo con motivo del día 8 de marzo y que os animéis a leer otros textos del libro o a visionar las ponencias de las Jornadas.

 

MUJERES QUE CUENTAN

 

Es verdad que el derecho a tomar públicamente la palabra es históricamente un privilegio masculino, pero a primera vista el hecho de contar de viva voz parece un territorio en el que las mujeres juegan un papel protagonista, es más, quizá porque la narración oral es un arte o un tipo de comunicación efímeros y carentes de legitimación cultural, las mujeres pueden llegar a ser sus auténticas depositarias.

La narración oral y la narración audiovisual son dos formas muy diferentes de contar historias y hay una película que lo explica maravillosamente: Big Fish, una de las obras maestras de Tim Burton, uno de mis directores favoritos y un icono del cine contemporáneo.

No es necesario decir que el cine es una de las artes que mejor puede contar historias, pero la narración oral también, las transmite de una manera más íntima y más directa. Y no puedo omitir, siendo actor, claro, al teatro, como el otro arte más adecuado para contar historias que consigan un cambio en las personas que las escuchan y las disfrutan.

Cuando terminé de ver Big Fish, supe que era la película que más claro me había dejado cuáles son los objetivos, las razones y las consecuencias de contar historias.

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