"Más de tres motivos para no contar con libro álbum. Una reflexión sobre la relación entre libro álbum y narración oral" fue el título de la conferencia impartida por Nono Granero en el cierre de la IV Jornada sobre narración oral y lectura que celebramos en Graus el 25 de julio de 2018. Este es el texto de la conferencia.

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INTRODUCCIÓN

Que en los últimos tiempos se ha establecido una relación cada día más estrecha entre Narración Oral y Álbum Ilustrado es algo que puede comprobarse fácilmente acercándose a cualquier sesión de cuentos en una biblioteca o incluso en algún festival de narración(1). Y puede parecer muy lógica esa relación, ya que ambas disciplinas tienen muchos puntos en común.  

Nuestra compañera Elia Tralará conversa con Martha Escudero, narradora y programadora de “Contes i Cuentos” en el Harlem Jazz Club (Barcelona).

 

“Haber programado cada sábado cuentos para adultos durante 21 años y que todas las semanas hubiese público, es la bomba”

El próximo sábado 26 de mayo Martha Escudero, con “Los retablos de Román Calvo”, pondrá punto –no sabemos si seguido o final– al ciclo “Contes i Cuentos”, 21 años de narración oral para adultos en el ya legendario Harlem Jazz Club de Barcelona. Ella, que ha sido la principal artífice de este excepcional hito, será también la última en abandonar el barco, como buena capitana, después de más de 714 sesiones atracando en buen puerto. Dos décadas de programación semanal de cuentos para adultos, pagando cachés más que aceptables a los narradores, haciéndolo sostenible también para el local y con público asegurado (en unas épocas más y en otras menos).

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En 1997 nació “Contes i Cuentos” en el Harlem Jazz Club, un local de conciertos en el Barrio de Gracia de Barcelona, con una barra a la entrada y una salita al fondo para los espectáculos, sin cortinas ni separación física entre ambos espacios, con seis mesitas y sus correspondientes sillas y unos cuantos asientos más para poder albergar público suficiente, muy al estilo jazz club neoyorkino. El acuerdo consistió en que toda la recaudación por el público de “Contes i Cuentos” fuese para el narrador o narradora que actuase y el mantenimiento del ciclo. A cambio, había que hacer un intermedio para en la sesión para que el público consumiese, pero durante su desarrollo, la barra no serviría bebidas. De este modo, se estableció un caché fijo mínimo para el narrador/a de 110 euros hasta 30 entradas vendidas. A partir de la 31, esta cantidad iba subiendo hasta un máximo de 220 euros por 60 entradas. Si la venta era superior a esta cifra, el excedente se guardaba para sesiones más “flojas”. 

Marta Sitja

Me pedís que escriba sobre cómo percibo y cuento el mundo siendo mujer, y reduciéndolo en una frase diría que lo percibo con mucha injusticia y lo cuento para que haya más justicia.

Como ya sabe todo el mundo, vivimos en una sociedad desigual. Las personas no tenemos los mismos derechos, ya sea por el lugar donde te ha tocado nacer, por el color de la piel, por el cuerpo que tengas, por la edad... y también por el SEXO.

Las mujeres tenemos menos derechos que los hombres, que por el simple hecho de haber nacido hombres tienen privilegios. En la escena y en los escenarios se ve claramente. Primero porque no hay (ni por casualidad) el mismo número de hombres que de mujeres y segundo porque nosotras mismas nos excluimos por nuestra inseguridad y parece que siempre tengamos que pedir permiso.

magda labarga

Siempre me gustaron las historias de aventuras. Cuando tenía alrededor de doce años leí algunas que transcurrían en la Edad Media. Ivanhoe y La flecha negra son las que más recuerdo. En ellas, las protagonistas femeninas viven en castillos, son jóvenes damas que tienen problemas con el matrimonio. Me gustaba imaginarme como una de ellas, sobre todo me imaginaba siendo Joanna, la protagonista de La flecha negra que para huir de un matrimonio concertado se disfraza de chico y vive aventuras que le están vedadas a las mujeres de esa época, fueran de la clase que fueran. (Al menos, así me lo contaron. Luego una se entera de Juana de Arco y de arquitectas de catedrales y de viajeras y abadesas y se pregunta si la oscuridad de la Edad Media fue tan oscura). El caso es que, un día, perdida en una de mis ensoñaciones, no sé por qué se me ocurrió pensar en qué hubiera pasado si yo hubiera nacido en la Edad Media. Una cosa llevó a otra y traté de imaginarme en varias vidas, ¿qué hubiera pasado si hubiera sido una campesina de la Edad Media? ¿Y si hubiera sido pobre ahora mismo? ¿Seguiría siendo quien soy? ¿Cómo vería el mundo? ¿Cómo sería mi vida?

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Llegué a los libros atraída por los cuentos orales. Mi primer amor fueron las aladas palabras, como las llama Homero: sonidos, soplos, aire modelado. Fue mi madre quien desplegó ante mí el universo de las historias susurradas. Y no por casualidad. A lo largo de los tiempos, han sido sobre todo las mujeres las encargadas de conservar la memoria de los cuentos. Las tejedoras de relatos y telas. Durante siglos han devanado historias al mismo tiempo que hacían girar la rueca o manejaban la lanzadera del telar. Ellas fueron las primeras en plasmar el universo como malla y como redes. Desarrollaban su peculiar inventiva. Anudaban sus alegrías, ilusiones, angustias, terrores y creencias más íntimas. Teñían de colores la monotonía. Entrelazaban verbos, lana, adjetivos y seda. Por eso, textos y tejidos comparten tantas palabras: la trama del relato, el nudo del argumento, el hilo de la historia, el desenlace de la narración. Devanarse los sesos, bordar un discurso, hilar fino. Por eso, los viejos mitos nos hablan de la tela de Penélope, de las túnicas de Nausicaa, de los bordados de Aracne, del hilo de Ariadna, de la hebra de la vida que hilaban las Moiras, del lienzo de los destinos que cosían las Nortas, del tapiz mágico de Sherezade.

Guadi Galego

Mi nombre es Guadi Galego, me llamo así desde que tengo 12 años, cuando sin saber el por qué este nombre me vino dado.
Guadi era como mis hermanas y hermanos habían querido renombrame y Galego el apellido de mi madre, sin más, por arte de magia llegó a mis manos, a mis letras, a mis músicas.
Desde pequeña mi éxito reside en la emoción, no soy una gran escritora de letras, más bien, yo diría que soy mala, jejeje, pero son las mías, las que yo vivo desde un universo que pulula entre la diversidad, el feminismo, la justicia y la idiosincrasia, la de una mujer que nace en un país llamado Galiza.

Nieves Borrón foto

Me piden mis compañeras que diga ¿Cómo se percibe y se cuenta el mundo siendo mujer?
Pues como se puede, todos vamos aprendiendo como podemos, con más o menos tesón, con más o menos intenciones, con más o menos dolor, con más o menos satisfacciones y según vamos conociendo o aprendiendo vamos dirigiendo, vamos siendo más dueñas de nuestras vidas.

Me crié y crecí rodeada de mujeres, en el seno de una familia numerosa con siete hermanas, mi madre, la tía abuela, la abuela, mi padre y un hermano. Durante mi infancia tuve pocas pistas sobre lo que significaba socialmente ser mujer, a mi alrededor lo femenino era protagonista, estábamos familiarizados, por ejemplo, incluidos mi padre y mi hermano, con el mundo regla y con todo lo que conlleva. Los roles también estaban repartidos (o así lo veía yo) pues mi madre era la practicante, modista y peluquera de toda la familia y esas tres funciones me parecían de suma importancia. Todos éramos personas y eso era lo importante. Pero esta percepción del mundo, duró poco. Fui dándome cuenta de que el ser persona no incluye tanto como creía el ser mujer, por lo que cada vez me sentía, y me siento, más mujer, que sí incluye el ser persona.

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