
«Los peces muertos del mercado siempre parecen sorprendidos. ¿Sorprendidos de estar muertos? ¿Sorprendidos de ser capturados?». Perdón, no era así como quería empezar, pero estaba leyendo «The house at the edge of magic», de Amy Sparkes, y me capturó esa frase. Bueno, ella no la dice exactamente así, claro: ella habla de su personaje protagonista, el libro está en inglés… Pero a grandes rasgos, supongo que este inicio te puede haber sorprendido tanto como a mí o como a los peces (aunque tal vez por otros motivos).
Dicho esto, te doy la bienvenida a este extraño lugar. Mi nombre es Diego, y espero llevarte de la mano (o del ojo, o de la oreja, no sé qué tipo de lectura sueles hacer) a través de esta pequeña locura. Estamos aquí para hablar de la narración, del juego, y de lo que sucede entre las personas que se encuentran en ese espacio mágico que se crea en medio (tal vez por eso estaba leyendo el libro de la casa al filo de la magia) y, como dice el título, habrá múltiples escritos, habrá un juego… y una advertencia: es posible que te pierdas por el camino, retrocede, encuentra el hilo, toma mi mano, concéntrate… tal vez encuentres la salida.
De acuerdo, ya va siendo hora de empezar. Peeeero, antes tengo que pedirte que hagas algo: empezar el juego. Para ello te pediré que pienses en un lugar muy específico. Concéntrate. Quiero que pienses en la casa de tu abuela. Empieza por la puerta. Entra. Recuerda las habitaciones, las conversaciones, los olores. Quiero que pasees por el lugar (mentalmente, claro) y que te quedes con un único elemento visual que sea importante para ti; con un elemento sonoro; con otro que sea olfativo; quédate con un sabor que represente ese lugar; y elige un elemento táctil. Por último, piensa en una frase que se repitiera mucho entre esas cuatro paredes (encuentra el hilo) y un aprendizaje que fuera importante para ti.
Te dejaré algo de tiempo para que puedas hacer el recorrido.
Concéntrate.
Es posible que aún no lo tengas todo.
También es posible que hayas terminado o que siguieras leyendo sin pensar en casa alguna.
No pasa nada.
La rebeldía también cabe en este juego, por supuesto. Aunque no podrás jugar a todo lo que propongo, podrás contemplar cómo juegan otras personas… Tú eliges… Si lo necesitas, retrocede.
El viento sopla fuera de la casa. Es un viento otoñal. Hace frío. Los árboles se quejan, con sus crujidos. Dentro, la niña espera. La abuela está muy enferma y ella… desespera. Dentro también hace frío. Dentro de la casa y dentro de la niña.
No sé si lo leíste en voz alta. Es la idea. Después de todo, se trata de un texto de narración oral. Y como es un juego, tenemos que poner alguna regla para que lleguemos a un lugar más o menos parecido:
1. Busca a una persona a la que narrarle esta historia (puedes ser tú misma delante de un espejo, no olvides que también eres una persona).
2. Vuelve a leer el párrafo del viento que sopla fuera de la casa. Modifica lo que necesites para hacer ese texto tuyo y para que sea significativo para la persona que tienes delante.
Narrar es jugar. No debes olvidar eso. Y no lo digo yo, lo dice Juan Gamba (es posible que te pierdas por el camino). Puedes leer su texto ahora, leerlo al terminar el juego, no leerlo nunca, leerlo sólo a él y olvidarte de mí.
Del verbo jugar
Existe un hecho, que no por muchas veces señalado, no deja de ser menos relevante en cuanto a las artes escénicas:
En francés y en inglés, actuar, interpretar, hacer teatro, son sinónimos de jugar.
To play.
Jouer.
Y en definitiva en eso consiste subirse a un escenario, ya sea para interpretar un personaje o para narrar una historia, al final se trata de jugar. Jugamos los que desarrollamos el relato y juega el público que acepta la propuesta y se la cree.
Hace poco me pidieron que “improvisara cuentos” en un espectáculo para público familiar. Jugar con binomios fantásticos, con versiones imposibles de clásicos y otras propuestas más habituales del teatro de la impro que del mundo de la narración. Yo sabía a lo que quería jugar, pero mi gran duda era si mi público querría jugar conmigo. Fue increíble ver cómo entraron de lleno en la propuesta y como sobre todo los pequeños reían y se divertían al ver cómo las historias se distorsionaban y tomaban caminos insospechados gracias a sus propias aportaciones. Y los mayores también entraron en el juego, riendo y participando como pocas veces he visto en un espectáculo familiar.
Al acabar me tuve que regañar a mí mismo por haber dudado de si funcionaría. Y es que quedó corroborado un hecho: a todos y todas nos gusta jugar.
Juan Gamba. Narrador e improvisador
Hace poco estaba impartiendo una formación para el profesorado y hablábamos de todo esto: de jugar con las palabras, con los cuentos, con las estructuras, con las posibilidades. Hablábamos de subvertir el espacio del relato para volver a hacerlo un espacio común. Recuerdo que les propuse jugar con La Caperucita Roja. Lo primero que hicimos fue establecer el punto de partida. Antes de que saltes al siguiente párrafo, te invito a que hagas lo mismo: pregúntate cuál es la escena donde empieza ese cuento.
Había una vez una niña llamada Caperucita Roja. Ella está jugando con las flores, viendo las oruguitas y saltando en el jardín cuando su madre la llama para decirle que la abuela está enferma y que tiene que llevarle comida y medicina.
No sé a ti, pero a mí este inicio me trae muchas preguntas: ¿De verdad hay gente que se llama Caperucita Roja? El hecho de que salte mientras juega con flores y observa oruguitas me inquieta porque, ¿hay un orden en las acciones o las está haciendo al mismo tiempo? Cuando su madre la llama, ¿lo hace a voz en grito, por un telefonillo, por el móvil? Y, evidentemente, preguntas como ¿qué comida le lleva?, ¿la preparó su madre o es comprada en algún sitio?, ¿será la preferida de la abuela o una comida al azar que hay que llevar para que coma?, ¿qué medicamentos está tomando?, ¿qué enfermedad tiene?, ¿la abuela forma parte de un grupo control simultáneo de tratamiento activo para la investigación de alguna enfermedad rara? (Vale, esta pregunta no vino a mi cabeza hasta ahora que estaba escribiendo y me lancé a jugar… pero yo también puedo, ¿no?).
Puesto que tú también deberías haber elegido dónde empieza tu cuento, te invito a que hagas el siguiente juego (que también propuse al profesorado): da un paso hacia atrás en el tiempo a la escena inmediatamente anterior (es lo que llamaríamos una traslocación de los planos temporales del relato. Lo sé, toma mi mano, concéntrate…). Te daré un ejemplo para que no parezca que te mando a hacer cosas que ni yo mismo estoy dispuesto a hacer:
Antes de aquello la niña está llorando. Hace frío. El otoño ha llegado y se deja sentir en los huesos de la casa y de la niña. En mitad del llanto un pájaro se estrella contra el cristal de la ventana, la niña corre, asustada. Se asoma para ver qué ha pasado… y entonces ve que aún quedan algunas flores tardías, esas que, como ella, se resisten a hacer lo que obliga la razón. Entonces abre la ventana y salta al jardín.
Bueno, creo que ya me descubriste. Aquel párrafo de «El viento sopla fuera de la casa» guardaba relación con todo esto. Es lo que tiene el saber a qué se está jugando. Cuando narras juegas o juegas al hacerlo. Lo que me recuerda, por supuesto, las palabras de Vicki Dos Santos (ya sabes, puedes leerlas ahora, luego, nunca, sólo estas… aunque ya es algo tarde para ello):
Contar jugando, o jugar contando
El juego es una de las puertas más poderosas para entrar en el mundo del cuento. En la narración oral, jugar no es sólo una estrategia: es una forma de relacionarse con las personas oyentes. Jugar con la voz, con los gestos, con los objetos o con el silencio convierte la historia en una experiencia compartida, viva y presente.
El juego con el público crea un puente invisible pero muy cercano, hecho de atención, confianza, alegría y sorpresas. Transforma la narración en un acto colectivo. Cada persona, por pequeña que sea su intervención, siente que contribuye a sostener el hilo de la historia. Esa participación lúdica refuerza la escucha, estimula la empatía y convierte el momento narrativo en una verdadera celebración de la palabra viva.
En el arte de contar, el juego potencia el cuento, éste crece cuando se mezcla con la risa, la sorpresa o la emoción que despierta lo lúdico. La persona que narra jugando, o juega narrando no teme perder el control: confía en el poder del «aquí y ahora», en la magia del momento compartido.
Contar jugando es volver al origen del relato: ese lugar donde la palabra era danza, sonido, gesto y comunidad.
Taller: “Espacios de cuentos, juegos y creación de historias”
Al crear espacios donde el juego es el motor que impulsa la narración, desde propuestas sencillas, participativas y vivenciales, se favorece la escucha activa, la colaboración, el intercambio de ideas y la confianza en las propias.
El cuento actúa como punto de partida, pero también como hilo conductor que permite experimentar con el material ofrecido, imaginar otros mundos, crear y dar voz a nuevas historias. Todo ello capitaneado por el disfrute y el mero hecho de «jugar por jugar».
Vicki Dos Santos. Narradora oral
Ahora que conoces mejor el juego que estamos jugando, puedo invitarte a hacer algo más arriesgado. Al principio, te pedí que pensaras en la casa de tu abuela y que eligieras una serie de elementos sensoriales. Ahora quiero que recrees una escena específica del cuento: la niña, de camino a la casa de la abuela, recuerda esas cosas que tanto le gustan (y claro, la niña recuerda la casa de su abuela con los descriptores de la casa de tu abuela, porque así funciona el relato: sólo podemos narrar desde lo conocido, desde lo que hemos vivido y nos atraviesa… o tal vez no, porque es un juego…).
Concéntrate.
Recuerda que deberás narrar esto en voz alta para alguien. Si no lo hiciste en el momento anterior, tendrás que volver a esa casilla y narrar sin tirar ningún dado.
Entre los árboles el viento no se siente en la piel, sino en las orejas. El viento se escucha en el crujido de las ramas, en el silbar de las hojas secas, en el entrechocar de la hojarasca que vuela. La niña recorre una senda que ha caminado cientos de veces. Pero hoy es diferente. La casa de la abuela le viene a la cabeza como una premonición, como una advertencia. El olor acre del pescado que la abuela trae del mercado. El tacto aterciopelado del sillón de orejas del abuelo. El cuadro de ese Cristo justiciero que parece vigilarla cada vez que entra. El sabor de las galletas rancias que la abuela esconde en una vieja lata y que siempre le ofrece al llegar. Y el sonido de la voz de la abuela diciéndole «es posible que te pierdas por el camino, retrocede, encuentra el hilo, toma mi mano, concéntrate… tal vez encuentres la salida». Siempre la misma advertencia sin sentido. Son piezas de un puzzle que no comprende. La niña camina. Tal vez el viento también le intenta decir algo. Ella no sabe nada. Ella no entiende. Se aferra a los bordes de su capa y se abandona a la suerte.
Seguro que mis palabras te han distraído. Se suponía que el juego debías hacerlo tú y sin embargo, me he puesto yo en medio, con todo este palabrerío. Tómate tu tiempo… yo esperaré por aquí…
Concéntrate.
¿Qué título pondrías a esta nueva versión del cuento? Porque estás creando una, ¿cierto? Y si no lo has estado haciendo, entonces ¿cuál le pondrías a esta que estoy compartiendo contigo? ¿La leíste en voz alta? ¿La compartiste con alguien? No pasa nada, se puede jugar en solitario también. Se puede ver a las demás personas jugar (lo hace mucha gente frente a los televisores, después de todo).
En el juego hay libertad. Creo que eso es algo fundamental. No hablamos de un deporte con unas reglas específicas y cerradas. Hablamos de divertirnos, de disfrutar. Aprovecharé este momento para compartir contigo las palabras de Carmen Ibarlucea
Contar cuentos jugando
Contar cuentos jugando es otra forma de contar. En el juego hay escucha, complicidad y libertad; y cuando las palabras se mezclan con el movimiento y la risa, la historia cobra vida, como si fuera una sopa instantánea.
Dentro del proyecto BiblioAbu, de la Biblioteca pública de Cáceres Rodríguez Moñino/María Brey, llevamos los cuentos a quienes no pueden ir a buscarlos diferentes días de la semana. Los jueves por la mañana, un pequeño equipo —tres personas invidentes y yo— convertimos un aula en un escenario.
Las personas que participan son adultas con discapacidad intelectual, muchas con dificultades para comunicarse o moverse; nadie del público sabe leer ni escribir. Siempre comienzan Ana e Isabel, que narran de viva voz, con calma, para que nos vayamos despertando. Son escuchadas con mucha atención, e incluso les apuntan los nombres de los personajes —que ellas, como no son de la generación Disney Plus, desconocen—. Sus cuentos terminan con el “colorín colorado”, y entonces entro yo.
Pido al público que elija un cuento. Una vez tenemos la historia, busco voluntarios para representarla. Asigno a cada persona uno o varios personajes, según lo que necesite la trama, y al oído les susurro los diálogos, mientras ellas y ellos ponen los gestos. Cuando comienza el cuento, todo se transforma: las risas y los nervios llenan el espacio, y quien no se movía es capaz de dar palmas o zapatear en el suelo. Nadie sabe leer, pero al jugar con la historia nos la apropiamos y la comprendemos en todo su esplendor.
El último en entrar en escena es Federico, que nos declama poemas y romances acompañado de su guitarra, y después nos invita a bailar. Todos los jueves, de diez a once de la mañana, hay un aula de personas adultas que no comprenden muy bien el mundo en el que viven —igual que yo—, pero todas nos dejamos seducir por el poder de las buenas historias.
Estoy segura de que contar jugando se puede defender con múltiples argumentos pedagógicos, pero para mí lo relevante es que mueve el afecto, cultiva la autoestima y logra lo más difícil: que cada persona sea protagonista. Contar se puede hacer de mil maneras; obviamente, también jugando.
Carmen Ibarlucea. Narradora oral
De acuerdo, ya tenemos un nuevo título y tenemos algunas escenas interesantes por las que transcurre nuestro relato. También tenemos algunos elementos sensoriales y hemos recuperado algo más. No sé si te diste cuenta. Este texto es un juego, claro: te invito a leer, te invito a co-crear el espacio de significados que se están construyendo en torno al relato y te invito a ser tú, sea lo que sea que eso signifique.
Ahora me interesa que vayamos hacia otro lugar, aunque antes quiero compartir contigo la teoría de «La cosa más importante» del narrador Doug Lipman. Él sostiene que cada relato tiene un elemento que tiene una importancia central en la forma en la que lo percibimos y por la cual deseamos narrarlo y compartirlo. Esa cosa puede ser un personaje, una escena, un objeto, una emoción, una frase, una idea… no hay límite en lo que sea más importante. Es importante decir, además, que esa «cosa más importante» varía de persona en persona e incluso varía en una misma persona en diferentes momentos.
Dicho esto, quiero que pienses en cuál es, para ti, esa «cosa más importante» del cuento de Caperucita Roja. Como ejemplo, te diré que, para mí, la cosa más importante (en esta ocasión, porque también con esto se puede jugar) es la relación entre la abuela y la nieta.
Con esto en mente, la siguiente parte del cuento consiste en crear una escena donde muestres a tu audiencia (recuerda, tú vales para asumir este rol) eso que es central para ti. Deja que el cuento se llene de eso. Permite que me aventure con un ejemplo, que yo también quiero jugar:
Otra pieza aparece en la mente de la niña.
Están en el mercado, justo delante del puesto de pescado. La niña observa de cerca los ojos de los animales muertos. Se gira hacia a la abuela y dice «parecen sorprendidos».
La abuela sonríe y se le forman surcos en la piel que parecen el mapa de los caminos que ha recorrido durante su vida. La niña se encoge de hombros y sonríe de vuelta. La abuela se ríe. Sus ojos brillan, su nariz salta, sus orejas se mueven, sus manos dan palmas. La abuela se ríe con todo el cuerpo. Es fácil reconocerla.
Retrocede.
¡Encuentra el hilo!
Cuando la niña vuelve al aquí y al ahora está frente a la casa de la abuela. La puerta está abierta. Huele como el puesto del mercado, pero diferente. Otro tipo de animal muerto.
Entra en la casa y la ve tumbada en la cama. Diferente.
¡Concéntrate!
La niña observa con atención el cuerpo que yace en la cama y no encuentra el cuerpo inconfundible de su abuela. Se le abren mucho los ojos.
Lo último que alcanza a escuchar es una voz profunda y gutural que le dice «pareces perdida, niña… hasta diría: sorprendida».
Creo que me he excedido. A veces pasa eso cuando jugamos, supongo. El tiempo deja de ser el tiempo (o, en este caso, dejamos de contar los caracteres que hemos pulsado) y entonces el cuento se narra a sí mismo. En lo personal, considero que ese espacio donde el cuento descubre su propio camino es precioso. No siempre sucede, al menos no a mí. En ocasiones tengo que ajustarme al tiempo, a las convenciones, a lo que piden de mí quienes contratan (que no quienes escuchan). Pero cuando esta magia sucede, detengo el mundo y dejo que el juego construya nuevas posibilidades en el relato.
De algún modo, que el cuento se cuente a sí mismo me permite tener tiempo para ser yo. Creo que esto encaja a la perfección con la reflexión de Tiziana Maio (Nota del autor: aunque lleve por título Reflexiones #56, es un título que he puesto por puro arrebato. Esta reflexión llegó a mí por otro camino, sin un título. Así que, estando seguro que esta persona reflexionaba a menudo en torno a este tema, opté por darle un número que me resultaba encantador).
Reflexiones #56
Para mi contar cuentos es un juego. Cuando cuento juego con las palabras, los sonidos, el ritmo y los silencios. Juego con la mirada, y esto me ayuda a crear con el público un espacio de complicidad, un espacio seguro donde cada uno elige ser sí mismo. Porque, a través del juego, cada uno baja sus defensas, es más auténtico y empieza a divertirse de verdad. La historia que voy a contar es solo un pretexto para encontrar estos seres auténticos que ríen, lloran, se sorprenden y me devuelven sus emociones para ser parte de la narración.
Tiziana Maio. Narradora oral
Es posible que te pierdas por el camino…
No sé si te perdiste en medio de esta locura. Este juego que pretendía llevarte a algún lugar, tal vez te ha traído de vuelta al principio. ¿Por qué crees que parece sorprendida la niña, porque está muerta o porque fue capturada?
Retrocede…
Si descubres que no te gusta este final o si te perdiste en el proceso de leer esto, retrocede. Tal vez, acaso, puedas hacer como la niña: retroceder hasta llegar, pongamos, al salón.
Encuentra el hilo…
Tal vez encuentres el hilo de lo que quería decirte. Tal vez sólo era esto: que un cuento hay que jugarlo, leerlo o narrarlo o escucharlo un montón de vueltas. Volver a pasarlo por la cabeza hasta encontrar el hilo que nos permita conectar lo que fue, lo que es y lo que será. Puede ser que a la niña también le ocurra… que encuentre un hilo rojo, del mismo rojo que su capa, en mitad de aquel salón. Que lo sujete entre sus dedos y, tirando de él, llegue hasta su origen, una capa roja, como la suya, que envuelve el cuerpo sin vida de su abuela.
Toma mi mano…
Pero claro, al pedirte que leas mis palabras y juegues conmigo, de forma indirecta te he pedido que confíes en mí. Te he pedido que tomes mi mano y me acompañes. Esa fue la advertencia. La mía y la de la abuela. Tal vez, puedas hacer como la niña, que tomó la mano de la abuela y la apretó con fuerza. Como la niña, que se negó a la muerte e intentó espantar el frío del otoño que ya estaba dentro de aquel cuerpo. Sí, es posible que seas como ella, una flor tardía de esas que se resisten a hacer lo que obliga la razón.
Concéntrate…
Entonces te invito a que juegues. A que te concentres y busques el final que desees. ¿Conseguirá la niña espantar el otoño y ahuyentar a la muerte? ¿Conseguirá el lobo arrebatar la vida de la niña?
Tal vez encuentres la salida.
Supongo que es el momento de correr. De buscar refugio (en otro lugar, en las palabras,… ). Tal vez, acaso, es el momento de saber. De responder todas las preguntas que han quedado dando tumbos en tu cabeza. A mí se me ocurre una frase final para esta extraña versión; una frase que conecta con el principio, porque así me gustan los cuentos, redondos, como los anillos y como el amor, sin principio ni fin.
Es curioso, los peces muertos del mercado siempre parecen sorprendidos. Creo que pasa lo mismo con las personas. ¿Se sorprenderán de estar muertos o de ser capturados? Quién sabe…
Pero no tiene que ser la frase final, por supuesto. De hecho, no tiene que ser la versión definitiva siquiera. Esto era un juego y creo que el juego no ha terminado. Se me ocurren dos cosas para cerrar también este círculo:
3. Regresa al principio del artículo y lee sólo el texto que está en color azul. Encontrarás el cuento y podrás disfrutarlo, espero, de otro modo. También podrás refutarlo, enfadarte con él, conmigo, reírte, bostezar, dibujar un muñequito y pintarle bigotes… No seré yo quien te diga cómo leer.
4. Permíteme conocer las preguntas que te surgen sobre el cuento, las respuestas que encuentras. Las versiones que nacen de tus dedos y tu imaginación. Para ello, sólo tienes que entrar el enlace que verás más abajo y escribir en el documento. No borres nada, por favor. Sólo escribe «Versión de (pon un nombre que te guste)» o «Preguntas de (pon otro nombre… o el mismo si escribiste antes)» y debajo escribe lo que corresponda. Después me encargaré de jugar y crear una versión que combine las diversas cosas… nadie sabe si saldrá bien, claro… pero es un juego y lo importante es divertirse.
No lo he dicho hasta ahora, pero supongo que te quedará claro: esta es la forma en que comprendo el cuento y el juego. Hacer partícipes a las personas, hacerlas dudar, refutar, confrontar el cuento. Llevarlas a lugares extraños e incómodos e invitarlas a que creen un cuento que se ajuste a sus necesidades, a sus gustos. Que comprendan que si quieren finales felices tendrán que construirlos, porque rara vez vienen solos. Me gusta creer en eso que dice Noam Chomsky: que la primera función del lenguaje es estructurar el pensamiento y sólo después viene la comunicación. Por eso es importante preguntar y preguntarse. Activar la cabeza para que la lengua se llene de palabras.
En fin, gracias por jugar conmigo y acompañarme en esta locura…
Aquí tienes el enlace: Juguemos a narrar.
Diego G. Reinfeld
Este artículo forma parte del Boletín n.º 106 - Abran juego, narradoras/es