José Henríquez

Me invitáis en vuestra página a escribir acerca de un repertorio de criterios que podrían servir de marco para hacer una crítica o un análisis del arte de narrar. 

A medida que la sociedad de consumo traga todo lo que se le pone por delante, convirtiéndolo en mercancía, todas las artes están amenazadas por el proceso de empaquetado, atado, etiquetado y vendido, sea por los poderes económico/políticos o los mediáticos, que a veces son la misma empresa. 

Y en esta misma inercia, los plumíferos perezosos vamos acumulando un instrumental de disección, secado y embalsamado de cualquier arte: una ristra de tópicos, etiquetas, cajoncillos y lugares comunes en los que encorsetar el tan incómodo acto artístico, que sigue moviéndose. 

Así nos ahorramos el difícil aunque saludable ejercicio de pensar por nosotros mismos e intentar al menos describir lo que está ocurriendo ante nuestras narices, sin prejuicios, ni sentencias ni rótulos de entomología. Y se lo ahorramos al público, convertido en consumidor.     

Desde hace años, en mi trabajo como periodista, crítico o comentarista de artes (yo prefiero este último término: comentarista), intento huir de los supuestos reglamentos y tablas de medición de los inspectores de arte. 

Me gusta mucho una descripción que se atribuye al filósofo Walter Benjamin, uno de los teóricos de arte más heterodoxos y luminosos del último siglo: “el trabajo del crítico es acompañar las obras y ponerlas en movimiento.” 

Puedo reunir algunas reflexiones sobre mi experiencia de auditor y observador de artes, acerca de cómo recibo los actos, sesiones y festivales, las experiencias de narración oral. 

Quien más me conmociona y entusiasma es el/la narrador/a que comparte con nosotros un mundo personal, propio. Parafraseando al querido Benjamin, es alguien que viene de lejos, a contar su viaje, su aventura. 

Ya sea una invención total y personalísima o una fusión de muchas fuentes, su relato inaugura inmediatamente un territorio de puro disfrute de palabras y hechos humanos, libres de ataduras y servidumbres. Es una figura que instaura una verdad artística y vital tan poderosa, que ni siquiera nos interesa preguntarnos ¿esto ocurrió?, ¿lo inventó él?, ¿quién se lo contó, dónde lo habrá leído?    

Podría citar varios ejemplos, pero me quedo con el más cercano, mi padre, un hijo de campesinos pobres que emigró de niño a trabajar en la ciudad. 

Hay una vieja historia de campo que va y viene a través del Atlántico, con variaciones: un agricultor regresa a su casa tras vender su cosecha; le han seguido unos ladrones; lo atan de manos y pies y lo cuelgan cabeza abajo de una viga que atraviesa el techo hasta que confiesa dónde guarda el dinero de su venta; cuando se marchan con su robo, el campesino forcejea para desatarse, la viga se rompe, cae el hombre y con él una olla llena de monedas de oro oculta.  

He oído a mi padre contar esta historia una docena de veces; a medida que pasaban los años, su relato fue difuminando su posible fuente y se hizo cada vez más sencillo. Alguna vez sugirió que iba a contar una leyenda, o a reproducir un relato de sus mayores. 

En sus últimas sesiones el hallazgo del tesoro había ocurrido en su campo natal, que tenía cada vez más aromas y colores; el campesino era un vecino suyo, tenía nombre, apellidos y una mujer que lo ayudaba; mi padre había escuchado la historia de su propia boca. Nos mirábamos los hermanos mayores, embelesados, nos reíamos de la astucia y del arte del narrador. 

También aprecio mucho al/a la cuentero/a que se arriesga a trabajar con todas las experiencias y emociones humanas, que se atreve a usar las infinitas gama de colores de la vida y los sueños, que es capaz de hacer crecer el universo de niños y niñas, o acompañar el de los adultos y adultas. Libre de diluciones, culpas o disculpas. 

El alquimista es otra figura importante. Quien ha investigado y leído mucho y consigue hacer suyo y reinventar con fluidez un relato ajeno, literario u oral, sin dejar costuras ni huellas de la amalgama.

Además de un extraordinario narrador, Borges es para mí un generoso descubridor de otros narradores, a través de sus prólogos, sus antologías, de libros y narraciones que cita, funde, cambia, en sus propias obras. Y esta puede ser otra virtud de quienes practican este arte: descubrir a su audiencia a otras narraciones, hacer el relevo de una cadena de narradores que han alimentado el fuego de la 

ficción.

¿Hay técnicas, herramientas, trucos? Muchísimos. Las virtudes que más aprecio quizá sean la capacidad de sugerir y la precisión, la síntesis que activa la imaginación del público y lo incita a pasar el relato por su cabeza y sus emociones y llevarlo a casa. Escuché a un narrador inglés mencionar una antigua tradición irlandesa: el auditorio estaba colocado frente a una pared blanca y el narrador contaba la historia a sus espaldas. “Fue la invención del cine”, dijo.             

 

José Henríquez
Periodista y crítico especializado en artes escénicas.
Actualmente colabora con las publicaciones
Guía del Ocio, Diagonal y La República Cultural.