Todos nos hemos visto intimidados en un ascensor por la mirada de un bebé ¿o no?

Te mira sin parar de chupar su chupete o sin dejar de mover su pie dando golpes rítmicos sobre la sillita de paseo, o te mira con esa cara de “nada” que te hace dudar de todo. Es una sensación extraña, es como si te estuvieran desnudando el alma, como si adivinaran algo oculto de nuestro ser.

Los bebés son los reyes de la sabiduría. Según dicen, nuestra especie en cada generación mejora, así que los bebés son mejores que nosotros. Nosotros, pobres mortales que nacimos más sabios genéticamente que nuestros padres, pero somos menos sabios que nuestros hijos o sobrinos o ese niño del ascensor, compartimos el mismo mundo pero ¿el mismo universo?. Partiendo de este punto, desde esta mirada, podemos plantearnos trabajar, crear, contar…para bebés. Porque los bebés sí que se enteran, los bebés saben de poesía, saben de ritmo, saben lo que hay más allá de las formas, su universo no tiene fronteras, es después, cuando no paramos de ponerles trabas, normas, muros, culpas…es después, cuando el ser humano pierde la espiritualidad por aprender dogmas de fe y no nos enteramos de las cosas…

Para contar a bebés hay que ser sincero con uno mismo, respirar tranquilo, no sentirse con ganas de huir si algún llanto inunda la sala…( ese llanto puede ser : por un gassssssssss, la dentición, un mal dormir, que el bebé se sienta melancólico, que le asuste ese gentío, que no le guste el espacio…, no te sientas un contador -monstruoso). Para contar a bebés hay que entrar en su tempo de caracol, sin prisa pero sin pausa, aceptando que llueva o haga sol, que sea lunes o domingo…no pasa nada y pasa todo.

 

Cuenta un eminente antropólogo que cuando el hombre y la mujer aprendían a ser humanos sucedió algo que cambiaría el destino de una especie muy mal equipada para sobrevivir frente a otras especies mejor adaptadas a un medio donde lo que permitía la supervivencia era la fuerza. Y es que un día, en la hoguera paleolítica, un hombre, quizá una mujer, tomó la palabra y contó un cuento, uno de esos cuentos que hoy llamamos «populares» porque son del pueblo, es decir, de todos. Y esos cuentos cuentan todos lo mismo: que quien es capaz de ponerse en camino ante un conflicto recibe siempre la ayuda de alguien y, si se deja ayudar, consigue resolver el conflicto que lo había puesto en camino, y llega a ser rey, es decir: soberano de su vida.

Gracias a estos cuentos que consideran que el otro no es quien te hiere o quien te mata, sino quien te ayuda, que transmiten la confianza en el otro, el ser humano comenzó a confiar en el otro ser humano, y gracias a esta confianza los hombres, quizá también las mujeres, comenzaron a cazar juntos, y la fuerza del individuo se unió a la fuerza del otro individuo en la fuerza de la colectividad, y gracias a esta fuerza de lo colectivo el ser humano consiguió sobrevivir como especie. Sobrevivió el ser humano y también los cuentos, y se extendieron por todo el mundo para demostrarnos que lo que nos caracteriza como humanos no tiene fronteras, es universal, como los motivos folclóricos que sujetan, como un esqueleto, el cuerpo de los cuentos. Sobrevivieron también los narradores que prestan su mirada, su voz, su piel y su aliento a esos cuentos que llegan desde la noche de los tiempos a recordarnos que no estamos solos porque los que nos encontramos en el camino están ahí para ayudarnos a ser soberanos. ¿Para qué sirven los cuentos? Para vivir.