En mi infancia había una hora mágica… las 5:05 de la tarde.

A las 5 salíamos de la escuela. En la plazuela de la iglesia de nuestro barrio, con su aire tranquilo y bonachón paseaba sereno D. Daniel, el viejo cura que nos conocía a todos. 

Como bandada de pajarillos libres y hambrientos, corríamos la chiquillería y hacíamos corro a su alrededor. Sí, teníamos “hambre” de que continuase contándonos como todas las tardes, las historias mágicas de la Isla del Tarantantam, la que tenía casitas con paredes de turrón, tejados de chocolate y ventanas de dulce de caramelo de colores; puertas de frutas escarchadas y los caminos estaban llenos de flores, de pajaritos de colores que trinaban la música y cantaban las canciones que más nos gustasen. En sus caminos había árboles grandísimos y olorosos donde vivían ciervitos que no se asustaban y nos miraban alegres de vernos llegar ¡a las niñas y niños de todo el mundo!, chinos, indios, negros, cobrizos y rubios. En aquella isla se hablaba un idioma mágico que entenderíamos y podríamos hablar ¡¡¡todas/todos!!!

El silencio era total, la algarabía había dado paso a los ojos abiertos y brillantes de la sorpresa regocijada y contenida. Las imaginaciones soñadoras de todos nosotros, ya volando, ya navegando, sobre una alfombra mágica o por el toque maravilloso de un hada, ya nos acercábamos a la Isla del Tarantantam. ¿Y con qué vestidos tenemos que ir? Preguntábamos a nuestro viejo y paciente cura. De colores; de princesas, de bailarines o de exploradores, de hadas. ¡Cada una/uno con el que elija imaginarse y le parezca bonito! Todo era belleza, cantos de pájaros y niñas/os extranjeras/os venidos de sus países que serían nuestros amigas/os. ¡Que alegría más emocionante!

Carmen Sara entrevista a Alicia Bululú para el Boletín n.º 105 – Cuentos en cautividad, en el que se habla sobre narración oral en cárceles.

 

¿Por qué y para qué contar historias en las cárceles?

En mi caso, cuento en las cárceles a través de la Biblioteca "Blas Infante", que está en Sevilla Este y pertenece a la red de Bibliotecas Municipales Públicas. Ya anteriormente había contado en algún centro penitenciario, pero no de manera sistemática y con continuidad, que es lo más interesante de este proyecto. ¿Por qué contamos cuentos? Porque queremos unir lazos con el mundo exterior, saber que hay gente “de fuera” que sigue confiando y creyendo que la reinserción es posible. La narración oral aporta otra visión del mundo y otros lugares que habitar, sobre todo cuando la rutina es aplastante y tan difícil de sobrellevar. Les hablamos a las personas internas de que hay lugares en el exterior que les están esperando, como las bibliotecas públicas, llenas de mundos de ficción posibles de ser descubiertos. En este contexto, la palabra narrada es una “mediación lectora”, la antesala a habitar de manera simbólica, como se hace en la lectura. Pero no solo eso, es una manera de generar interacciones humanas, una manera de querer a las personas, de mecer a quienes quizás nunca nadie meció a través de las historias. No todo el mundo ha nacido con las mismas oportunidades ni pacificadoras, ni resolutivas, ni creativas y la narración de historias, la lectura, la construcción simbólica, ejercen una respuesta y una forma diferente de vida a la que han podido tener.

 

 

Uno no elige su público… así comenzó Nicolás Buenaventura la conversación que mantuvimos a través de la pantalla, él en Colombia y yo, Carmen Sara, en España, sobre las cárceles y la experiencia de contar cuentos en espacios privados de libertad. Fueron más de cincuenta minutos en los que no hubo desperdicio. Aquí he intentado transcribir lo que me contó, espero que les sea de provecho, para mí sin duda lo fue.

 

Contar cuentos en las cárceles

Uno no elige a su público. Igual que no quiero vivir en un lugar donde los gobernantes eligen a su pueblo, entiendo que es la gente la que elige qué cuentos quiere o necesita escuchar. Hay muy pocos lugares en los que me he negado a contar. Recuerdo uno, en un festival en el que me invitaron a contar en un prostíbulo, y en ese momento pensé que si alguna historia merecía ser escuchada, eran las historias de las mujeres que trabajaban allí. 

Fui a contar historias a las cárceles de La Picota y La Modelo porque un periodista quiso hacerme una entrevista en el periódico El espacio, un periódico “amarillista” (la sabiduría popular dice que si uno pone un ejemplar de El espacio en la calle, llegan los buitres, por la carroña que publica). Al principio, pensé rechazar la oferta, pero luego reflexioné que si había aceptado entrevistas en otros periódicos nacionales, por qué no iba a aceptar en este. La condición que le puse es que no cambiara ni una sola palabra, y él aceptó. A raíz de esta entrevista, vino la petición de los presos de que yo fuera a contarles cuentos a La Picota y La Modelo, ya que El espacio es el periódico que circula en las cárceles. 

Cuando era pequeño, había un compañero de clase que tenía un hermano preso (era un preso político). Me enteré porque cuando vas a la cárcel te ponen un sello en el antebrazo y a mi compañero le había quedado la marca. Cuando le pregunté qué era eso, me contó que su hermano estaba preso y le dije que quería ir con él a visitarlo. Me hice muy amigo de su hermano. Los presos políticos tienen un papel muy importante en las cárceles porque se vuelven maestros, enseñan a escribir, a leer... Él organizó para algunos presos un encuentro en el que estuve contando historias junto a algunos amigos músicos. Ese encuentro fue mi comienzo de contar en estos espacios.

jennifer boletín

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Había un tiempo en el que los narradores orales solían viajar para compartir conocimientos, mitos, historias y noticias de los pueblos y ciudades vecinos. ¿Qué noticias compartimos los narradores orales hoy en día? Esta pregunta me rondó por la cabeza en un reciente viaje a Suiza.

Mientras preparaba la maleta, me preguntaba cómo se las arreglarían los supervivientes de Gaza para mantener algún tipo de dignidad. Con la escasez de agua potable, poco quedaría para lavar la ropa y los pañales del bebé. El agua es vida y el pozo de Gaza se está secando rápidamente. Mientras nadaba en las frescas aguas del lago Lemán, visualicé una poderosa varita mágica que dejaba fluir agua limpia y refrescante para que todas las personas en Gaza tuvieran suficiente para beber, cocinar, limpiar sus heridas, para su higiene personal y para cualquier otra cosa que pudieran necesitar. Lamentablemente, esta varita mágica no fue lo bastante poderosa para proteger, entre muchas otras, a las diez personas asesinadas mientras hacían cola para obtener agua con sus bidones el 13 de julio, seis de las cuales eran niños.

Guardando comida para mi perro en mi coche, me preguntaba qué historias contarían los perros de Gaza sobre su situación allí. ¿Qué estarían comiendo y cómo les habría afectado el ruido constante de las explosiones de las bombas?

david acera boletín

Siempre he sido muy contrario a los “cuentos para”. Es habitual que una madre, una profe, un terapeuta o un educador se acerque y pregunte: “¿Tienes un cuento para quitar el pañal?”, “¿Conoces alguno para trabajar la igualdad?”, “¿Me das uno para enseñar a decir gracias?”. Es evidente que los cuentos pueden ser palanca, chispa, para generar todo tipo de reflexiones sobre temas que nos preocupan, tanto a nivel individual como colectivo. Sin embargo, me resisto a la idea de que un cuento deba cumplir una función directa, concreta, casi instrumental. No porque no sirvan —al contrario, creo que sirven para mucho—, sino porque cuando se les exige “servir” de forma explícita, casi siempre se los vacía de aquello que los hace poderosos: su ambigüedad, su polisemia, su densidad histórica.

Un cuento, ante todo, es un cuento. Una historia narrada que acompaña, sacude, despierta. O, al contrario, que adormece, individualiza, anestesia. Puede acompañar procesos personales o sociales, abrirnos los ojos a realidades incómodas, incluso ser germen de transformación. Pero, antes que nada, es un cuento. Y claro que puede contener consejos, pero —y esto es lo importante— esos consejos no son unívocos ni eternos. Son polisémicos e históricos: significan cosas distintas para cada quien, y cambian según el momento en que se narra o se escucha. Pretender que un cuento sea solo un vehículo de contenido pedagógico con un sentido único es como encerrar a un pájaro en una jaula: quedará triste, sin función, sin sentir el aire acariciando sus plumas.

Siempre digo que los cuentos son como los pájaros: viajan de un continente a otro, adaptándose al lugar al que llegan sin perder la esencia de lo que son.

Paola Kolher 02

Cuando Diego me invitó a escribir sobre los cuidados, específicamente sobre los cuidados relacionados con las personas que trabajan desde la narración oral, primero dudé en hacerlo, ya que no tengo la experiencia directa de ser una narradora oral, o el título que me nombre como tal. Pero al mismo tiempo mientras pensaba en eso, terminaba de contar una historia sobre una comunidad afectada por la falta de agua potable, en lo profundo del Chaco Paraguayo y de cómo las mujeres y las niñas de esa comunidad se organizaban para buscar el agua del arroyo que les quedaba a 30 kilómetros de su comunidad y hacían todo lo que habían aprendido, por años y años, para “limpiar” el agua y que no sea tan peligroso para la salud de ellas y de sus familias.

Entonces cuando cuento esta historia, estoy narrando, pensé. Y me acordé de Diego y su invitación a escribir, y acá estoy.

Para hablar de cuidado, me parece importante contarles desde dónde lo hago: soy mujer, paraguaya, latinoamericana, feminista, de clase trabajadora y terapeuta narrativa.

maría1

Entre otras cosas, soy narradora oral. Nunca quise serlo. De hecho, ni siquiera sabía que ese oficio existía. Me convertí en narradora por urgencia. Y como toda historia ocurre en un contexto, necesito contarte algo de mí y del momento en que todo comenzó.

Soy brasileña, psicóloga, curiosa y sensible. Con esas características llegué a la Patagonia chilena hace 18 años. La sensibilidad me hizo enamorarme de un joven sureño; la curiosidad me llevó a descubrir cómo se vive en un territorio de bellos paisajes y clima implacable, especialmente para quien viene de un rincón de Brasil donde siempre es verano.

Una mañana de otoño de 2010, trabajando como psicóloga en un equipo de salud rural, recibí el llamado de Don Luis. La encargada de la posta me avisó que él había solicitado una visita “con urgencia”. Cancelé la agenda y corrí a su casa. Tenía en mis manos su ficha clínica: 86 años, buena salud, sin antecedentes de salud mental. ¿Qué urgencia podía haber?

Don Luis me recibió con amabilidad. Sirvió mate en silencio. Le pregunté por qué me había llamado. Su respuesta fue una frase que jamás olvidaré: “Mire, ya tengo 86 años. Sé que me queda poco tiempo y no me quiero ir sin contar mi historia.”

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