Entrevista realizada por Mario Caballero a Carles Cano e Ignacio Sanz para el Boletín nº18 de AEDA. Puedes confrontar estas respuestas con las de Ignacio Sanz.

 

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¿Qué influencia tuvo la narración oral en la literatura infantil en el pasado? ¿Y en la época actual?

La influencia que tuvo en el pasado fue enorme, pues prácticamente todo lo que se consideraba literatura infantil provenía de fuentes orales: léase los cuentos de Perrault, de los Grimm, de Afanasiev... incluso  autores como Andersen o Hoffman evidencian una gran influencia de la literatura oral en sus cuentos. En la época actual, la influencia  es menor, pero aún así, muchos de los cuentos tradicionales que nacieron de la palabra hablada siguen siendo versionados o reutilizados, tanto por los escritores como por los cineastas o creadores de videojuegos; y personajes como Caperucita Roja, Cenicienta, o Blancanieves continúan estando en el top ten de los más conocidos.

¿Crees que la literatura infantil tiene suficiente presencia en la vida de nuestros niños y niñas? 

Creo que tiene una presencia superficial, reciben mucha información gráfica, “icónica”, a través de los medios visuales e incluso de la publicidad y el merchandising, pero poca formación literaria. Es necesario que en las escuelas se cuente más, que las bibliotecas sigan apostando por actividades de animación lectora y que no se pierda la figura del papá o la mamá leyendo y contando a pie de cama.

Uno de tus campos de trabajo es en los centros educativos, ¿el colectivo docente valora el libro infantil y la narración oral como hace, por ejemplo, veinte años? 

Pues depende, hay maestras y maestros que continúan creyendo en el valor de los cuentos y en todas las cosas buenas que estos transmiten y lo que significan en la vida de un niño; y los hay que no le dan ningún valor, o no se lo plantean y se ciñen estrictamente al programa. De todas maneras creo que aquella eclosión, aquel redescubrimiento del cuento como instrumento de educación, de desarrollo de facultades tan fundamentales como la imaginación, como puente a la cultura escrita y vehículo de afecto entre maestros y alumnos, que hubo en los ochenta y noventa, en gran parte se ha perdido, y habría que volver a recuperar aquellos movimientos de renovación pedagógica que siguen teniendo plena vigencia y en absoluto han quedado obsoletos.

¿Eres partidario del libro impuesto o de la libre elección de lecturas en el ámbito escolar?

Pues también depende. Yo creo que hace falta una cierta dirección, alguien con criterio que haga una buena selección de textos entre los que elegir, pero a veces leer todos un mismo texto (bien elegido, por supuesto) puede propiciar que el autor vaya a la clase y tener un encuentro con los alumnos que bien planificado resultará una experiencia maravillosa.

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¿El futuro del libro infantil lo ves en digital o papel?

De momento no parece que el digital, que era una especie de coco, haya desplazado al papel, que por ahora se mantiene. Yo creo que van a convivir todavía durante un tiempo, aunque no sé durante cuanto, quizá a la nueva generación de niños digito-táctiles solo les sirvan los libros animados, pero quien sabe, soy muy malo para las profecías, como la mayoría de los profetas, por otra parte.

En tu condición de narrador y escritor, cuéntanos un poco del proceso creativo en estas dos vertientes; la oral y la escrita. 

¡Uf! Mi proceso creativo en lo que respecta a la escritura es muy raro y muy caótico, a veces surge a partir de algún hecho fortuito como cuando mi hijo mayor era muy pequeño y subimos a ver un eclipse de luna a la terraza y se le ocurrió soplar a la luna como si fuese una vela. De ese gesto tan mágico salió uno de mis cuentos favoritos: El niño que apagó la luna. Otras veces utilizo argumentos clásicos para darles la vuelta a la manera rodariana: ¿Qué pasaría si en vez de los tres cerditos y el lobos fuesen los tres lobitos y el cerdo? O, ¿Y si fuesen "Las siete Blancanieves y el enanito”? ¿Y si Caperucita fuese negra, o vampira?  Otras veces utilizo imágenes, las imágenes me inspiran mucho, me cuentan infinidad de cosas. También hay veces en que escribo un título y a partir de ahí me lanzo a escribir lo que se me ocurre como en Había una vez un país… o en La princesa Totpamí. En ocasiones me encargan cosas: “necesitamos un cuento que hable del trabajo en equipo” o “¿No harías algo de monstruos?” Y otras, por fin, no tengo ni idea de cómo se me ocurren ni de donde salen.

En el proceso de narrador sigo dos caminos, si es un cuento mío el que cuento, primero tengo que olvidarlo, porque si no, tiendo a repetirlo con las mismas palabras con las que lo he escrito y chirría, tengo que dejarlo descansar y recuperarlo para la boca. Si no es un cuento mío, cuando uno de esos maravillosos cuentos me llama, me interesa en el sentido forense del término, me toca el corazón, aunque suene un poco cursi, lo cuento. Y lo vuelvo a contar, y otra vez, y vuelta a empezar. Así hasta que sale de mis tripas, hasta que se ha hecho un huequecito dentro de mí y suena con mis palabras, con mis giros, con mi color y con mi toque personal.

¿Cómo ves la profesión de narrador oral hoy en día?

Difícil, creo que solo van a quedar los muy buenos, o los muy espabilados; y que por el camino se va a quedar gente que podría dar mucho que hablar, y oír, claro.

 

Más información sobre Carles Cano en su web o en su ficha en la web de escritores en catalán.
Imágenes remitidas por Carles Cano.

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