Paola Kolher 02

Cuando Diego me invitó a escribir sobre los cuidados, específicamente sobre los cuidados relacionados con las personas que trabajan desde la narración oral, primero dudé en hacerlo, ya que no tengo la experiencia directa de ser una narradora oral, o el título que me nombre como tal. Pero al mismo tiempo mientras pensaba en eso, terminaba de contar una historia sobre una comunidad afectada por la falta de agua potable, en lo profundo del Chaco Paraguayo y de cómo las mujeres y las niñas de esa comunidad se organizaban para buscar el agua del arroyo que les quedaba a 30 kilómetros de su comunidad y hacían todo lo que habían aprendido, por años y años, para “limpiar” el agua y que no sea tan peligroso para la salud de ellas y de sus familias.

Entonces cuando cuento esta historia, estoy narrando, pensé. Y me acordé de Diego y su invitación a escribir, y acá estoy.

Para hablar de cuidado, me parece importante contarles desde dónde lo hago: soy mujer, paraguaya, latinoamericana, feminista, de clase trabajadora y terapeuta narrativa.

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Entre otras cosas, soy narradora oral. Nunca quise serlo. De hecho, ni siquiera sabía que ese oficio existía. Me convertí en narradora por urgencia. Y como toda historia ocurre en un contexto, necesito contarte algo de mí y del momento en que todo comenzó.

Soy brasileña, psicóloga, curiosa y sensible. Con esas características llegué a la Patagonia chilena hace 18 años. La sensibilidad me hizo enamorarme de un joven sureño; la curiosidad me llevó a descubrir cómo se vive en un territorio de bellos paisajes y clima implacable, especialmente para quien viene de un rincón de Brasil donde siempre es verano.

Una mañana de otoño de 2010, trabajando como psicóloga en un equipo de salud rural, recibí el llamado de Don Luis. La encargada de la posta me avisó que él había solicitado una visita “con urgencia”. Cancelé la agenda y corrí a su casa. Tenía en mis manos su ficha clínica: 86 años, buena salud, sin antecedentes de salud mental. ¿Qué urgencia podía haber?

Don Luis me recibió con amabilidad. Sirvió mate en silencio. Le pregunté por qué me había llamado. Su respuesta fue una frase que jamás olvidaré: “Mire, ya tengo 86 años. Sé que me queda poco tiempo y no me quiero ir sin contar mi historia.”

Adrián Yeste 02

Quizás fue la manera en que se arremangó la camisa. Tal vez el modo en que encendió la vela. Si no me hubiera tomado unas cervezas antes del encuentro probablemente aquello hubiera sucedido de otra forma. Yo estaba con la guardia baja. Cuando él comenzó me arrellané en el sofá y me entregué.

Así comienza esta historia, mi historia, con la autonarrativa y lo que voy a denominar a partir de ahora “relatos autorreferenciales”. Lo anterior pudiera parecer el inicio de un cuento erótico pero, lamento decepcionaros, no se trata de eso. Aunque no deja de ser una seducción, un cortejo, ese ritual que precede al hecho que nos reúne: contar y escuchar historias.

Cuando en aquel living (esto que os estoy contando sucedió en Buenos Aires, y al salón español le decimos ‘living’) el narrador José Campanari encendió una vela lo hizo con una cerilla, no con un mechero. Coincidiréis conmigo en que es mucho más convocante encender una vela con una cerilla que con un mechero. La posibilidad de que se te apague es mucho mayor, lo que añade suspense a la escena. A nivel sonoro, resulta más sugerente el deslizar de la cerilla que el raspado de la piedra del mechero. En cuanto al olor, no hay comparación entre el perfume del fósforo al lado de la emanación de gas del otro artilugio plástico. Si será eficaz el aroma de la cerilla que incluso sirve para eliminar el hedor del cuarto de baño. Probadlo.

En ocasiones nos llegan consultas sobre los derechos de autor/a y la actividad profesional de narración oral. Para aclarar estas cuestiones os enlazamos este artículo elaborado por Pep Bruno y revisado por Ana Griott, titulado "Los derechos de autor", y también os dejamos el audio del programa Creando que es gerundio, de Radio 5, en su emisión del 2 de mayo de 2025, titulado "Cuentacuentos y Derechos de Autor", en el que Mercedes Morán, del departamento jurídico de CEDRO, analiza qué protección tienen los cuentacuentos, los límites legales y cómo asegurarse de que su creatividad esté garantizada. Podéis escucharlo en este enlace o directamente aquí debajo.

 

 

 

En otoño de 2024 lanzamos desde AEDA, la asociación de profesionales de la narración oral en España, una encuesta para conocer la realidad económica de nuestra profesión. Fue una sugerencia de la Plataforma Profesional de Artes Escénicas y Música, a la que pertenecemos. Contamos con la complicidad de diversas asociaciones más para difundirla, vaya desde aquí nuestro agradecimiento a todas. 

Respondieron a nuestras preguntas 81 personas, pero resulta difícil calcular cuántos profesionales de la narración oral (N.O.) se han quedado sin responder. Teniendo en cuenta que de nuestra asociación solo respondió la mitad, creemos que por lo menos podría haber el doble de personas cobrando por contar, unas 200, pero esto es una mera estimación. 

Pero más que ver cuántos somos, este estudio nos sirve para hacernos una idea de cómo se trabaja y cuáles deberían ser nuestros objetivos como profesionales. 

El primer dato y más llamativo es que sólo un 45% de los que respondieron se dedican profesionalmente a la narración oral, entendiendo por esto que más del 75% de su actividad económica viene de contar cuentos. De los que no lo tienen como su actividad principal, cierto es que un 37% ingresa por la N.O. entre el 50 y el 75%, lo que nos hace pensar que podrían estar en camino de dedicarse enteramente a ello.  

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A veces hay lugares que nos hablan bajito. Como de lejos. Su voz suena a susurro. Quizás sea su manera de asegurarse que nos llega repleta de un deseo con ganas de verse cumplido. ¿Os has pasado algo así? En mi caso, justo eso es lo sentía cada vez que pasaba por ese rincón del barrio antiguo de mi pueblo, Cardedeu. Era escucharla, esa voz, y en mi interior emergía un deseo imparable de ver ese espacio convertido en plaza. Una plaza llena de gente contando, escuchando, llevando la palabra de corazón a corazón. 

Yo estaba convencida de que las imágenes que se me aparecían en la mente imaginándome ese espacio convertido en plaza provenían de un deseo que yo había ido fabricando cada vez que oía hablar de otros países con plazas emblemáticas en las que contar allí formaba parte de una tradición ancestral.

Qué poco podía imaginarme el origen real de mi deseo. Pero no me quiero adelantar a la historia. Sigamos con la idea que, desde el primer momento que oí hablar de la plaza de Marrakesh, por ejemplo, y de las personas que se ponían allí a contar y a escuchar historias, provocara en mí un anhelo interno de tener una plaza así en Cardedeu. Y a pesar de sentir ese sueño bien vivo y presente, la verdad es que ahí se quedó, dentro de mí, formando parte de esa lista silenciosa de cosas que esperan hacerse realidad algún día. 

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Para mis amigas y amigos de AEDA, con gratitud.

 

Las historias son compañeras de viaje. Cuando forman parte del repertorio, nos siguen obedientes como si fueran las ovejas de un rebaño. Existe un flechazo inicial que hace que se elija para contar un cuento y no otro, tanto que se puede decir que quien narra es el primer destinatario de sus cuentos. A partir de ese momento, el relato se singulariza de tal modo que comienza a vivir dentro del cuentista y va soltando su substancia lentamente, a veces a lo largo de años. No son muchos los cuentos que acompañan hasta ese límite, pero algunos llegan a nuestra vida para quedarse, y son ellos los que nos habitan y en verdad los que nos cuentan. Cada persona es un cúmulo de historias, sin duda, pero los cuentistas tenemos la suerte de que nos sabemos más. Dejarse habitar por las historias que gustan me parece uno de los grandes privilegios del oficio de contar.

Es posible que la primera vez que tomé conciencia de la compañía que hacen los cuentos fuera con uno de Las mil y una noches titulado “Caso prodigioso de videncia”, Noche 351, que conocí por primera vez en versión del orientalista alemán Gustav Weil con el título de “Historia de los dos que soñaron”, recogida en la memorable Antología de la literatura fantástica (1). Algún tiempo después me encontré de nuevo con ella, esta vez en la versión de J. L. Borges incluida en su libro Historia universal de la infamia. Resulta fascinante observar las pequeñas modificaciones que cada uno de los autores adoptaron respecto al original. Resisto la tentación de extenderme sobre ello, y tan solo diré que el autor argentino copia en gran parte la versión de Weil, incluido el título, y también como él, cambia las ciudades del cuento: en Las mil y una noches el protagonista es de Bagdad y sueña que su tesoro está en El Cairo; y en la versión de Weil y Borges el hombre es de El Cairo y sueña su tesoro en Isfaján.

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