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Comencé mis primeros escarceos con la narración siendo maestra allá por los años 1980. Teníamos en el colegio todos los miércoles lo que llamábamos taller de narración. Un padre de un alumno, de profesión carpintero, nos hizo unas estanterías para el aula y cada uno traía los libros que tenía en casa. Así creamos nuestra biblioteca de aula. Leíamos y contábamos cuentos tradicionales a los que después, con la ayuda de Gianni Rodari y su libro Gramática de la fantasía, les añadíamos algún elemento nuevo y creábamos nuestros propios cuentos. Así surgieron “Caperucita en helicóptero”, “historias de antónimos”, entre otros. Les daba un título y los alumnos tenían que inventar una historia y contarla. También les entregaba párrafos vacíos que tenían que rellenar, historias a las que tenían que darle un final, y otras muchas que fotocopiábamos con la famosa imprenta de gelatina para tener todos las copias y nuestro propio libro de historias. También llevaba a mis alumnos a las bibliotecas públicas a escuchar cuentacuentos.

Recuerdo mi primer encuentro después de muchos años con mis alumnos de Getafe, que traían todos nuestro cuaderno de historias. Aquello me emocionó, yo que había llegado a la profesión de maestra un poco por casualidad (había estudiado Psicología pero me preparé las oposiciones de maestra con la intención de trabajar después como psicóloga), abandoné esa idea porque descubrí mi vocación: ser maestra.

En abril del año 2020 toda actividad cultural oficial y económicamente activa se había paralizado. Una pandemia, imaginada por escritores apocalípticos o productores de Hollywood lo detuvo casi todo.

En aquella incertidumbre de no poder avanzar, ni siquiera salir de la casa, con un futuro inmediato sin guion posible, miraba hacia atrás, al pasado, a lo vivido en esto de ser artista y gestor cultural y me reencontré con un camino de muchas vertientes y pude ver en cada tramo andado iniciativas extraordinarias que surgieron de artistas y gestoras culturales; pequeños proyectos que hoy en día, incluso en pandemia, sobreviven gracias a las raíces que han echado en sus comunidades. La primera impresión fue que nunca tendría el tiempo suficiente para contarlo, e inmediatamente me puse manos a la obra. Volví al viejo amor de la radio como medio para unir esos proyectos, para que más gente escuchara sobre ellos y que tuvieran eco en el mundo gracias a las nuevas formas de comunicación, en este caso, en formato de podcast.

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Para escuchar el programa haz clic en la imagen 

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Amor al arte es amar lo artístico que cada uno crea, es crear por la sensación misma de crear sin esperar nada a cambio más allá del placer mismo del acto creativo. 

La necesidad de crearse a sí mismo es una forma que tiene el arte de sobrevivir en cualquier etapa independientemente del factor económico. El arte se abre paso por las diferentes y variadas capacidades que tenemos de crear.

El amor al arte mantiene oficios puros en etapas en las que no están de moda y también permite crear proyectos originales que, aunque a veces requieren más esfuerzos que beneficios, favorecen la continuidad de una especie creativa diferente a la establecida.

Y mientras hacemos el amor al arte también nos reinventamos.

Muchas veces el arte está al servicio de un sistema social, económico o cultural. Donde hay dinero alguien pone su arte y se presentan proyectos, muchos proyectos. 

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Cuentan que es un momento oscuro para el planeta: el calentamiento global se acerca y las temperaturas suben. Los bosques se están quemando y el fuego arrasa las historias de los árboles y toda la flora y fauna que habitan dentro de esos ecosistemas. Y hay un tono de urgencia en la voz de los icebergs; se están derritiendo y necesitan soltar las historias que han estado congeladas en ellos desde tiempos remotos.

Y me pregunto ¿hay alguien ahí para contar todas esas historias? ¿Hay público para escucharlas? ¿Quién está escuchando los obituarios de las vidas de las personas en las culturas que están desapareciendo? ¿Dónde están los asistentes a los funerales de las especies que se están extinguiendo cada día? Si no hay quien cuente y escuche estas historias, es de verdad un momento oscuro para el planeta.

Pero también dicen que hace falta la oscuridad para ver las estrellas y es por esto que os quiero presentar dos iniciativas, dos estrellas que brillan con mucha intensidad: The Earth Stories Collection (La Colección de Historias de la Tierra) y la Red Global de The Earth Story Tellers.

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En lo que nos es posible alcanzar, el único sentido de la existencia humana consiste en encender una luz en las tinieblas del mero ser.

Carl Gustav Jung

 

La humanidad como especie surge de una gran oscuridad en la que, cuando la noche cubría la tierra, todo se volvía amenazante. Los sensibles seres humanos sentían su desnudez y el frío, y se espantaban con los aullidos de los lobos o los gruñidos de las fieras, que merodeaban cerca de sus rudimentarios refugios.

La conquista de la caza les permitió cubrirse y afrontar el frío, defenderse de los animales salvajes y vencerlos para alimentarse. Fue un arduo y difícil recorrido durante el que la vida de la especie más sutíl, estaba en un riesgo permanente, a merced de todos los peligros, de la intemperie y de la muerte. Durante esta conquista, este ser frágil se pertrechó de defensas que no procedían de su naturaleza, de su fuerza, ni de su poderío físico, sino de su inteligencia.

Hace unos meses escribía en otro boletín de AEDA sobre Cuentos para acompañarnos un voluntariado que iniciamos en el confinamiento para contar cuentos por teléfono a personas de colectivos vulnerables. Como coordinadora de la actividad junto con Elia Tralará, me pidieron que analizara su desarrollo. En este enlace se puede leer el artículo.

Con una red de 50 narradoras y narradores llamado a unas 80 personas semanalmente, nos planteábamos que podía ser un buen momento para reflexionar en profundidad y de repente me pide Jennifer Ramsay esta colaboración para el boletín. Para ello he puesto en práctica algo muy relacionado con nuestro trabajo: la escucha.

Este es un artículo tejido a varias voces, escrito a partir de testimonios de narradoras y narradores, en algunos casos formulado con sus propias palabras, a todas ellas les estoy agradecida.

Partiendo de la experiencia de que el voluntariado es una actividad de ida y vuelta en la que ambas partes reciben, incluso a veces quien se supone que da es quien más recibe, planteé tres preguntas. Quería saber qué les había aportado personalmente la actividad, si les había servido para llevar mejor el aislamiento y el momento del confinamiento más duro y qué era lo que más más les había sorprendido.

Mari Carmen

El pasado miércoles, después de que Jhon Ardila contara “El caminante mágico” una niña le gritó al despedirse:-Adiós, te quiero- . Yo, que desde que Diego Magdaleno me pidió que escribiese este artículo, estoy más observadora que nunca en las sesiones, tomé nota mental de este gesto porque me pareció de especial relevancia.

En la biblioteca de Dos Hermanas venimos contando cuentos desde 1983, como la biblioteca era entonces muy pequeña y no disponíamos de un lugar adecuado, empezamos en el interior de un viejo autobús que nos cedió la empresa Los Amarillos, cuando el tiempo lo permitía contábamos también en el jardín que rodeaba a la biblioteca, por entonces tirábamos de narradores voluntarios entre los que me encontraba yo misma en muchas ocasiones.

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