El amor al arte en la narración

Comencé mis primeros escarceos con la narración siendo maestra allá por los años 1980. Teníamos en el colegio todos los miércoles lo que llamábamos taller de narración. Un padre de un alumno, de profesión carpintero, nos hizo unas estanterías para el aula y cada uno traía los libros que tenía en casa. Así creamos nuestra biblioteca de aula. Leíamos y contábamos cuentos tradicionales a los que después, con la ayuda de Gianni Rodari y su libro Gramática de la fantasía, les añadíamos algún elemento nuevo y creábamos nuestros propios cuentos. Así surgieron “Caperucita en helicóptero”, “historias de antónimos”, entre otros. Les daba un título y los alumnos tenían que inventar una historia y contarla. También les entregaba párrafos vacíos que tenían que rellenar, historias a las que tenían que darle un final, y otras muchas que fotocopiábamos con la famosa imprenta de gelatina para tener todos las copias y nuestro propio libro de historias. También llevaba a mis alumnos a las bibliotecas públicas a escuchar cuentacuentos.
Recuerdo mi primer encuentro después de muchos años con mis alumnos de Getafe, que traían todos nuestro cuaderno de historias. Aquello me emocionó, yo que había llegado a la profesión de maestra un poco por casualidad (había estudiado Psicología pero me preparé las oposiciones de maestra con la intención de trabajar después como psicóloga), abandoné esa idea porque descubrí mi vocación: ser maestra.






