Tengo tendencia a divagar cuando hablo de palabras y música, así que voy a intentar centrarme y hacerme entender, sin perder de vista que éste es un mensaje subjetivo e íntimo. Hablaré de lo que significa para mí, en particular, crear y perpetrar un espectáculo de música y cuentos.

Los cuentos, creo yo, deben alterarse según las relaciones que establecen con quien los cuenta y con quien los escucha. Si quien los cuenta son dos personas con lenguajes diferentes, debe surgir una nueva voz y una nueva narración. Esta nueva narración, debe ser como una buena historia de amor: dura, frágil, y multifacética. Dura, en cuanto que potente y llena de sentido; frágil, en cuanto que delicada y vulnerable; y multifacética, en cuanto que admite múltiples maneras de expresarse: unas veces la música será banda sonora, otras la voz callará, algunas irán subrayándose acciones o atmósferas, en ocasiones la estructura será más musical que narrativa... Diferentes relaciones dentro de la relación. Todo ello, sin perder de vista, que estamos contando una historia.

Trabajar con música, y con músicos, no es gratuito. Tiene para mí un sentido ligado al tocadiscos que construyó mi padre cuando yo tenía tres años, o al enorme contrabajo que tocaba, o a aquella cassette de música brasileña que mi madre escuchaba, o la batería que sonaba incesante en la habitación de al lado desde mis once años, y sobre todo, a una vida entera cantando en la ducha (¡gran micrófono la “alcachofa” de la ducha!). 

Durante los años en los que me he dedicado a la narración oral, he colaborado con músicos excepcionales como Alfred Fernández, Joan Izquierdo, Dani Alegret, Fani Fortet, o Jaume Gispert. 

Con cada uno de ellos la manera de preparar las sesiones fue diferente e interesante, en cada actuación la música y los cuentos se relacionaban de maneras distintas. Sin embargo, aprovecho para citar una frase del propio Dani con la que estoy muy de acuerdo: “...no se trata de tocar piezas preciosas, de ser un virtuoso... Se trata de comprender el hecho narrativo, la acción, el público.” 

También he realizado experimentos con canciones y ruidos hechos con objetos de todo tipo (nueces, cajas de música, campanas, metrónomos, cascabeles, palos, monedas, etc.). 

Dicen que la música llega donde no llegan las palabras. Y viceversa, digo: las palabras llegan donde no llega la música. Y así podría enredarme en la música de las palabras o la narrativa de la música. Lo cierto es que la música ayuda a expresar abstracciones que costaría más expresar con palabras, y llega a profundidades a las que quizás solo el silencio llega. 

Patricia McGill

 

Este artículo se publicó con el Boletín n.º 8 de AEDA - Contar con música


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