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Lo monstruoso posee el estigma de una identidad deteriorada que se define en contraste con la norma establecida y que resulta desestabilizada por la desmesura, la carencia o el exceso frente a los otros seres. Lo monstruoso violenta la norma por su ontología, ya sea en el plano físico o moral, o incluso en ambos. El monstruo como antítesis del ser humano puede poseer una mutación, una deformidad, una ausencia o exceso en el número de partes - cabezas, brazos, ojos, piernas - modificación en el tamaño - gigantes, enanos…- los dobles o compuestos, los híbridos o la mezcla de sexos.

Aristóteles denomina “accidentes” a los “monstruos”, una palabra con la cual nombra los resultados irregulares del proceso de generación. Las irregularidades/desviaciones posibles pueden ocurrir en el proceso de gestación de un animal; los “monstruos” son una especie de “mutilación”. En este contexto la generación de las mujeres constituye para el filósofo una irregularidad o desviación necesaria de la naturaleza. Por tal razón, Aristóteles explica que lo natural es la preeminencia del principio masculino y los movimientos del semen sobre los de la materia en la reproducción, aunque la hembra es necesaria para la reproducción y conservación de las especies de los animales. Sin embargo, el filósofo afirma: “Y es que las hembras son más débiles y frías por naturaleza y hay que considerar al sexo femenino como una malformación natural”. Y así seguimos las mujeres en el imaginario colectivo hegemónico, como una malformación.

Aunque claro, también hay otras maneras de interpretar todo esto desde una mirada disidente, salvaje. Esto es, feminista. La delimitación de las características compartidas por las criaturas monstruosas, permiten “leer” a las culturas a partir de los monstruos que engendran. En un sistema social, cultural y simbólico heteropatricarcal, lo femenino se define por la carencia, por lo que no es o por lo que no tiene. Es así como las mujeres nos convertimos en la máxima otredad, en lo monstruoso. Y también, por supuesto, aquellos hombres que no siguen el patrón hegemónico, caucásico y heterosexual.

Lo monstruoso es causa de desorden por su presencia y acciones y no siempre se encuentra ligada a lo estético. En el imaginario de lo monstruoso, la monstruosidad aparece como algo extraño que amenaza y pone en peligro los valores, las creencias, la seguridad social y cultural. Por ello todo lo considerado “lo otro” siempre resulta sospechoso.

Así, lo monstruoso emerge como punto de intersección en las diversas narratologías, no solo como atributo de seres físicamente terroríficos sino como una categoría subversiva que se refleja en la otredad por el efecto caótico que causa en el orden social. Kristeva afirma que el miedo al Otro – en este caso a la otra - causa una profunda abyección, perturba la identidad, el orden, no respeta límites, ni lugares ni reglas. De ahí el disgusto y la repugnancia que produce. Es posible por ello, a menudo, identificar lo monstruoso, como el reflejo de los temores culturales proyectados sobre todo hacia lo extranjero y lo femenino.

A través de la historia y del desarrollo del arte, la representación de lo femenino monstruoso ha estado presente en mitos, novelas, películas y obras plásticas de todas las culturas y de todos los tiempos. Ya sean esfinges, sirenas, gorgonas o mujeres devoradoras de hombres (entre otras representaciones), todas las imágenes y narraciones las describen, frecuentemente, con atributos asociados con lo animal: garras, colas de pez; serpientes, en lugar de extremidades; vaginas dentadas…Un universo de seres cuya característica común es su capacidad de poner en peligro a la comunidad.

José Miguel G. Cortés en su inspirador ensayo “Orden y caos, un estudio sobre lo monstruoso en el arte”, afirma: “La existencia de monstruos femeninos dice más de los miedos masculinos –entre otras cosas porque han sido los hombres quienes los han creado– que sobre los deseos de la mujer o la subjetividad femenina. Es decir, que estos monstruos dan cuenta, en primer lugar, de un sagrado y gozoso temor masculino de ser infectado de feminidad: de ser devorado y castrado; y, en segundo lugar, son testimonio de cierta disidencia femenina en relación con la disciplina patriarcal, mujeres al margen de la obediencia complaciente respecto del hombre, en la cual ella debería ser la hija obediente, la esposa complaciente, la madre sacrificada…”

Aunque en los relatos que nos ha legado el imaginario colectivo, es habitual encontrar mujeres “normales”, como la hija, la madre, la mujer… de, no es infrecuente que muchas mujeres que se “significan” con voz propia dentro de una historia, sin poseer atributos “monstruosos”, se presenten como las causantes de múltiples desgracias, al haber transgredido una prohibición. Desde Eva que comió el fruto del árbol del conocimiento hasta Helena de Troya que irrespetó el vínculo matrimonial pasando por Pandora cuya curiosidad le llevó a abrir el ánfora que contenía todas las plagas que se liberaron contra la humanidad, todos estos personajes femeninos están asociados al pecado, a la aparición de enfermedades, de la guerra o de la muerte. La transgresión en los hombres los convierte a ellos en héroes. La transgresión en las mujeres nos convierte en monstruas.

Es esta posición transgresora, la que nos convierte en lujuriosas, descontroladas, lascivas, insaciables, malas madres, malas hijas, adúlteras… Estas versiones femeninas díscolas, disidentes, quedan fuera del orden masculino por lo que el discurso heteropatriarcal construirá imágenes de ellas que las consagren como bestias, depredadoras de hombres y asesinas de criaturas recién nacidas.
Ya en la literatura griega arcaica encontramos las primeras menciones de la creación cosmogónica de los monstruos en la tradición mítica de Hesíodo (VII a.C.) en el relato de la Teogonía. La imagen de Gea como madre nutricia posee una faceta ambivalente como creadora y destructora de vida. La madre tierra es la fuente de todas las potencialidades de vida del Cosmos y de ella surgen también seres monstruosos con un carácter divino, descendientes de fuerzas primigenias abstractas y físicas. Este mismo arquetipo está presente en diversas mitologías, donde el principio creador femenino se identifica con la potencialidad de ser enorme, desmesurada en tamaño, prodigiosa, inmanente, dadora de vida y al mismo tiempo, espantosa y monstruosa. El cuerpo inmenso que posee es el locus donde viven los monstruos dentro del mundo. Nuestra Amalurra (Madre tierra) euskalduna sueña todo cuanto existe. Y los seres de la oscuridad son fruto de sus pesadillas. En lo referente a Gea, en su intimidad más profunda se encuentra el Tártaro –el gran abismo, la sisma– el lugar donde Urano esconde a los hijos monstruosos que engendra con ella. El encierro de los embriones procreados hace que se acumulen y sufran una mutación por falta de espacio (Cíclopes, Centímanos, Gigantes). La ira de Gea produce también la creación de los monstruos y acciones monstruosas como la incitación a la castración de Urano que representa no solo el levantamiento del hijo contra el padre sino de lo femenino frente a lo masculino. El principio femenino primigenio es monstruoso en el aspecto físico y en la actitud.

La maternidad es sin duda una de las inquietudes intrínsecas a la idea de lo femenino monstruoso. La madre que engendra deformidades o la que abandona o mata a sus hijos es el monstruo femenino por excelencia.

El reto del estereotipo de la monstruosidad femenina, se relaciona con la amenaza que representa abandonar la sumisión y afirmar las demandas y deseos en contra de la normatividad. La mujer monstruosa es desconcertante en su extrañamiento de lo femenino. Ella se convierte en fuente de temor que seduce y causa fascinación por el peligro que representa.

La percepción de la identidad femenina aceptada culturalmente señala como negativos ciertos comportamientos sociales que se asocian con las identidades de género relacionadas con el cuerpo, aunque su vínculo es simbólico en la medida que se expresan a través de las imágenes mentales como las representaciones culturales que forman parte del universo simbólico y de la ideología dominante existentes en una sociedad.

Al abordar lo femenino como categoría asociada con lo monstruoso es posible comprender algunas lecturas que se le hacen al cuerpo de la mujer, construidas a través de la historia desde y por los hombres, partiendo de una posición en la que lo femenino y lo masculino han sido comprendidos como dos valores opuestos. A través de algunos relatos hegemónicos, se legitima entonces el cuerpo de las mujeres como territorio de conquista donde la violencia está permitida, por nuestro bien, para educarnos. Si nos descubrimos siendo un cuerpo deseante, desmedido y estéticamente divergente somos tachadas de monstruas. Muchas mujeres podemos llegar a vivir nuestro cuerpo como algo ajeno por miedo a tropezarnos con algo monstruoso en él. Estamos realmente colonizadas y domesticadas. Hemos interiorizado el odio a nuestro propio cuerpo. Y como el cuerpo es algo que somos, hemos aprendido a odiarnos. Abrazar las monstruas que llevamos dentro es en ese sentido, cuando menos, algo liberador.

Bajo la mirada heteropatriarcal, lo monstruoso femenino tiene que ver al mismo tiempo con la seducción, la ostentación de poder de la mujer y el miedo a la castración. Algunos ejemplos serían Medusa o las sirenas en la tradición griega, o la figura histórica de las brujas. Pero también se conecta con la falta de abnegación y entrega al rol de esposa o madre.

Son muchos, sin embargo, los relatos ancestrales que no han logrado escapar de la desconcertante mezcla de terror-fascinación que producen personajes femeninos terribles que reclaman sin tregua la inclusión de lo femenino sagrado dentro del imaginario colectivo. Luego de siglos de manipulación y “adecuaciones”, generadas tanto por la cultura que las originó como por las que después las retomaron, con el afán de descalificarlas o manipularlas en beneficio de la ideología predominante, las monstruas siguen haciendo gala de una inmensa vitalidad y los afanes de la domesticidad cultural y de lo políticamente correcto, no sólo no logran aniquilar su poder, sino que, debajo de todos los velos, permiten que siga latiendo su fuerza inherente e invitan a descubrir lo que ocultan a quien tenga la voluntad de hacerlo.
Una aproximación desde el feminismo y la perspectiva de género considera el fenómeno de la violencia simbólica, como un factor social, identificado con las desigualdades del género y las identidades, donde existe una devaluación de lo femenino. Todo tipo de violencia: física, sexual, económica, psicológica… germina en primera instancia en el terreno de lo simbólico. El lenguaje no es neutro, está cargado y tira a dar. Existen discursos terribles que incitan al odio de lo que es diferente, de lo que no sigue la norma. Hay versiones oficiales y una Historia en mayúsculas para cosificar al otro, para convertirlo en un monstruo o en un enemigo. Y hay versiones. Historias orales, en minúsculas y al mismo tiempo inmensas. Diversidad de puntos de vista, de estrategias, de itinerarios y de reparaciones en el imaginario colectivo, a partir de un mismo conflicto.

Por ello, narraciones de la tradición oral representan una de las fuerzas más vitales de la cultura y reflejan los miedos, las contradicciones y las polaridades donde la representación de la lucha entre lo femenino y lo masculino, constituye siempre una de las mejores metáforas de la búsqueda de unión de los contrarios: razón y emoción, luz y oscuridad, fuerza y sensualidad…

Las historias de tradición oral son las guardianas de lo simbólico, de una sabiduría ancestral y necesaria. Constituyen uno de los mejores caminos para tratar de comprender nuestra relación y lugar en el mundo; vínculo que sigue escapando del análisis unívoco de los abordajes racionales y al pie de la letra, que se afanan, inútilmente, en negar el misterio, lo numinoso y lo telúrico que nos vincula con las fuerzas esenciales de la naturaleza y de la vida asociadas a lo femenino.

Los cuentos, los mitos, las leyendas son representaciones simbólicas –de carácter polisémico– que desbordan cualquier intento de clasificación y domesticación. Son capaces de maravillarnos ante los enigmas y las infinitas posibilidades de la existencia y la expresión humana. Lo monstruoso y muy particularmente lo monstruoso femenino es siempre una invitación a la subversión y a la resistencia poética. Una oportunidad de trascender y reconciliar los aparentes opuestos. ¡Larga vida a las monstruas…!

Virginia Imaz Quijera.

Este artículo forma parte del Boletín n.º 94 - Lo monstruoso


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