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En lo que nos es posible alcanzar, el único sentido de la existencia humana consiste en encender una luz en las tinieblas del mero ser.

Carl Gustav Jung

 

La humanidad como especie surge de una gran oscuridad en la que, cuando la noche cubría la tierra, todo se volvía amenazante. Los sensibles seres humanos sentían su desnudez y el frío, y se espantaban con los aullidos de los lobos o los gruñidos de las fieras, que merodeaban cerca de sus rudimentarios refugios.

La conquista de la caza les permitió cubrirse y afrontar el frío, defenderse de los animales salvajes y vencerlos para alimentarse. Fue un arduo y difícil recorrido durante el que la vida de la especie más sutíl, estaba en un riesgo permanente, a merced de todos los peligros, de la intemperie y de la muerte. Durante esta conquista, este ser frágil se pertrechó de defensas que no procedían de su naturaleza, de su fuerza, ni de su poderío físico, sino de su inteligencia.

 

Y en aquellos albores remotos del nacimiento de la especie, surgió el deseo y la necesidad de simbolizar. Podemos estremecernos con los latidos de belleza que nos dejaron en cuevas como la de Altamira. Estos seres humanos ávidos de belleza, crearon el arte y descubrieron el fuego. Y en aquella noche de los tiempos, alrededor de la hoguera, empezaron a contarse historias, a decirse unos a otros sus sentimientos y sus anhelos, pues ese afán por comunicarnos, por hablar de nosotros mismos, por contar con un testigo privilegiado, es una de las necesidades más potentes del ser humano. El inmenso afán de contar.

Así empezaron a inventar ficciones, pues hablar de uno mismo requiere simbolizar e imaginar. Ficciones en las que homenajeaban a los astros esplendorosos que brillaban en el día y en la noche, esos astros que acompañaban su caminar errático, en el que no veían adónde iban, en el que esas luces fueron las primeras señales de un recorrido incierto y estremecedor en la lucha por la supervivencia.

El fuego y los cuentos son dos de los grandes descubrimientos de la especie humana. Los seres humanos se cobijan del frío y de la amenaza de las fieras salvajes, con pieles y refugios, en cuevas que son el origen de las casas. Y también, de manera igualmente imperiosa, necesitan expresar su angustia, su soledad, su indefensión, y sus experiencias iniciáticas. Frente a la inmensidad y la muerte, a través de las historias, cuentan a tientas, en la infinita noche de los tiempos, el testimonio de su aventura, de sus infortunios y de sus alegrías, de sus hallazgos, y de su deseo de trascender.

Desde su origen el ser humano imagina, inventa. Las pinturas de Altamira son una creación que trasciende los bisontes y los toros representados, y nos hablan del instante inaugural y sagrado en el que la fantasía y la imaginación crean verdaderamente el mundo.

Si pudiéramos rastrear las primeras historias que inventaron los seres humanos primitivos, ¿cuáles serían sus temas primordiales? Los estudiosos nos dicen que la primera obra que puede ser considerada un antecesor de los cuentos de hadas es el poema de Gilgamesh. En esta historia encontramos un viaje iniciático, que es el origen remoto de los cuentos de hadas y uno de cuyos temas esenciales es el de la búsqueda de la inmortalidad.

Podemos también adentrarnos en los mitos de creación de las diferentes culturas. En nuestra cultura judeocristiana, el Génesis nos habla de la creación del mundo de manera bellísima, de cómo de las tinieblas surge la luz. En esos mitos encontramos también los mensajes que iluminan la noche de un cosmos en el que con los cuentos se está creando un testigo trascendente, que, de no ser Dios, al menos es el ser humano que puede seguir vivo de alguna manera a través de las historias que transmite de generación en generación.

Este deseo de belleza, de expresión, de contar la propia vida, le da una dimensión que la vuelve si no superior, al menos igual de poderosa que la muerte. Los cuentos se crean para hablarnos de otra dimensión y para consolarnos por nuestra fugacidad y nuestra vulnerabilidad Los cuentos nos acompañan en la noche. Iluminados por los astros y por la luz del fuego y resultan ser una luz en el cosmos del inconsciente, en la original noche cósmica, desde un alma total que estuvo desde el origen, muchísimo antes de que apareciera la conciencia del yo.

En la oscuridad original de la creación, surge la luz de este alma total que va revelándose a través de los símbolos, a través de los cuentos trascendentes que aparecen como potentes luces en la noche de los tiempos y se mantienen hasta nuestros días. Porque los cuentos, como los sueños, son una revelación de la psique total y por lo tanto, nos hablan de aquello que ha estado siempre lleno de significado a lo largo del recorrido de la humanidad. Estas historias que se expresan a través de metáforas, de imágenes y de analogías, son maestras de una lengua profunda de los seres humanos, la lengua de los símbolos. Estas creaciones que nos muestran misterios no completamente reconocidos por la conciencia y que, al mismo tiempo, nos conmueven poderosamente, nos dan a entender que aunque no podamos darnos cuenta completamente de estos contenidos, sí podemos ser conscientes de lo valiosos que son para permanecer vivos de una manera profunda, y para dar sentido a nuestra vida.

En esta lengua de los símbolos van a surgir los cuentos de hadas, llamados así porque están conectados con un universo que no es el de la realidad propiamente, es decir, no es el del mero ser, sino que habla de la incursión de sus creadores y sus contadores en una dimensión mágica en la que todos esos elementos otrora desconocidos y oscuros en los albores de la humanidad, van apareciendo como imágenes iluminadas que acompañan el recorrido de la especie y de cada persona.

Nos encontraremos con bosques llenos de misterios, de peligros y de secretos, en los que se pierden los niños o que algunos jóvenes deben atravesar para llegar a cumplir las tareas que podrán romper el hechizo que mantiene un reino entero convertido en estatuas. Si hacemos un recorrido por los cuentos, en casi todos ellos vamos a encontrarnos con el bosque. El bosque en los cuentos de hadas es un símbolo. Como otros, hunde sus orígenes en auténticos bosques geográficos. Los bosques son espacios salvajes, no civilizados, llenos de naturaleza y de vida animal. Sabemos por Vladimir Propp que los rituales iniciáticos de las culturas primitivas de clan tenían lugar en una casita aislada en el bosque, es decir alejada de las viviendas de la comunidad

En estos recorridos por los bosques, que nos hablan de viajes iniciáticos, que es uno de los temas esenciales de los cuentos de hadas, los héroes y heroínas van a perderse, van a ser abandonados, van a padecer hambre y frío, van a extraviarse una y otra vez, sacudidos por vendavales y lluvias que van a hundir sus pasos en el barro y van a hacer que no encuentren ningún camino y den vueltas en el mismo bosque, atrapados en su noche y en la adversidad de los elementos de la naturaleza, y que estén a merced de los lobos y las fieras salvajes, hasta que ocurre un hallazgo maravilloso. El más bajito y pequeño de los hermanos, Pulgarcito, se encarama a un árbol muy alto para tratar de ver un camino que les permita avanzar, cuando, así, desde lo alto, puede divisar a lo lejos, la luz tenue de una candela, que, desde ese momento va a guiar sus pasos.

Así los cuentos nos están hablando del viaje de la humanidad por la noche oscura de la supervivencia y nos están revelando cómo el ser humano accedió a la luz de la conciencia, al inicio del desarrollo del conocimiento y de la sabiduría. En medio de esta oscuridad, encontramos una luz. Ya nos lo dice Jung con su sueño:

Tuve un sueño que me asustó y me animó a la vez. Era de noche, y me encontraba en un lugar desconocido. Avanzaba con dificultad contra un fuerte viento. Una densa bruma lo cubría todo. En mis manos en forma de copa, tenía una débil luz que amenazaba con extinguirse a cada momento. Mi vida dependía de esta débil luz, que yo protegía preciosamente. De pronto, tuve la impresión de que algo avanzaba detrás de mí. Miré hacia atrás y percibí la forma gigantesca de un ser que me seguía. Pero, al mismo tiempo, fui consciente de que, a pesar de mi terror, debía proteger mi luz a través de las tinieblas y contra el viento. Al despertarme, me di cuenta de que la forma monstruosa era mi sombra, formada por la pequeña llama que tenía encendida en medio de una tormenta. Sabía también que esta frágil luz era mi conciencia, la única luz que poseía. Enfrentada al poder de las tinieblas, era una luz, mi única luz.

Desde tiempos inmemoriales los cuentos han sido nuestros acompañantes por el cosmos y por los bosques de la existencia. Así, nos cuentan, por ejemplo, que el reloj del crecimiento se pone en marcha y que hay un cabritillo pequeño que sobrevivirá a la fiera salvaje que irrumpe en la casa, y podrá rescatar, junto con su madre, a sus seis hermanos devorados. Y también nos cuentan que podremos recibir una capa de una suavidad suprema, como el agua primigenia anterior al nacimiento, y como la piel que nos dio la bienvenida al mundo y nos fue permitiendo crear nuestra primera autoimagen en el vínculo de piel a piel.

Los seres humanos fueron creando estas historias, habiendo estado muy cerca de la muerte o habiendo sido testigos de todos aquellos que sí fueron devorados, o de los que nunca pudieron experimentar la ternura de unos brazos y un regazo. Aquellos que se salvaron de la muerte, aquellos que sí recibieron la capa, pueden plasmar su experiencia y legársela a otros, que podrán reconocer su propia vivencia o que podrán beber de esa fuente y acceder a ella, aunque en sus vidas no estuviera presente.

Contamos nuestros anhelos y descubrimientos más profundos, aunque estemos a oscuras, aunque lo que nos espera sea la muerte. Los cuentos de hadas nos han acompañado y nos seguirán acompañando siempre, encendiendo una luz inextinguible en las tinieblas del ser.

 

El niño miraba la luna llena brillando desde su cama, y podía sentir la calidez de la manta con la que acababa de arroparle su madre, después de contarle un cuento. Ya solo en su habitación veía también las luces de las estrellas y las constelaciones fosforescentes en el techo. Antes imaginaba sombras que le asustaban y que le impedían dormirse. Se le empezaban a cerrar los ojos recordando que su madre le había contado que la casita del Cerdito Mayor no iba a poder ser derribada por el lobo.

 

Escrito por Irene Henche Zabala
Psicóloga Clínica, Psicodramatista y Psicoterapeuta. Autora del Psicodrama Simbólico Junguiano.

Este artículo forma parte del Boletín n.º 88 - Luz en la oscuridad

 


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