“Un hombre cuenta sus historias tantas veces que al final él mismo se convierte en esas historias, ellas siguen viviendo cuando él ya no está, y de este modo, el hombre se hace inmortal”

Esta frase se encuentra en el guion de la película Big Fish de 2003 dirigida por Tim Burton, y escrito por uno de sus colaboradores habituales John August, que adaptó la novela de Daniel Wallace (Big Fish: Una novela de proporciones míticas).

El elemento principal de la historia es el intento de reconciliación de un padre viejo y enfermo, hacia su hijo. El padre narra desde su punto de vista momentos de su vida, mezclando la realidad con una supuesta ficción. El hijo piensa que su padre solo cuenta fantasías exageradas, por lo que se siente molesto con él. Aunque el padre realiza la función de cuentacuentos desde el concepto tradicional de la narrativa.

Según el autor Daniel Wallace, “La búsqueda del padre es ser un gran pez en un gran estanque, y la búsqueda del hijo es ver a través de sus cuentos fantásticos”.

Lo que nos cuenta el guionista August difiere un poco de la novela ya que, según él, se basaron en la película La princesa prometida para intercalar la realidad con la ficción, aunque ambas narrativas, guion y novela, tienen un elemento en común: el viaje del héroe. Daniel Wallace es un fanático seguidor de Joseph Campbell, el autor de libros como El héroe de las mil caras, que ha servido de inspiración a cientos de libros y películas como toda la saga de Star Wars. Campbell, basándose en la tradición, cuentos, leyendas, folclore y, sobre todo, en la mitología, creó una serie de arquetipos para la narración de historias. 

Es tal el seguimiento de Campbell, que en Big Fish, aparece el libro El héroe de las mil caras en una escena en la mesita de noche del protagonista y, como si fuera la mismísima Sherezade, el protagonista nos lleva de la mano con sus historias "absurdas" aludiendo a nuestra imaginación y sensibilidad, con momentos felices, amargos, terroríficos, dulces, e incluso épicos.

Esto no es nada nuevo, ya que en el cine se lleva aplicando casi desde que existe, y las historias se componen de una serie de elementos que las estructuran de tal forma que causen interés y emoción. Aunque no todas lo consiguen. En historias como Big Fish la narración alternada de fantasía y realidad crea expectativas. Como en La princesa prometida, en la que un abuelo le cuenta un cuento a su nieto enfermo y administra la emoción y la aventura como le conviene para captar el interés del chico.

Aunque en Big Fish escuchamos las historias del padre cuentista que hace la función de mentor, en realidad nos situamos del lado del hijo, como espectadores, con el que nos identificamos, sentimos el mismo desapego e incredulidad, para que, al final, nos administren una dosis de “fantástica realidad”, ya que no todo era falso, sino simplemente un poco exagerado. En este caso el protagonista realiza las dos funciones: de héroe cuando es joven y de mentor en su vejez. El héroe se convierte en leyenda a través de la narración de sus historias y conflictos y, como decía el protagonista de Big Fish: “No soy más que una nota a pie de página en esta historia”.

 

                             Gustavo Fuertes

 

Este artículo forma parte del Boletín n.º 80 - El narrador llevado al cine

 


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