Recogida Mallou opt

En en Castro de Mallou

Hay una palabra en gallego, “leirear”, que define perfectamente algo que adoro hacer. Coger mi Andariega y perderme por los caminos, siguiendo las indicaciones de la curiosidad. De una leira a otra.

No sé si con mi Micra he recorrido tantos senderos como la Andariega original de Javier Villafañe, pero doy fe de que lo intento.

En este oficio nuestro, muchos son los km y a cientos se cuentan los carteles indicativos que nos llevan a destino.

Muchos de ellos, por no decir todos, cuentan una historia que muchas veces no valoramos o “aprovechamos” en su justa medida.

Ávidos como estamos siempre de historias para contar, muchas veces no vemos que tenemos a mano un tesoro.

La tierra es un palimpsesto que a poco que rasquemos habla, canta, narra, ¡vive!

Los topónimos no solo nos dan una valiosa información geográfica plena de significado, sino que están llenos de contenido semántico y simbólico.

Los nombres geográficos no solo tienen la capacidad de conectar descripciones e ideas sobre el territorio, sino que también son etiquetas emocionales que nos retrotraen en el tiempo y el espacio a historias y hechos que identifican y distinguen a las personas que allí viven.

En los últimos años se ha empezado a poner en valor el hecho de que los topónimos son un tesoro inmaterial en el marco patrimonial y en el propio lenguaje.

La toponimia es el hilo conductor que articula la lectura y la interpretación del territorio, siendo su manifestación únicamente oral.

Los narradores orales trabajamos con patrimonio inmaterial, ¿cómo no enamorarnos de los topónimos? ¿Cómo no leer el territorio como un gran mapa donde las historias se superponen, capa a capa?

El imaginario tiene su geografía, y una guía de viaje infalible es conocer como se nombra cada lugar, ciudad, pueblo, cada piedra, curva de río, bosque, sendero, fuente…

Eduardo Martínez de Pisón dice que “Si no salvas tu paisaje, te pierdes.” Y no se puede salvar aquello que no se conoce.
En estos tiempos de alertas climatológicas, la memoria es también una herramienta de lucha.
En los Trazos de la Canción, Chatwin nos cuenta como los aborígenes “cantan” su territorio, lo sueñan “tjukurrtjanuy” y lo narran. Hay lugares que se vuelven sagrados por tener una historia. Por eso no aceptan que el ferrocarril pase por encima de un cerro donde se nace, de una llanura donde te puedes enamorar o de un árbol al que ir a morir.
Nos hemos habituado, tristemente, a ver que la piqueta fatal del progreso borre del mapa, pueblos enteros, desvíe cauces, o perfore montañas.
El mapa pierde un Puente del Caballero por un centro de tal, el cerro de la Enamorada pasa a ser la vía de cual y ante cada topónimo borrado, perdemos decenas de historias.
Por eso urge defender, documentar y recopilar todos los trazos de nuestra historia en el territorio.
Esa defensa no nos hace localistas, nos hace universales, conocer lo pequeño que nos rodea, permite narrar hasta lo más fantástico con la veracidad de contar desde el espacio que habitamos.

Los seres humanos hemos dejado siempre huellas de nuestra existencia.
Pocas cosas me han sorprendido y emocionado más, que estar en una excavación arqueológica y en el momento en que el paletín cambia de sonido al rascar la tierra, escuchar que alguien dice; estamos en el nivel de ocupación. En ese momento, mi cámara registra el cambio de color en el suelo y mi nariz se impregna de algo que solo puedo explicar con aquella frase de madres cuando abrían nuestro dormitorio adolescente y exclamaban: ¡aquí huele a humanidad!

He estado en yacimientos que cuando se llega al nivel del suelo que fue pisado por última vez hace dos mil años, aún huele a humo, a comida, a personas…

En esos momentos todo el mundo se queda en silencio, mirando a la tierra, pidiéndole que hable, que nos cuente de quien allí estaba y salvo excepciones, la tierra habla y cuenta.

Lo maravilloso es que, en los últimos años, la arqueología, que solo se preocupaba de cavar y leer lo material (¡que no es poco!) ha sumado el estudio e investigación del entorno geográfico y humano.
Entra entonces en juego la toponimia y la tradición oral.
El mapa del imaginario se superpone al real. ¡Y coincide!
Es maravilloso entonces, recorrer las casas de la zona y hablar con los vecinos y vecinas y descubrir a lo largo y ancho del territorio las mil historias que hay detrás.
Un ejemplo.

Estaba trabajando por la zona de Carnota, en Galicia, era una campaña de verano en el castro de Mallou. A unos cientos de metros del yacimiento, la aldea. Algo que sucede en casi todo el mundo, si miras a lo alto del monte que hay cerca de un núcleo urbano, allí hay vestigios de ocupación anterior, sea un castillo, un poblado prehistórico etc y debajo la nueva aldea, pueblo o ciudad. Seres humanos que simplemente un día bajaron a la zona de mejores tierras y aguas. Averiguar el porqué, siempre nos lleva a un relato maravilloso.

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Como decía, estaba colaborando en la excavación que dirigía el arqueólogo Antón Malde, mi rol, además de registrar fotográficamente todo, era recorrer la aldea, para escuchar su versión del lugar, sus historias, sus inquietudes.
Como suele suceder en Galicia, luego de comprobar que yo era de “la gente que está excavando ahí arriba” me pasaban a la cocina y ahí entre fogones, viajaba en el tiempo.
Siempre he creído que mientras hemos cocinado a fuego lento, aquellas comidas que llevaban horas, hemos contado. De forma natural, hemos contado la vida y la vida nos ha contado a nosotros.
Luego llegó el microondas y todo son prisas.

Con esas mujeres descubrí las historias escondidas en la piedras del Monte Pindo, el Olimpo de los dioses Celtas, me enteré de la cama de oro de la reina Lupa, aquella que recibió al apóstol Santiago con un dragón y se volvió católica cuando los discípulos lo derrotaron con unos bueyes, supe de la Rampoña, esa mujer mariposa negra de uñas largas como garras, de los piratas que atacaban a la gente, de los “mouros” y su caballito de oro, de cómo curar con helechos o como saber si el que te pretendía valía la pena o no, sin perder la pureza. Recetas para el día de San Juan, como usar el calor del hueco de las piedras para hacer pan, de la bruja al pie de la cascada, de la virgen que vigilaba las aguas de regadío...

Mujeres que conocían todos los caminos, porque los habían recorrido con las cestas de pescado en la cabeza o con los carros llenos de maíz o centeno que molían de forma comunitaria, mientras cantaban y contaban.
Durante semanas mantuve conversaciones invalorables.
Una de ellas, Palmira, me preguntó si era arqueóloga, cuando le dije que no, ella me dijo: -Sí que lo eres, arriba excavan piedras, tu excavas en la memoria.
Desde aquella intento recorrer el territorio, descubriendo el mapa del imaginario.
He ido aprendiendo que no basta con ir un día a escuchar, es un trabajo de mucho tiempo, es una relación de confianza que no podemos traicionar.
Tenemos que ser meticulosos en la forma y en el contenido.
Respetuosos, enamorados y rigurosos. Muchas veces trabajamos con paleotopónimos, metahistorias e intrahistorias, tenemos que saber preservar esa geografía y hacerla convivir con la actual. No la podemos alterar, pero tiene que ser contada de manera tal que quien escuche, tenga la sensación de que está utilizando un georadar que le permite viajar en el tiempo con un mapa infalible, el de las historias narradas por las personas que habitan ese paisaje.

Y no todo se puede contar, por respeto, porque hay personas que así te lo piden, porque hay sucesos que aun hieren, pero todas esas historias, bien documentadas, son el abono, el cimiento desde donde podemos contar lo que nos pida el cuerpo.
Trazando un mapa con las coordenadas correctas, si no, nos puede pasar lo que cuenta Humberto Eco sobre Alvaro Mendaña de Neira que llegó en 1567 a las islas Salomón, en su primer viaje cogió tesoros, había tantos que quiso regresar, pero nunca lo consiguió: no apuntó en su bitácora las coordenadas exactas.

Soledad Felloza

Este artículo forma parte del Boletín n.º 79 - Antropología y narración oral


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