Había una vez una majada, un fuego, una vieja voz  llenando la estancia de historias venidas de lejos, de tiempo atrás, del relato de aquellos que desaparecieron para siempre, de quienes sólo se encontraron las alpargatas, engullidos por la noche más negra y las bestias que la habitan. Historias de cabritillas devoradas, de cuevas y embrujos, de colmillos afilados hincándose en carne tierna. Había un niño que escuchaba, y una niña que no volvía, un cencerro marcando minutos, un  ladrido… y el aullido atravesado que erizaba todas las pieles. Había, sobre todo, un miedo atroz a quien sustraía ovejas dejando a su paso un reguero de sangre, también un temor atávico a lo desconocido, y el deseo de aleccionar para hacer obedecer, el castigo a quien sale cuando no debe: el terror como estrategia para el adecuado seguimiento de las normas morales que prohíben abandonar el camino marcado. 

Había una vez, cuentan, un animal, amo y señor de montes y bosques, tan grande, tan grande que no se podía borrar; imbatible. Había una vez el lobo, el asesino, la encarnación del demonio, la criatura de mayor peso en la tradición oral de la Península Ibérica, el que resiste contra todos incluso allá donde hace siglos que desapareció. Tal es su fuerza, la de su potente presencia, su simbolismo aún. No hay animal capaz de arrebatarle sus tronos: ninguno tan odiado, ninguno tan perseguido, ninguno tan venerado. No hay animal capaz de jugar su papel, de estar sin estar, presente sin existir, tal y como lo hace el lobo. 

Si las historias nos ayudan a comprender el mundo y nuestro lugar en él, es de recibo que éstas cambien al ritmo de ese mundo y asuman contar también que el lugar que nos corresponde hoy ya es otro. Y es que es ingenuo, tanto como peligroso, creer que todo aquello que contamos no tiene una influencia real y directa en la conservación de los animales que protagonizan esas historias. La tienen, y ello acarrea  una parte de responsabilidad sobre quien las cuenta. Nuestro sistema de creencias condiciona considerablemente nuestra actitud respecto a otros animales, y es por ello que el papel que ha jugado –que sigue jugando- el lobo en la tradición oral debe ser tomado en cuenta no sólo para entender que los problemas a los que se enfrenta la especie tienen unas raíces profundamente culturales, sino también para tratar de cambiarlo. 

Si la mala noticia es que la percepción negativa que la tradición oral ha transmitido del lobo se asienta sobre siglos, la buena es que todas sabemos del enorme poder transformador de los cuentos y de la capacidad de la oralidad para la transmisión de mensajes que calen hondo. Nadie dice que sea fácil, pero podemos elegir qué contamos, qué queremos contar, y construir lenta pero firmemente una nueva percepción del lobo, más real y menos maligna. Debemos renunciar a la dicotomía entre animales buenos y animales malos, a esa división según lo beneficiosos o dañinos que sean para las personas y en la que se envilece al depredador al tiempo que se resalta la inocencia y la pureza de la oveja. 

No dejemos de buscar –porque existen aunque no sean las más numerosas- aquellas historias en nuestra tradición oral en la que el lobo actúa como protector, en las que ayuda a los caminantes perdidos, en las que arropa niños extraviados… o historias en las que los lobos están y nada ocurre más allá de que sean, sencillamente, lobos. 

De los atributos que la antropomorfización a nuestro antojo ha dotado a la criatura, podemos escoger aquellos que no la envilecen sino  que más se aproximan a su realidad. Incluso, puestos a que el lobo mantenga su estatus de símbolo, resaltar aquellas atribuciones positivas más propias del siglo en que vivimos y que hablan de libertad del individuo, de no acatar las convenciones, de empatía y sentido de lo justo, de la importancia de la manada pero también de la posibilidad plena del solitario. 

De las narradoras depende la construcción de ese nuevo relato que el lobo nos exige, al que el lobo nos interpela desde su posición de desventaja avivada desde que tenemos memoria. Sólo así habrá una vez una majada, un fuego, una vieja voz llenando la estancia e historias venidas de lejos… y cuando fuera tras el cencerro y el ladrido se atraviese en la noche oscura el aullido, las pieles no se erizarán de miedo, de terror: lo harán de emoción. 

Àgueda Vitoria

Este artículo se publicó en el Boletín n.º 66 de AEDA – ¡Que viene el lobo!


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