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Muerte que no mueres en tanto que haya vida.
Muerte parto inverso... Ay, muerte de mi vida
Luis Eduardo Aute

No hace mucho tiempo, hombres y mujeres celebraban la muerte tanto como la vida. Cuando un niño nacía, se le vestía con un trajecito y se mostraba a la comunidad; cuando un anciano moría, se le vestía con su mejor traje y se mostraba a la comunidad. En ésta, su primera noche de muerto, se le acompañaba para que no estuviera solo en su nuevo estado, también se acompañaba a sus familiares: «Te acompaño en el sentimiento», se decía a los que lloraban la pérdida. «Velatorio» se llamaba a esta fiesta porque todos los que allí estaban velaban, es decir, estaban despiertos, acompañándose y compartiendo los sentimientos. En estas reuniones, a veces las mujeres mayores, las viejas, contaban cuentos jocosos, «consejas» se llamaban. De ahí la expresión «De la vieja, la conseja», que no es el «consejo» como tanta gente cree, sino el «cuento». Tan importante era celebrar la muerte que, cuando la gente se hacía mayor, acostumbraba viajar con el traje que había elegido para cuando la muerte llegara, viajaba con su mortaja, no fuera a ser que la muerte, tan silenciosa e imprevisible, te pillase mal preparado o mal vestido. La vida era una preparación para morir, y una vida digna aseguraba una muerte digna.


Pero la muerte dejó de celebrarse porque empezó a ser temida, empezó a ser eso que había que ocultar, eso que no debía ni mencionarse. Y se la empezó a llamar con nombres como la huesuda, la flaca, la pelona, la calaca... con nombres que la describían con su imagen más descarnada. La muerte dejó de ser digna y se olvidó su íntima relación con la vida. También la vejez dejó de ser esa edad de la dignidad, esa edad a la que se ha llegado después de tanta vida, de tanta sabiduría, y pasó a entenderse como una enfermedad mortal. Se perdió el respeto a la vida y se perdió el respeto a los viejos, y la vejez se convirtió en algo vergonzoso que hay que negar, que hay que esconder con cirugías, o apartarla de nuestra vida. Parece que la vejez fuera contagiosa. Pero ¿de qué nos pueden contagiar los viejos? La respuesta es: «de vida», de esa sabiduría que les discurre por los surcos de su piel.
Este miedo, esta ocultación, se produjo no hace mucho tiempo: sucedió cuando la gente cambió la vida sobre la tierra por la vida sobre el asfalto. La tierra nos enseñaba, a poco que la mirásemos, que todo cuanto nace muere, que la muerte es de lo que se nutre la vida, que lo muerto da de comer a la semilla para que ésta viva. Pero perdimos esta Maestra y olvidamos cuánta vida hay en la muerte. El asfalto nada nos enseña porque carece de vida, de él nada crece, en él nada se entierra. Hemos olvidado que la muerte es necesaria para la vida, hemos olvidado su importancia y su necesidad y que hay que celebrarla tanto como celebramos la vida. Si una no se celebra, no puede celebrarse la otra. Algunos aprovecharon este olvido para llenarnos la imaginación con muertes horrendas, muertes que nos asustan, muertes que hay que evitar, como si eso fuese posible, porque ya se sabe que cuando la gente teme a la muerte también teme a la vida, y quien teme a la vida suele permitir que de su vida sean dueños otros.
Pero los cuentos nos rescatan de este olvido porque los cuentos populares que todavía hoy se cuentan al calor de la lumbre en invierno o sentados a la fresca en verano se forjaron en esos tiempos en que el hombre y la mujer descubrieron que si uno entierra una semilla en la tierra crece una planta que, una vez cortada, una vez muerta, nos alimenta. En esos tiempos los cuentos nos enseñaban que quien se pone en camino y confía en los que le salen al camino supera sus dificultades. Y quienes salían al camino para ayudar eran sobre todo los muertos, o la propia muerte, «donantes sobrenaturales» los llamaría el estructuralismo ruso. En estos tiempos la muerte mostraba el camino a los que todavía vivían sobre la tierra, los túmulos emergían en el paisaje para recordarnos cuál es nuestro destino. Y estos cuentos han llegado hasta nosotros extendiéndose con las migraciones de los cazadores siguiendo a sus presas, o de los agricultores buscando tierras de cultivo y, sobre todo, mejores condiciones climáticas. Estos cuentos que hunden sus raíces en esos tiempos ancestrales y que, por ello, nos muestran la muerte no como contraria a la vida sino como su culminación, que nos hablan de una muerte que, como una compañera, siempre nos acompaña, que, como una madre, siempre está presente y a todos nos trata igual, una muerte muy distinta a la que nos es dada como castigo por nuestro original pecado, esa muerte que las religiones monoteístas nos han contado. Esta muerte, vinculada a la tierra, a la siembra y a la cosecha no es un castigo por el pecado de la soberbia, sino algo tan necesario como la vida, porque sin la muerte la vida no existiría. Vida y Muerte se alimentan la una a la otra en una rueda infinita, eterna.
Pero no sólo aparece esta visión de la muerte en los cuentos, también lo hace en las primeras manifestaciones teatrales. El germen del teatro en Europa es la medieval «Danza general de la Muerte». La Muerte aparece como una mujer vestida de blanco que lleva una guadaña en la mano para segar la vida, para cosechar la vida. Y esta Muerte, todavía vinculada a la tierra, hace un corro, un círculo, y en su reino circular nos introduce a todos: papas y prelados, curas, reyes, nobles y siervos, nadie escapa a su poder (el único democrático en una sociedad de reyes despóticos y rígidos estamentos donde casi no es posible el cambio social). Es la Muerte inexorable que es capaz de esperar pero que siempre llega a cumplir su cometido, la Muerte justa que alguna vez a todos nos llevará, y que, por eso, porque no hace distinción entre rico y pobre, porque a todos trata por igual, no debe ser vista como algo negativo ni como causante de una privación, sino como un destino común que a todos los que estamos vivos hermana. La Muerte se vuelve humana, se vuelve mujer que cosecha y siega, se vuelve amiga o amante. Tan humana se vuelve que incluso sufre las tretas de los humanos y es continuamente burlada, aunque quien la burla acaba comprendiendo lo muy necesaria que es y, al final, siempre es liberada, aunque nos haga llorar. Pero no sólo nos hermana nuestro destino común, también ese dolor ante la muerte, ante la pérdida, nos une en eso que llamamos «compasión», y que no es otra cosa que padecer juntos, sentir juntos. Porque ante el dolor siempre hay alguien que llora contigo, que te acompaña en tu sentimiento.
Pero, aunque no estemos solos en el duelo, en la pérdida, la necesidad de escapar a ese dolor inevitable ha provocado que la gente imagine lugares donde no se muere, e incluso la posibilidad de que se pueda volver de la muerte, o de creer que su existencia es un cuento mal contado, el error en la transmisión de un mensaje. Estos lugares donde la vida es eterna, acaban resultando aburridos y monótonos, pues desaparece el vértigo que produce pensar que quizá hoy sea el último día de nuestra vida, ese vértigo que crea tanta tensión, tanta intensidad, ese vértigo que nos hace vivir cada momento como si fuese el último. Nadie se queda en este mundo sin muerte, en este mundo sin vida, y siempre se regresa al lugar donde uno puede encontrar el descanso, siempre se regresa a un lugar real, a un lugar donde uno pueda encontrar la muerte, que es nuestra única realidad. De hecho el término «real» se acuña en la Edad Media a partir del ablativo del término latino res, que significa «cosa», pero también «causa, asunto judicial», y su ablativo, reo, designa todavía hoy al condenado a muerte.
Todo esto para concluir que la muerte no es el fin sino el comienzo de otra vida, que no es eso tan definitivo que nos han contado, que la verdadera guadaña que nos siega la vida es el miedo a morir. Ese miedo es el que hoy nos conduce a negar la muerte, a que no quieran mirarla cara a cara sino los poetas, a que escondamos a los muertos, a que nos neguemos el duelo... Ese miedo que nos conduce a negar la vida. Pero hay otra forma de mirarla, sin miedo; porque a una madre, a una amiga, a una amante no se la teme, y esta mirada está en cada uno de los 44 cuentos populares que componen este libro.

Del Prólogo de
Cuentos populares de la Madre Muerte,
Siruela, Madrid 2011
Ana Cristina Herreros (Ana Griott)

Este artículo se publicó en el Boletín n.º51 de AEDA – La muerte en la narración oral


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