Los cuentos populares son uno de los más preciados patrimonios orales de la humanidad. Con los cuentos han crecido generaciones de hombres y mujeres que –a través de los cuentos y sus enseñanzas o contra los cuentos y sus enseñanzas– han madurado y modulado sus pensamientos y sus actos. Hace tiempo que son acusados de ser marcadamente sexistas, decididamente violentos, compulsivamente monárquicos, trágicamente obsoletos y cuantos adjetivos negativos y reaccionarios se le ocurran al lector de este artículo. Sin embargo, los cuentos tradicionales subsisten con gran éxito en todas las culturas y su influencia en las narraciones que escriben los autores contemporáneos es más que notable, como ya lo fue en gran número de obras del s. XIX hoy consideradas clásicas (léase Alícia en el País de las Maravillas, El mago de Oz, Pinocho y tantas otras); también una y otra vez son objeto de adaptaciones teatrales, musicales, cinematográficas, etc. Personalmente hace años que me dedico a estudiar los cuentos y leyendas de tradición oral desde la perspectiva de la literatura, y también hace años que narro cuentos a niños, jóvenes y adultos. He leído miles de cuentos, he estudiado sus características, cómo se clasifican, de dónde vienen, qué cambios han sufrido en su largo viaje de un confín al otro del planeta.

En ocasiones, a la hora de contar cuentos, utilizamos y mostramos libros álbum. Este artículo pretende reflexionar, desde la propia experiencia, sobre la selección y el uso de este tipo de libros en el ámbito de la narración oral. 

 

Palabra e imagen

Explica Pepito Mateo en su libro El narrador oral y el imaginario (ed. Palabras del Candil) que cuando un narrador, una narradora, prepara un cuento para contar es como si hiciera una película: pasa el texto a imágenes, decide planos de un storyboard, destaca detalles, toma decisiones sobre la trama, el ritmo, etc. Hace, pues, el mismo trabajo que un director de cine. Y cuando esa película está hecha y el narrador puede verla en su cabeza entonces puede contar el cuento. Es decir, cuenta porque ve. 

Continúa Pepito Mateo hablando del público, y de él dice que cuando escucha cuentos es como si encendiera "el pequeño cine interior", es decir, cada persona de las que está escuchando se arrellana cómodamente en la sala de cine que tiene en su cabeza y ve la película de la historia que le estamos contando (y en verdad es así). Es decir, ve porque escucha.

La relación entre palabra e imagen es completa cuando contamos historias (habla sobre ello con todo detalle José Antonio Pérez Rojo en este artículo “La memoria autobiográfica, el libro álbum de nuestra vida"), pero si además lo hacemos incluyendo las imágenes de un libro álbum en el mismo instante de contar las posibilidades narrativas se amplían de manera muy interesante. Hablemos sobre ello.

 

Mi interés personal en los libros álbum radica en su originalidad, diversidad y función narrativa de la imagen. Es un soporte que apoya desde siempre mi trabajo como narradora. Pretendo con este breve artículo arrojar algo de luz sobre su definición y funcionamiento.

A la hora de hablar de los libros álbum es preciso tener en cuenta su reciente aparición (su historia como producto editorial formando parte de un género propio comienza aproximadamente entre los años setenta y ochenta), así como su heterogeneidad. Estos factores dificultan ampliamente su definición y su caracterización. De este modo, es complicado encontrar un concepto aceptado de álbum, así como un vocabulario común para referirse a la interacción entre el texto y las ilustraciones. También existen problemas a la hora de clasificar los diferentes tipos de libros ilustrados. Sin embargo, vamos allá.

De entre todas las definiciones, la de Van der Linden (2015) parece la más apropiada: el álbum es un soporte de expresión cuya unidad primordial es la doble página, sobre la que se inscriben, de manera interactiva, imágenes y texto. Mantiene una organización libre de la página y una concatenación articulada de página a página. La gran diversidad de sus realizaciones deriva de su modo de organizar libremente texto, imagen y soporte.

Este tipo de libro conforma un sinfín de mundos posibles en los que muchas disciplinas se encuentran: literatura, ilustración y arte gráfico, diseño o arquitectura de papel, y esa unión, favorece el desarrollo de la competencia literaria, el goce estético, el análisis crítico y la sensibilidad.

Cada uno tiene el máximo de memoria para lo que le interesa y el mínimo para lo que no le interesa
Arthur Schopenhauer
 

El otro día, mi amigo Pep Bruno me pidió que investigara lo que dice la ciencia sobre la relación entre historias e imágenes en nuestra cabeza. Lo que él quería era saber si su idea del libro álbum como potente vehículo de transmisión de historias concuerda con la realidad científica. Le dije que sí sin pensar, creyendo que era una señal que tenía que ver con el curso de medicina narrativa que unos amigos organizan en el Colegio de Médicos de Murcia y en el que me han invitado a hacer un taller de escritura. Mi entusiasmo inicial se vio aplastado por la abrumadora realidad, pues no soy un experto en psicología de la memoria y hay que saber mucho para escribir con conocimiento del tema. Lo que pasa es que mi curiosidad se despertó y quise saber por qué, en mi trabajo diario como psicoterapeuta, cuando en mitad de una terapia se produce algún tipo de catarsis que va a mejorar la vida de mi paciente, no es lo mismo escribirla que contarla. Cuando la cuento me emociono y muchas veces emociono a quien me escucha, pero si escribo sobre ella no es lo mismo, es como si le faltara vida. 

¿QUÉ APORTA LA NARRACIÓN ORAL A LA LITERATURA EN LA ACTUALIDAD?

Carles Cano. Frescura, naturalidad, sencillez y precisión a la hora de contar, de escribir.

Carlos Castán. Entiendo que puede proporcionarle en algunos casos cierta visibilidad y acercarla a públicos más amplios y heterogéneos.

Paula Carballeira. En mi opinión, la narración oral le aporta vida a la literatura. Le aporta carne, hueso, voz, un recuerdo de donde proviene, como el espejo de La historia interminable en el que no ves tu reflejo, sino algo que te define de una manera mucho más esencial, abstracta y profunda.

Joan Manuel Gisbert. Siempre ha sido un sustrato motivador y, a la vez, una prolongación viva, que confirma la permanencia del valor de la palabra y el lenguaje en la transmisión de historias, con los aportes propios de la polisemia gestual y la polifonía vocal.

Hipólito G. Navarro. Lo ignoro.

Fernando Iwasaki. Siempre he sido un defensor de la lectura en alta voz, porque el decir y el contar son genuinas puestas en escena. La narración oral de calidad extrae la «teatralidad» de la literatura escrita y nos remonta a una época en la que los libros eran más escuchados que leídos, una época en la que todas las familias tenían un narrador oral y una época en la que leer en voz alta era un ejercicio imprescindible en la formación escolar. Los narradores orales contemporáneos encarnan modelos ejemplares de lectura para que no se extinga el arte de leer en alta voz.

Clara Obligado. Muchas cosas. Saber contar es saber explicarse, presentar un proyecto, seducir. Creo que es un momento en el que la narración oral es muy importante. Los antiguos retóricos lo sabían, daban un lugar prioritario a la oralidad.

Pedro Olalla. Aporta el cultivo de una dimensión intrínseca a la literatura desde sus orígenes, que, por circunstancias de la evolución histórica, ha quedado preterida frente a la dimensión escrita, pero que, no por ello, carece de valor literario.

José Ovejero. No tengo claro que haya una aportación de la narración oral a la literatura, porque no me parece que haya una gran comunicación entre ambas disciplinas. A quien aporta es al oyente, al que le permite una aproximación diferente a la ficción, no a través de la propia conciencia, sino a través de la de un tercero que la interpreta para él, y le añade recursos expresivos que son imposibles en un texto escrito.

José Manuel de Prada. La oralidad es la madre de toda literatura. Se necesitan mutuamente, sobre todo en entornos donde la escritura está fuertemente implantada.

Benjamín Prado. Presencia, cercanía... Cosas que siempre le vienen bien a la cultura, que no debe estar parada esperando que se acerquen a ella, sino ir hacia la gente, algo que comprendieron desde los juglares y los cantos de ciego hasta las misiones pedagógicas de los años treinta.

Antonio Rubio. Mantiene la fidelidad a los orígenes, pues que así se nació lo que entendemos por literatura: primero fue el hecho comunicativo oral, consustancial a la naturaleza humana y ajeno a las “academias”; y luego devino el hecho cultural de la escritura, para fijar la memoria y envasarla… ¿Qué le aporta pues? Le da frescura. La devuelve a sus orígenes. Le da carta de naturaleza. Y la vivifica.

Marta Sanz. Frescura, irreverencia, democratización de la palabra, entusiasmo, sentido comunitario de la literatura, fraternidad, imaginación, hibridación y renovación de los géneros, estrechamiento del lazo que une la cultura con la educación…

“Dijo el mundo: 
¡Y tú me vienes ahora, Adán, ahora que yo he perdido mi lozanía y mi juventud!”
Hadiz 

En uno de sus libros, Paul Auster cuenta la historia de un muchacho normal al que un día un hombre extraño –un maestro– le dice que ha visto cualidades en él y que, si confía, le hará volar, pero volar de verdad. El muchacho, sin nada que perder, se pone en las manos del maestro y este va sacando lo mejor del chico, y haciéndolo levitar cada vez un poco más, hasta que un día se eleva definitivamente por los aires. Recorren así los teatros de los Estados Unidos de América; todo el mundo quiere ver al chico volador. Pero un mal día el muchacho no consigue despegar. El maestro le dice que vaya a visitar al médico. La revisión indica que está sano como una manzana. Entonces salen del hospital y el maestro se cala su sombrero y tiende la mano al chico:

-Bien, ha sido un placer, aquí se acabó nuestra aventura. 

-¡Pero si estoy bien! –responde el chico alarmado- dice el médico que no me pasa nada. 

-Por eso mismo nuestra aventura se ha acabado –ahora, el maestro–. Si el médico te hubiera encontrado algo, podríamos arreglarlo, esperar, tratarlo, pero si no hay nada, no hay nada que arreglar. Simplemente se acabó.

 Y, efectivamente, el maestro tenía razón: se acabó.

Después de sopesar varios formatos, me decanto por hablar con cada festival por separado, y el recorrido se hará de norte a sur.

 

Atlántica

Sede central: Santiago de Compostela
Dirección de Soledad Felloza
Desde 2012
 

En su primera edición, Atlántica presentó 12 funciones en total, 8 de ellas para público adulto. En la última, celebrada en marzo de 2017, el número de funciones fueron 44, de las cuales el 75% fueron para público infantil y el 25% para público adulto.

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