Marta Sitja

Me pedís que escriba sobre cómo percibo y cuento el mundo siendo mujer, y reduciéndolo en una frase diría que lo percibo con mucha injusticia y lo cuento para que haya más justicia.

Como ya sabe todo el mundo, vivimos en una sociedad desigual. Las personas no tenemos los mismos derechos, ya sea por el lugar donde te ha tocado nacer, por el color de la piel, por el cuerpo que tengas, por la edad... y también por el SEXO.

Las mujeres tenemos menos derechos que los hombres, que por el simple hecho de haber nacido hombres tienen privilegios. En la escena y en los escenarios se ve claramente. Primero porque no hay (ni por casualidad) el mismo número de hombres que de mujeres y segundo porque nosotras mismas nos excluimos por nuestra inseguridad y parece que siempre tengamos que pedir permiso.

magda labarga

Siempre me gustaron las historias de aventuras. Cuando tenía alrededor de doce años leí algunas que transcurrían en la Edad Media. Ivanhoe y La flecha negra son las que más recuerdo. En ellas, las protagonistas femeninas viven en castillos, son jóvenes damas que tienen problemas con el matrimonio. Me gustaba imaginarme como una de ellas, sobre todo me imaginaba siendo Joanna, la protagonista de La flecha negra que para huir de un matrimonio concertado se disfraza de chico y vive aventuras que le están vedadas a las mujeres de esa época, fueran de la clase que fueran. (Al menos, así me lo contaron. Luego una se entera de Juana de Arco y de arquitectas de catedrales y de viajeras y abadesas y se pregunta si la oscuridad de la Edad Media fue tan oscura). El caso es que, un día, perdida en una de mis ensoñaciones, no sé por qué se me ocurrió pensar en qué hubiera pasado si yo hubiera nacido en la Edad Media. Una cosa llevó a otra y traté de imaginarme en varias vidas, ¿qué hubiera pasado si hubiera sido una campesina de la Edad Media? ¿Y si hubiera sido pobre ahora mismo? ¿Seguiría siendo quien soy? ¿Cómo vería el mundo? ¿Cómo sería mi vida?

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Llegué a los libros atraída por los cuentos orales. Mi primer amor fueron las aladas palabras, como las llama Homero: sonidos, soplos, aire modelado. Fue mi madre quien desplegó ante mí el universo de las historias susurradas. Y no por casualidad. A lo largo de los tiempos, han sido sobre todo las mujeres las encargadas de conservar la memoria de los cuentos. Las tejedoras de relatos y telas. Durante siglos han devanado historias al mismo tiempo que hacían girar la rueca o manejaban la lanzadera del telar. Ellas fueron las primeras en plasmar el universo como malla y como redes. Desarrollaban su peculiar inventiva. Anudaban sus alegrías, ilusiones, angustias, terrores y creencias más íntimas. Teñían de colores la monotonía. Entrelazaban verbos, lana, adjetivos y seda. Por eso, textos y tejidos comparten tantas palabras: la trama del relato, el nudo del argumento, el hilo de la historia, el desenlace de la narración. Devanarse los sesos, bordar un discurso, hilar fino. Por eso, los viejos mitos nos hablan de la tela de Penélope, de las túnicas de Nausicaa, de los bordados de Aracne, del hilo de Ariadna, de la hebra de la vida que hilaban las Moiras, del lienzo de los destinos que cosían las Nortas, del tapiz mágico de Sherezade.

Guadi Galego

Mi nombre es Guadi Galego, me llamo así desde que tengo 12 años, cuando sin saber el por qué este nombre me vino dado.
Guadi era como mis hermanas y hermanos habían querido renombrame y Galego el apellido de mi madre, sin más, por arte de magia llegó a mis manos, a mis letras, a mis músicas.
Desde pequeña mi éxito reside en la emoción, no soy una gran escritora de letras, más bien, yo diría que soy mala, jejeje, pero son las mías, las que yo vivo desde un universo que pulula entre la diversidad, el feminismo, la justicia y la idiosincrasia, la de una mujer que nace en un país llamado Galiza.

Nieves Borrón foto

Me piden mis compañeras que diga ¿Cómo se percibe y se cuenta el mundo siendo mujer?
Pues como se puede, todos vamos aprendiendo como podemos, con más o menos tesón, con más o menos intenciones, con más o menos dolor, con más o menos satisfacciones y según vamos conociendo o aprendiendo vamos dirigiendo, vamos siendo más dueñas de nuestras vidas.

Me crié y crecí rodeada de mujeres, en el seno de una familia numerosa con siete hermanas, mi madre, la tía abuela, la abuela, mi padre y un hermano. Durante mi infancia tuve pocas pistas sobre lo que significaba socialmente ser mujer, a mi alrededor lo femenino era protagonista, estábamos familiarizados, por ejemplo, incluidos mi padre y mi hermano, con el mundo regla y con todo lo que conlleva. Los roles también estaban repartidos (o así lo veía yo) pues mi madre era la practicante, modista y peluquera de toda la familia y esas tres funciones me parecían de suma importancia. Todos éramos personas y eso era lo importante. Pero esta percepción del mundo, duró poco. Fui dándome cuenta de que el ser persona no incluye tanto como creía el ser mujer, por lo que cada vez me sentía, y me siento, más mujer, que sí incluye el ser persona.

Carolina Rueda

La pregunta inicial de esta reflexión es si ser mujer y artista son condiciones que se modifican una a la otra. Como narradora de cuentos, animal de escena, gestora cultural y mujer he descubierto que mi condición femenina significa. Empecé a narrar en Colombia, fui parte del grupo inicial de lo que se convirtió en un movimiento de cuenteros con características fenomenales. Crecí como narradora y programadora en un mundo de hombres, creo que ciertas estructuras narrativas y descripciones las aprendí de escritores. Casi me molestaba el acto señalador de la diferencia, tardé tiempo —como el personaje de Moliere en El burgués gentilhombre, que se entera ya mayor que habla en prosa— en darme cuenta que ser mujer marcaba una diferencia y que quisiera o no, me ubicaba en un lugar que tuve que asimilar. Descubrí también cosas de mi conciencia e inconciencia de género. Me percaté que internamente la validación me la daban los hombres, que mi juego de interlocución se había entrenado para hablar con hombres; que mis charlas con las mujeres, enriquecedoras, prodigas, magníficas y supremas, eran un premio de consolación porque les faltaba la validación masculina para acceder al mundo intelectual representativo; trabajé convencida de que mi lectura femenina estaba probada; que yo era, había sido y sería libre, autónoma y que la marcación permanente del género me ponía más bien en entredicho; pasaron años, dolores también, cansancio y agotamiento; como decía un antiguo amigo, querido y muerto muy a mi pesar, la vida virtual que cuentan sobre uno es más interesante que la real.

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Cuando se trabaja con personas que han tenido que dejarlo todo, a menudo lo único que han podido llevar consigo cruzando fronteras geográficas, son las historias y su profundo arraigo en la tradición oral. Esto no es tan solo una metáfora. Es la base, la realidad de las vidas de los migrantes. ¿Cómo se traslada toda una vida a 30 kilos de equipaje facturado? Y esta es la situación de los migrantes más privilegiados... En una precaria lancha neumática sin un centímetro de más entre los apretados viajeros tendrás suerte si el chaleco salvavidas que rodea tu cuello no te ahoga durante el trayecto. 

En estas circunstancias las historias se convierten en muchas cosas: recuerdos, lanchas salvavidas, entretenimiento, canciones de cuna, hogares... 

Pero, en el presente clima hostil hacia los refugiados, las historias se han vuelto moneda de cambio para muchos de ellos. La relación entre las historias y su valor como instrumento de cambio y transacción no es nueva. En los cuentos tradicionales se pueden observar a narradores ejerciendo su arte por dinero. Sherezade contaba cuentos para salvar las vidas de las mujeres del harem de su esposo y la suya propia pero también por orden de su rey: “Cuéntame una historia”. Los cuentos los elegía ella y aquello cambió la historia de todos en aquel reino. El narrar historias hoy en día tampoco se ha divorciado de ganarse la vida o salvarla. 

En el clima actual, que otorga una gran importancia a los relatos “personales” y “culturales” en casi cualquier momento de nuestras vidas, las historias se convierten en mercancías comercializadas, y la vida y la muerte son las apuestas en juego. Los medios conservadores y su discurso político utilizan “historias” sobre la naturaleza parásita de los migrantes y por otro lado, el discurso favorable hacia los refugiados se nutre a su vez de “historias” que resaltan la fuerza y la vitalidad de la su presencia y su contribución social. 

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