Imaginemos una escena anterior a la escritura, incluso anterior a la primera escuela. Una mujer descubre en la fragilidad de su hijo la evidencia de un destino común: no podrá estar siempre junto a él. De esa conciencia de finitud nace un gesto que funda no solo la educación, sino la ética de la oralidad. Por eso comienza a contar: para que la muerte no interrumpa la transmisión de aquello que hace posible vivir y convivir. Antes del grafo y de la piedra, la palabra dicha fue cuidado, amparo y hospitalidad; una forma de acoger la otredad en su fragilidad y de legarle el mundo antes de desaparecer. La oralidad comparece como responsabilidad, vínculo y salvaguarda de lo común.

La UNESCO ha capitulado reconociendo lo que cualquier abuela supo: que las tradiciones orales son la alfombra voladora del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, el espacio donde una comunidad transmite sus valores, su memoria y su saber del mundo de generación en generación. Es la forma universal, democrática y tenue de preservar lo que una cultura considera digno de ser recordado; tenue porque depende, siempre, de que alguien decida seguir diciéndolo en voz alta.

El ser humano es un homo narrans; narrar convierte la experiencia en memoria, sentido y relato, y rescata al tiempo de su propia oscuridad. La oralidad es la forma originaria en que los seres humanos se han dado un mundo en el que vivir juntos; leer forma la interioridad, contar inventa el arte de convivir en paz. Homero fue voz antes de ser texto; los rapsodas lo portaban en la memoria y lo reconstruían ante audiencias distintas, añadiendo, ajustando, respondiendo a lo que el auditorio ansiaba escuchar. La escritura llegó después para fijarlo, y en esa fijación ganamos la permanencia y perdimos la presencia. Una historia no existe del todo hasta que alguien la dice ante quien la escucha.

Me pregunto por esa demanda humana tan temprana: ¿por qué necesitaban los humanos, en el principio de todo, que alguien contara historias? Y me pregunto también por la misma demanda en pleno siglo XXI: ¿por qué se necesitan todavía? Me gustaría aventurarme en los caminos de una respuesta, que pueda dar luces sobre el rol de los narradores orales en el mundo de hoy.

Es tentador decir que los narradores existieron y siguen existiendo porque transmiten la memoria y la identidad del pueblo. Aunque tenga algo de lugar común, esto no deja de ser cierto. Sin embargo, es bastante probable que esa transmisión haya ocurrido casi siempre de forma natural, sin premeditación de quien contaba la historia ni conciencia de quien la escuchaba. Es decir, que no estoy tan seguro de que se haya contado porque todos sabían que esos cuentos, mitos o leyendas debían mantenerse vivos en la memoria de la comunidad, y por eso esta necesitaba de los narradores. Dudo de la conciencia de ese rol en el pasado y dudo que la gente vaya hoy a escuchar cuentos pensando en estas cuestiones. Al contar, sin embargo, la memoria, la identidad o el sentido de comunidad se transmiten igual. Pienso en esos pececitos que se acoplan a la ballena y la usan como medio de transporte. A la ballena (al narrador) puede importarle o no, puede notarlo o no: los peces viajarán igual, la ballena no tiene forma de sacudírselos. La memoria y la identidad son los polizontes de los cuentos. Pero en cualquier caso, no estoy seguro de que la transmisión de la memoria y la identidad sea lo que la comunidad le pedía a su narrador en el pasado. Tampoco creo que sea lo que pide ahora.

Podríamos pensar en la diversión: en la tribu, en la familia, en el pueblo querían pasarlo bien, y a falta de discotecas, cines, bares o estadios, el contador de historias cumplía esa misión. Esto parece mucho más lógico: nos aburrimos, pero si hubiera alguien contándonos algo, ya no nos aburriríamos tanto. Sin embargo, este rol también lo desempeñaban (y tal vez mucho mejor) los que sabían hacer música, y los que bailaban, y luego los bufones, saltimbanquis, actores, titiriteros, comediantes y artistas del humor. Si la tarea de los narradores hubiera sido divertir, no creo que soportaran la fuerza de la competencia. Hoy sería, sin duda, un arte desaparecido. Pero lo que vemos es que cada vez hay más narradores, festivales y espacios de cuento.

Estoy convencido de que las personas que nos dedicamos profesionalmente a narrar oralmente historias solemos preguntarnos acerca del sentido de lo que hacemos, de su trascendencia, de su alcance, del significado personal, social, emotivo y simbólico. ¿Por qué?

Puede llegar a ser difícil preguntarse por ello, cuando antes hay que resolver otras cuestiones: lo administrativo, lo económico, lo logístico, lo técnico, etc. Es indudable que nuestra “romántica” labor sobrepasa y sobrevive a todas esas cuestiones para su realización. En ocasiones resistimos a complicaciones en la conciliación familiar, programaciones y personas programadoras, públicos peculiares, encargos específicos, demandas y necesidades del mercado, burocracias, requerimientos fiscales, multas, compensaciones, modas, postureos de redes sociales, tendencias literarias y rocambolescas solicitudes.

Puede ser complicado sobrevivir a esa hecatombe y a la vez preguntarte por el sentido profundo y ontológico de lo que hacemos. Y sobre todo aún más difícil, ponderar por encima de la cotidianidad del oficio, esa motivación, esa razón de ser y actuar conforme a ella.

Mi deseo en estas líneas es compartir mi personal reflexión-opinión acerca de ello. Una reflexión aderezada por mi experiencia personal y laboral, mi contexto de origen, mi ser migrante trasnacional y mi forma de habitar el mundo. Una reflexión que intenta responder-me a una pregunta: ¿Cuál es nuestro papel como personas narradoras de historias frente a los nuevos discursos y narrativas contemporáneas? ¿Cuál es o debería ser nuestra disposición, posición, compromiso o contribución a la justicia social? ¿Deberíamos? ¿O es algo que no tiene que ver con nosotros y nosotras?

Ventana Diego

«Los peces muertos del mercado siempre parecen sorprendidos. ¿Sorprendidos de estar muertos? ¿Sorprendidos de ser capturados?». Perdón, no era así como quería empezar, pero estaba leyendo «The house at the edge of magic», de Amy Sparkes, y me capturó esa frase. Bueno, ella no la dice exactamente así, claro: ella habla de su personaje protagonista, el libro está en inglés… Pero a grandes rasgos, supongo que este inicio te puede haber sorprendido tanto como a mí o como a los peces (aunque tal vez por otros motivos).

Dicho esto, te doy la bienvenida a este extraño lugar. Mi nombre es Diego, y espero llevarte de la mano (o del ojo, o de la oreja, no sé qué tipo de lectura sueles hacer) a través de esta pequeña locura. Estamos aquí para hablar de la narración, del juego, y de lo que sucede entre las personas que se encuentran en ese espacio mágico que se crea en medio (tal vez por eso estaba leyendo el libro de la casa al filo de la magia) y, como dice el título, habrá múltiples escritos, habrá un juego… y una advertencia: es posible que te pierdas por el camino, retrocede, encuentra el hilo, toma mi mano, concéntrate… tal vez encuentres la salida.

CABALLITO DE MAR Ilustración de Rubén Martínez Santana

Caballito de mar. Ilustración de Rubén Martínez Santana

 

"Mugunghwa Kkoci Pieot Seumnida”
(La flor de hibisco ha florecido).
El Juego del Calamar.

 

Quizás no sea nada riguroso comenzar este artículo buscando una definición en el diccionario, pero lo he hecho y la Real Academia de la Lengua Española me dice que el juego es “acción y efecto de jugar por entretenimiento / actividad intrascendente o que no ofrece ninguna dificultad”. Por su parte, el filósofo holandés Johan Huizinga, en su libro Homo Ludens (1), escribió que el juego “se halla fuera de la racionalidad de la vida práctica, fuera del recinto de la necesidad y de la utilidad”. ¿Podemos decir entonces que un arte tan hermoso, necesario y profundo como la narración oral es un juego, una acción inútil e intrascendente? Tal vez sí. Y también no.

Foto Rafa Fraile

Imagen: Estrella Ortiz. Foto de Rafa Fraile

 

Ser cuentista conlleva ciertos riesgos que, por fortuna, no son mortales, aunque bien podría decirse que nos la jugamos a cada historia. Contar cuentos de viva voz es una intervención artística en la que participa todo el ser y exige una gran entrega; un acto vivo de comunicación en el que cada sesión es diferente: nosotros no volvemos a ser los mismos, así como tampoco lo es el público. De modo que conseguir que nuestro auditorio sintonice con lo que estamos contando en cada momento forma parte del reto del oficio. Muchas de las estrategias que vivimos en este proceso coinciden con las características del juego: placer, riesgo, repetición, capacidad de superación, pruebas de ensayo y error, entrega, pasión.

PepBruno juego JuanjoPalacios
Pep Bruno contando en Conil (Cádiz). Foto: Juanjo Palacios

 

El historiador Johan Huizinga escribió en 1954 Homo ludens, un ensayo sobre lo lúdico y su sentido fundamental en la vida humana, fundamental tanto por su presencia habitual en el día a día como por su papel en la génesis y el desarrollo de la cultura humana. El juego forma parte del comportamiento y de la cultura de todos los grupos humanos, es inherente al ser humano y está presente a lo largo de toda la vida. 

En el décimo capítulo del libro el estudioso neerlandés diferencia entre las artes “músicas” (de Musas, que reunirían las artes sin utilidad práctica, como el canto, la poesía, la epopeya…) y las artes plásticas (lo útil y serio, como la arquitectura, la pintura, la escultura, etc.). Estas artes “músicas” suceden en el encuentro, en la celebración, en la fiesta, en lo que no es “útil”, y es allí donde “el hombre poetiza porque tiene que jugar en colectividad” (Huizinga, Homo ludens, p. 169). Puesto que “la diferencia profunda entre las artes “músicas” y las plásticas se debe, grosso modo, a la aparente ausencia de lo lúdico en las artes plásticas por oposición a la destacada cualidad lúdica de las “músicas”. No es menester indagar la causa particular de esta oposición. En las artes “músicas” la realización estética consiste en la ejecución. La obra de arte ha sido concebida antes, ensayada o escrita, pero cobra vida con la ejecución, con la audición (…) El arte “músico” es acción y se disfruta renovadamente como acción en cada ejecución” (Huizinga, Homo ludens, pp. 195-6). 

Contar historias de viva voz, por lo tanto, contendría en su propia esencia un carácter lúdico. Por eso el momento de contar y escuchar historias es un tiempo también de juego en comunidad y, al mismo tiempo, una manera de resistencia ante una sociedad cada vez más seria: “La cultura, en total, se hace más seria, la ley y la guerra, la economía, la técnica y los conocimientos, parecen perder su contacto con el juego” (Huizinga, Homo ludens, p. 159).  

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